Un hombre leía en la banca vecina. Parecía disgustado. Lo miré de soslayo con un poco de temor. Algo en él era extraño y su furia crecía. De repente cerró su libro de golpe. Me miró. Pretendí no darme cuenta, pero seguía mirándome, así que también lo miré. Sus ojos estaban enrojecidos, como si estuviera a punto de llorar o de agredirme. Me dijo: “Jamás leas esto”. Se levantó, colocó su libro bajo el brazo y se fue con un sólido zapateo. No me atreví a preguntarle lo que leía.
Soy lo que soy, pero el otro día descubrí que al leer soy un lector además de lo que soy.
Se trataba de una historia sin precedentes y además sorpresiva. Por tanto, resultaba aterradora. Fui el único que reaccionó con entereza. Quizás porque sabía que todas las historias por descubrir tienen raíces entre las dos tapas de algún libro
Mientras miraba el anuncio luminoso imaginé crear una compañía que construyera y administrara libros gigantescos que se abrirían al pasar de las personas para dejarlas leer lo que quisieran.