Apuntes de la categoría: Historias al pasar…

Ayer que salí de mi casa

Fecha: 1 de julio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Ayer salí de mi casa muy bien. Así me lo decía el espejo. No soy guapo (según el canon de la muchachada de hoy) pero creo llevar con sobria dignidad mis primeros 47 años. Incluso puedo pasar (en ciertos extraños círculos, lo reconozco) como atractivo. Eso sí, algunas mañanas me siento mejor —como si la naturaleza amaneciera conmigo— y en otras, como si mi ruda anatomía siguiera un ritmo distinto al de los astros, pero así es esto del biorritmo y el diario acontecer. Sé que estoy un poquito pasado de peso, pero nada irresoluble: tampoco soy un caso para National Geographic. Debo confesarles que las dietas me dan reflujo y el ejercicio no es prioridad en mi vida. No siempre fue así: cuando muchacho jugué fútbol americano, siempre en posiciones de la línea de golpeo. El coach, después de una tarde de intensa actividad física nos animaba a cenar mucho, bueno y abundante. Nos decía: «si pueden cenarse una vaca entera, mucho mejor», y así era. Mi padre decía que parecía trabajar nada más para darme de cenar. Claro, la edad y el ejercicio compensaban ese apetito pantagruélico, pero cuando dejé de jugar sólo me quedó el apetito. Hoy quiero seguir cenando la vaca entera pero la vaca se queda conmigo. En las dietas no me va mejor. Mi abuelo entendía muy bien eso del control alimenticio: cenaba lo correspondiente a su dieta, siguiendo escrupulosamente las cantidades prescritas por su médico, y luego le decía a mi abuela: «ahora sí dame de cenar bien, ya cumplí con la dieta». Y eso era comer. Una chulada. Yo heredé tal filosofía de la vida: comer un poco de lo saludable, nada más para no dejar pasar la oportunidad, y luego desquitarse con lo sabroso. No creo que sea algo malo, pues después de todo el secreto de la vida es el equilibrio. En fin, dilemas de los ciclos de vida. El caso es que a pesar de esos kilitos extra siento que me veo muy aceptable. Incluso, hasta llego a pensar que me dan una perspectiva interesante. Pero bueno, eso es solamente lo que creo y ayer, como les venía diciendo, salí de mi casa con todo en su lugar. Pero basta un comentario inapropiado para arruinar el mejor de los días. No entiendo eso. Somos una especie dependiente de la opinión de los demás. No debería ser así, pero lo es. El caso es que al llegar a mi oficina, con un ánimo exacerbado y mi voluntad a tope, me encontré a una ex compañera de la escuela secundaria. Nos saludamos con el afecto natural entre quienes compartieron algunos buenos años de la vida y me dijo: “¿Qué te pasó?, ¿dónde quedó tu alborotada cabellera?, ¿y por qué esos kilos de más?… vigila tu salud, Rubencito, que estamos en la edad de los achaques”. Me despedí de ella con monosílabos y quise regresar de inmediato a la seguridad de mi hogar. Me encerré para recuperarme y decidí esperar al día siguiente para conquistar al mundo. Quizás entonces la naturaleza amanezca conmigo y me evite el encuentro con esas voces desastrosas del ayer que sólo regresan para decirnos lo mal que llevamos los años.

Consumista

Fecha: 29 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Somos hijos del consumo. Entre más ganamos más necesidades surgen que alimentan nuestras ansias y mantienen nuestras vidas en un anhelo irresoluble. Nada es suficiente y parecemos condenados a una eterna insatisfacción. Hasta los valores se volvieron mercancía y hoy se adquieren en forma de esas filosofías chiclosas del «buen vivir» que adornan tantos libreros. Tampoco podemos sustraernos a esa vorágine, a menos que tengamos alma de ermitaños y nos apartemos -como Diógenes- del curso de las cosas. No creo que sea el camino sobrevivir en la mendicidad. ¿Habrá algún camino alternativo? Lo ignoro, por lo pronto enviaré a las redes esta reflexión desde mi nuevo iPhone…

El gurú que llegó a mi oficina

Fecha: 26 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Parecía un personaje de película mexicana de la época del falso a gogó ¿Recuerdan aquélla llamada “Bikinis y Rock”, con Olga Breeskin, Verónica Castro y el Manuel Loco Valdés? Quizás no, pero allí el famoso Loco hacía el papel de un gurú del rock. Vestía una holgada túnica y se adornaba con un collar de afilados huesos, luciendo una larga cabellera y abundantes patillas. Bueno, así era el personaje que llegó a mi oficina. Y debería tener la edad del Loco, la edad actual quiero decir. Su cabello lucía marchito, pero colgaba hasta sus hombros, en contraste con la sabia calvicie que coronaba su cabeza. Mantenía unas saludables patillas y cejas muy pobladas que hacían una curiosa espiral al final. No vestía una holgada túnica, eso sí, pero en cambio lucía pantalones de mezclilla, guaraches de un elaborado tejido y guayabera negra con manga larga. De su hombro izquierdo colgaba un morral. Cuando estuve cursando estudios en el bachillerato llegué a ver muchos personajes así, pero aún en aquellos años, mediados de los ochenta, ya se veían anticuados (y todos eran maestros de la Escuela de Letras y Comunicación), así que el contraste con la moda actual era más dramático. También usaba un collar, pero no de huesos, sino de algo más entre lo que identifiqué semillas silvestres, conchas y quizás figurillas de madera. Le invité a tomar asiento. Me dijo que era un prestigiado gurú, o mejor dicho, que lo fue. Añadió: “muchos fueron los discípulos que tomé a mi cuidado, a los que guié por el sendero de la buena existencia”. Le dije que lo felicitaba, pero que no sabía muy bien en qué podía servirle. Me dijo que tenía unos apuntes sobre lo que significó hace años el sabio ejercicio del “oficio gurú” y quería contrastarlo con los gurús de hoy, tan ebrios del consumismo y el derroche espiritual. Quería saber si estaba en condiciones de publicarlo. Le dije que de entrada me parecía interesante, que me trajera la propuesta y la sometería al consejo editorial. Pareció alegrarse mucho, pero me advirtió que su libro podía generarme problemas. Le pregunté la razón. Me dijo que los poderosos gurús de nuestra época no verían con buenos ojos que un verdadero gurú les dijera sus verdades. Quizás vio extrañeza en mi mirada pues abundó un poco: “antes guiábamos a las almas que sentían incertidumbre, que querían ver algo más allá de lo evidente, hoy ser gurú es un gran negocio. No me quejo, pero ayer un gurú como yo estaba satisfecho con un poco de yerba y el amor apasionado de un par de bellas discípulas, mientras que hoy los gurús sostienen imperios editoriales, viven en Miami con un harén y se codean con los peces gordos del mundo”. Le dije que no me parecía eso malo en sí mismo, pues después de todo nuestra civilización se funda en el éxito. Me dijo que era gravísimo: “El gurú no puede ser tan exitoso porque pierde el pulso de las almas”. Me dijo que la culpa era de los hiperconsumidores de nuestro tiempo, tan deseosos de bienestar material como demandantes de confort psíquico, de armonía interior y plenitud subjetiva. Estos insensatos hiperconsumidores habían creado a los gurús de hoy. Que ahora aconsejar el buen vivir se había vuelto un gran negocio y que el buen vivir no debe serlo. Me quedé pensando unos instantes. Reflexioné que los grandes gurús de nuestra era no sentirían mucha inquietud por un viejo gurú de pueblo denunciando la expansión del mercado del alma. Además, mis modestas ediciones no podrían rivalizar con los bestiales tirajes de esos titanes de la autoestima. Le dije que no se preocupara, que me dejara a mí las protestas de los grandes gurús y que me trajera su propuesta de libro. Se alegró más. Me prometió traer en los siguientes días la publicación y se despidió. Al llegar a la puerta volteó a mirarme y me dijo: “podrías ser un gurú, quizás deberías intentarlo”. Después cerró la puerta y se fue. Me quedé un rato pensativo. Mi oficina se había quedado impregnada de una energía cálida y amable, un poco loca, eso sí, pero agradable. Me imaginé a mi mismo como un gurú, hablándoles a algunos discípulos del sendero del bienestar espiritual y de las proezas del dominio del “yo” interior sobre el “yo” exterior, pero me acordé que jamás he logrado entender muy bien lo que eso significa y que ni siquiera sé si existan dos “yos” en lugar de uno. Además, al único gurú que realmente seguí en mis años de formación fue al buen Kalimán. Aún recuerdo sus graves sentencias: “serenidad y paciencia” y “quien domina la mente lo domina todo”. Pero el mismo Kalimán tenía una majestuosa residencia en Miami, según eso porque le quedaba cerca del famoso Triángulo de las Bermudas, que siempre le intrigó. Pero Miami no me atrae mucho, ni siquiera de vacaciones, además de que soy muy malo para hablar inglés y el español cubano es muy difícil de entender. No, quizás no sería un buen gurú. Después recordé que Osho, todo un gurú de la nueva era, llegó a poseer la mayor colección de Rolls-Royces del mundo, nada menos que para su uso personal. Quizás valga la pena ser un poco gurú, me dije, pero luego recordé que soy un poco torpe para manejar, así que quizás ni siquiera eso valga la pena. Después de todo, el buen Oscho podría tener 365 vehículos de ese tipo, uno para cada día del año, pero a final de cuentas sólo podría manejar uno a la vez. Me alegré de mi pensamiento. ¿A estos gurús se refería el viejo gurú que llegó a mi oficina? Quizás en alguna meditación trascendental logre resolverlo.

Dínamo

Fecha: 23 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Ayer salí de mi casa lleno de pensamientos positivos. Me había desvelado la noche anterior leyendo un compendio de frases cargadas de sana emoción, desde Paulo Coelho a Deepak Chopra, y me sentía eufórico, listo para llenarme de energía positiva. Cuando estaba a punto de subirme a mi vehículo sentí que la mañana era tan hermosa y fresca que no valía la pena dilapidarla arriba de un motor de combustión interna y me aventuré a caminar por las calles. Recuerdo que sonreía y saludaba a todo el mundo, aun cuando nadie me respondía y más de alguna señora me veía con ojos entrecerrados, como de sospecha. Incluso di un brinco por allí para tocar la rama alta de un naranjo, como solía hacerlo cuando estaba en secundaria, tan sólo por el placer de mi propia elasticidad. Dos calles adelante me sentí fatigado. Me dolían un poco los pies y sentía engarrotado el muslo derecho. Decidí que el furor podía esperar y tomé un taxi. Eso sí, durante todo el camino fui compartiendo con el estoico taxista el poder del pensamiento positivo para tomar el control de nuestros días. Alcancé a escuchar un suspiro de su parte cuando me dejó en la oficina. Creo, sinceramente, que cambié su vida.

Apagar y pagar la luz en mi cumpleaños

Fecha: 11 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Hoy me despertaron mis hijas antes de irse a la escuela para felicitarme por mi cumpleaños. Incluso pegaron en el espejo de mi cuarto una colección de fotografías donde aparecemos juntos en distintos momentos de su vida (y de la mía, por supuesto). La pequeña dejó prendida la luz al salir y yo me quedé debatiendo conmigo mismo: pararme y apagarla o hacer el esfuerzo de volver a dormir con la luz prendida, al menos un par de horas más. Total, es mi cumpleaños y creo tener el derecho de tomarme un descanso adicional tan sólo por este día. Hoy cumplo 47, por cierto, y me siento como muchacho de veinte, pero un par de horas más de sueño son un pequeño tesoro a cualquier edad. De hecho recuerdo que dormía más cuando estaba de veintitantos. Una vez me dormí todo un sábado continuo, me levanté a comer algo como a las diez de la noche y me volví a dormir, hasta que desperté a las tres o cuatro de la tarde del domingo. Una chulada. Claro, nadie me despertaba porque vivía con un par de amigos cuando estábamos de estudiantes en el Distrito Federal y a ellos no les interesaba saber si estaba dormido o había salido. Por cierto, uno de esos amigos está a punto de ser Gobernador, pero eso es otra historia. La luz seguía molestando, pero sentía que si me levantaba no volvería a dormir… ¿qué hacer?, ¿por qué todo termina siendo un dilema?, ¿por qué siempre decidir?. Pensé que sería agradable no decidir nada este día. Sería un buen regalo de cumpleaños. Yo tengo que tomar decisiones a cada momento de todos los días, decisiones que involucran aspectos administrativos, laborales, políticos, comunicacionales, en fin, todo lo que tiene que ver con el funcionamiento ordinario y extraordinario de la institución a mi cargo. Siempre que estoy a punto de leer algo en mi oficina alguien entra con un problema que debo resolver. Por cierto, me gustaría grabar un día cotidiano en mi oficina con una cámara escondida. Es para volverse loco. Llegan allí los más variados personajes con temas distintos: los músicos que quieren dar un concierto, el maestro de talleres que trae un pendiente, el poeta que quiere publicar su poemario, el escritor que ya casi termina su cuento, el actor que desea fechas en el teatro, el investigador que quiere un apoyo, alguien que camina en zancos, en fin. Dilemas, Pero aquí se trataba de levantarme a apagar la luz o intentar dormir así, con la luz prendida. Como suele pasar, la respuesta al dilema me la brindó la realidad. La luz se apagó de pronto. Pensé que el poder de mi pensamiento había logrado revertir la realidad. Incluso imaginé que tenía el don de la telekinesis y que mis ideas habían tomado la forma de un dedito lo suficientemente fuerte para oprimir el interruptor. Pero no, era algo más mundano y terriblemente ordinario. Arthur C. Clarke dijo alguna vez que por desgracia el mundo es más aburrido y normal de lo que imaginamos. Cierto. La Comisión Federal de Electricidad también se acordó de mi cumpleaños: me cortó la luz en ese preciso instante. Pensé que el dilema estaba resuelto y podría dormir ese par de horas más, pero me ganó el temor por la comida en el refrigerador. En esta época de calor puede arruinarse todo con rapidez, así que me levanté a cumplir con mis obligaciones de pago. No crean ustedes que es la primera vez que me pasa. De hecho se me olvida pagar la luz casi cada mes, a pesar de que mis colaboradoras Vanessa Ochoa​ y Marisol Villaseñor López​ me recuerdan unos días antes de la fecha de corte. Algo pasa, no sé lo que sea, pero siempre incurro en una despistada moratoria. En fin, soy un poco olvidadizo con las cosas de la vida cotidiana y eso que he mejorado con los años. Quizás la culpa sea que tengo la cabeza demasiado metida en la institución a mi cargo y en los músicos, los talleristas, los escritores, los actores y hasta los zanqueros que llegan a compartirme sus dilemas. Espero que se me perdone por ello. Por cierto, ya pagué la luz.