Apuntes de la categoría: Historias al pasar…

La foto

Fecha: 7 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Llegué a mi oficina a revisar unos documentos pendientes que debo enviar mañana al Distrito Federal. Alguien me esperaba al lado del estacionamiento. Me dijo: «usted está infringiendo la ley, es un día electoral». Le dije que no, que ninguna ley me impide llegar a trabajar en domingo aunque sea día electoral. Que al contrario, lo que no podría hacer es andar en actividades electorales en día y horario hábil o llegar a votar en algún vehículo oficial o portando propaganda de gobierno, entre otras cosas que no hago pues estoy muy comprometido con mi trabajo cultural. Me dijo que no estaba convencido y que me tomaría una foto para documentar mi desfachatez. Le dije que adelante. Me tomó una foto con su celular. Le dije que si ya podía irme. Me dijo que su celular tomaba mal las fotos en la sombra, que si podíamos movernos un poco al sol. Le dije que estaba bien. Caminamos un poco al sol y me tomó la foto. Quise verla. Me la mostró. Le dije que no me había gustado como había salido, pues me veía más gordo de lo que estoy. Me dijo que si gustaba podía tomarme otra. Le dije que sí pero quise un mejor escenario. Caminamos a la explanada. Me tomó otra foto. La revisé con cuidado. Había una ligera sombra que afectaba la expresión de mi rostro. Le dije que era un pésimo fotógrafo, que yo normalmente salgo bien en las fotos, sobre todo en las que me toma Javier Flores. Me dijo que lo sentía mucho pero que era la cámara del celular, que con una mejor cámara podría hacerme una toma menos saturada de luz. Le pregunté si podíamos probar una toma al lado de la escultura de Soriano. Me dijo que sí. Llegamos. Me tomó unas diez o doce fotos, donde me permití cierto desparpajo: sonriendo, haciéndome el serio, mirando al horizonte, levantando un poco los hombros, dando un paso como al descuido, sacudiendo un poco la cabeza, en fin. Al final revisamos las fotos. Elegí una donde tenía una mirada un tanto extraviada, como si fuera casual. Me gustaba la composición. Él estuvo de acuerdo. Quedó de enviarme la foto por el face. Nos despedimos. Volví a trabajar. Cuando me llegue la foto la compartiré con ustedes.

La marcha

Fecha: 5 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Las hormigas crearon un reino en mi jardín. Las dejé avanzar a pesar de que lastimaron mis bellos rosales y destruyeron una verde trepadora que abrazaba al viejo muro de piedra.
Una vez, debo reconocerlo, me molesté con ellas y quise ahogarlas en su metrópoli subterránea. Abrí la llave. Inundé el jardín. Las regué por horas y no pasó nada. Al día siguiente habían reconstruido su elegante pórtico y deambulaban tan tranquilas.
Lo tomé con filosofía y decidí ignorarlas. Si puedo convivir con animales –me dije- puedo soportar a los insectos. De hecho, es más sencillo convivir con insectos, a menos que quieran picarnos, claro.
Lo malo de los insectos es que no podemos acariciarlos. A un gato sí, pero son un poco sucios, dicen. Los perros son ideales para eso, pero babean un poco y nos contagian de un olor penetrante. Pero bueno.
El caso es que las hormigas proliferaron en mi jardín. De vez en cuando hasta podía escucharlas. Hacen un ruido extraño, como de hojas secas trituradas por una mano incansable. Me imagino que son sus pequeñas mandíbulas o sus miles de pasos. El caso es que las oía y terminé por acostumbrarme a su presencia.
Me di cuenta de su progreso cuando descubrí una colonia cercana a la vieja ciudad erigida en un principio. A esa colonia siguieron muchas más. Deduje que buscaban aliviar la sobrepoblación. No es algo insólito. Así lo hacían los griegos, por ejemplo, que terminaron salpicando de ciudadelas toda la cuenca del Mediterráneo.
Pero yo simpatizo un poco más con los romanos. No puedo evitarlo. Los griegos me parecen un poco ociosos y demasiado pendencieros entre sí. Es cierto, tenían genio, pero el genio sin un sentido práctico de las cosas termina por parecer insensato.
Por eso elegí los romanos. Esos no tenían remordimientos. Llegaban, veían y vencían, y después todo lo absorbían. Su hambre era tanta que digerían todo lo que caía en su poder. Incluso las religiones extrañas.
Su mejor obra son los caminos. Trazaron al mundo conocido y lo redujeron a rutas. Como las hormigas.
En fin, para distraerme bauticé a esas orgullosas ciudades fundadas por las hormigas de mi jardín.
A la original le puse Roma, por supuesto.
A otra, cercana al viejo muro, la llamé Veyes.
A esa otra, muy propia para el comercio por estar cercana al carcomido zaguán y al arroyuelo formado por el goteo de la manguera, la nombré Ostia.
A una más, muy pequeña y tímida, quise ponerle Corioli.
A la de allá, donde una vez arrojé una colilla encendida, consideré apropiado conocerla como Pompeya.
Todavía conocí un par de nuevas colonias, que no resistí en llamar Clusium y Alba Longa, tan sólo por capricho.
Me divertí muchas noches imaginando las intrigas de poder en ese imperio en miniatura. Hasta creí divisar, entre el laberinto subterráneo, una estatua de las hormigas gemelas que habrían fundado la ciudad original, mientras eran amamantadas por un pulgón.
El caso es que las ciudades vivieron en armonía, hasta que una vez descubrí una guerra entre ellas. Luchaban todo el día con terrible regocijo, sin importar mis desesperados llamados a la paz, o al menos a una tregua.
Hasta intenté delimitar unos territorios con un poco de cal, pero todo esfuerzo resultó infructuoso. Las hormigas volvían a la carga y buscaban borrar a sus respectivas enemigas de la faz de mi jardín.
Fue una matanza. Dediqué las mañanas a limpiar de restos desmembrados el campo de batalla.
Algunas ciudades fueron destruidas y la vieja Roma dominaba, poco a poco, la colérica partida.
Era una rebelión de las colonias contra la tiránica metrópoli. Una revuelta entre hermanas.
Una tarde descubrí que algunas emigraban. Me dio lástima verlas así, derrotadas, engarzadas en una fina línea que se perdía hasta más allá del carcomido zaguán, donde antes jugaban a la guerra.
Les pregunté por su destino.
Una de ellas se detuvo, dejó un momento su carga en el suelo, me miró desalentada y respondió:
-Adiós gigante. Nos vamos a un nuevo continente.

Mansedumbre

Fecha: 1 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

A veces pienso que es un mecanismo de sobrevivencia: somos una especie dócil frente al poder e incluso sumisa ante sus yerros, que terminamos disculpando por más terribles que sean. Pensé en ello mientras leía las memorias de Markus Wolf (El hombre sin rostro), quien fuera líder del espionaje en la Alemania oriental durante la Guerra Fría. En uno de los primeros capítulos, Wolf narra su infancia en Moscú (su familia se había refugiado allí durante el mando de Hitler por la doble condición de su padre: judío y comunista), sus primeras ilusiones, su patriotismo inicial, su fe infantil en el modelo soviético. Un pasaje es elocuente: narra la figura benévola y paternal de Stalin, con su mentón cuadrado y su bigote, mirando al horizonte como si se tratara de un visionario, al cual saludaban los niños con emoción desde el retrato que colgaba de la pared en el aula. Ya iniciaban las purgas de 1936 y 1938, las desapariciones, las duras represiones del dictador (no hay duda en esta época que lo fue), pero todos parecían justificarlo en aquellos días por las amenazas que recibía su país, empeñado en una lucha contra el mundo. Sí, recordémoslo, siempre hay algo que justifica todo, incluso lo peor. Lo más terrible de las memorias es cuando recuerda el caso de un tal Wilhelm Wloch, que al ser detenido y prácticamente secuestrado le dijo unas últimas palabras a su esposa: «El camarada Stalin no sabe nada de todo esto». Claro, la maldad que se ceba en nuestras propias vidas no puede provenir del amo, sino de sus inconscientes esbirros. ¡Hasta ese grado llegamos! Lo peor es que el ser humano no cambia tan rápido (si es que cambia, lo cual dudo). Y al mirar a los dictadores de nuestro tiempo o de hace muy poco tiempo, los disculpamos presurosos: si hacen trampa es que el mundo es tramposo, si hacen maldades es que se enfrentan a malvados, si nos dañan es que no saben que nos están dañando. Latinoamérica es tierra fecunda al respecto. Siempre el exceso parece tener justificación y sobran sus apasionados defensores, incluso los más ilustrados. Lo terrible es darnos cuenta que a veces tenemos al dictador muy cerca de nosotros: quizás sea la pareja en el hogar, el compañero del trabajo, el vecino del barrio y aceptamos mansamente su dureza o desvarío. Ese tal Wilhelm Wloch es tan humano que me aterra parecerme a él.

Elástico tiempo…

Fecha: 26 de mayo de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Mis lecturas son caóticas, quizás reflejen mi confusión mental, pero no importa, soy dichoso pasando de un tema a otro sin concierto ni coherencia. Ayer leí a Diógenes Laercio, hinchándome de él «hasta reventar, como las bestias de manada» (para seguir una de sus frases), después un poco de El Río Congo, de Peter Forbath y hoy pellizco algunas páginas de la autobiografía de Markus Wolf, «El hombre sin rostro». Ni yo me entiendo… Y todo eso sin descuidar mis responsabilidades administrativas y de gobierno, que siempre son lo primero; sin olvidar atender a mi madre que anda resfriada; sin dejar de visitar a mi hermana la doctora, que contrajo el dengue; sin dejar de ir a comer y platicar con mis hijas sobre sus retos cotidianos; sin ver un poco de mis series favoritas por televisión y sin dejar de hacer un poco de felicidad para mí mismo. En fin, el tiempo es elástico. Lo digo yo, no importa lo que piensen Einstein, Sagan, Michio Kaku, Brian Greene y los que se les ocurran. Lo digo yo y basta. Que eso sea suficiente. Bueno, los dejo. Algo espera ser leído y tengo muchos papeles por firmar y otros más por escribir.

El atisbo y lo posible

Fecha: 26 de noviembre de 2014 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Atisbo imágenes trascendentes y proyectos superlativos que se desvanecen, pero no totalmente: siempre queda algo por hacer que parece valer la pena, a pesar de que lo cotidiano me contenga y afrente.