La independencia judicial es “una de las instituciones fundamentales del desarrollo político occidental”. Eso es indudable. La expresión es de Francis Fukuyama, el autor del controvertido libro El fin de la historia y el último hombre (1992), quien acaba de escribir un ensayo dedicado, precisamente, al poder judicial. El ensayo toma como base algunas posiciones recientes de Trump, a partir de lo cual revisa la compleja historia del republicanismo occidental.
Aquí les comparto una apretada síntesis:
- El origen puede rastrearse hasta la famosa Querella de las Investiduras, en la segunda mitad del siglo XI, cuando la iglesia logró conservar el control de derecho canónico frente a la autoridad política dominante.
- En Inglaterra, después de décadas de confrontación entre los reyes y el parlamento, se logró que los monarcas se sometieran a las leyes aprobadas por el Poder Legislativo.
- Europa, a diferencia de los países orientales, consolidó con los siglos la idea de una división de poderes que equilibrara las decisiones. Parte fundamental de esa división fue un poder judicial autónomo.
- El poder judicial independiente moderó al poder ejecutivo y logró construir el mundo económico moderno. El Estado de Derecho (derechos de propiedad y cumplimiento de contratos) descansa en la noción de un poder judicial al margen de la voluntad política de reyes o presidentes.
- Sin un poder judicial independiente se desalienta la inversión. Nadie quiere invertir en una nación donde el poder interfiere a su arbitrio en las transacciones económicas o puede expropiar la propiedad privada a su antojo.
- El poder judicial independiente es también un factor decisivo en la innovación, considerada una apuesta de la creatividad y la inteligencia. Si no hay seguridad en el producto de la innovación y ese producto puede ser imitado, confiscado o vulnerado por otros, la creatividad deja de tener valor.
- Las naciones americanas heredaron esa visión republicana y esa noción de independencia de los poderes judiciales. Las fuentes provienen de la tradición política europea.
Para Fukuyama, el presidente Trump, que desconoce esa historia, actúa bajo la creencia de que, por ser el presidente, tiene derecho a controlar el poder judicial. De esa forma, rechaza uno de los principios fundamentales de la civilización occidental.
Si quitamos a Trump y colocamos al ex presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, tenemos el desastre perfecto.
Siglos de evolución política occidental fueron tirados a la basura por AMLO, quien consideró la captura y subordinación del poder judicial mexicano como uno de sus propósitos en el poder.
Lo logró. Primero colocó a una ministra de formación bastante deficiente, casi con desprecio al propio Poder Judicial y a las trayectorias de sus integrantes. Para eso tuvo el apoyo del entonces ministro Arturo Zaldivar, quien deberá asumir por ello su responsabilidad frente a la historia.
El siguiente paso fue la controvertida elección del Poder Judicial, donde se colocaron ministras y ministros a modo, con deficiencias evidentes en su formación y hasta algunos escándalos por aquí y por allá. Se da el caso de deslices elementales en los “debates”, desconocimiento básico del orden jurídico, ausencia de referentes doctrinales y hasta tropezones variados en la lectura de textos que algún asesor redacta desde las sombras.
Bueno, no se puede esperar algo brillante si estas ministras y ministros ganaron la elección con “acordeones”.
En suma, de nada valen siglos de evolución política cuando llega al poder alguien como el presidente Andrés Manuel. Con personajes como él la historia tiende a regresar al distante pasado y las instituciones se muestran dadas al catre.

