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Hipocampo

Fecha: 10 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Estaba leyendo algo que no viene al caso cuando hice sin querer algunas conexiones y recordé la primera vez que vi un hipocampo. Se desplazaba en una gigantesca pecera, tímido y vacilante, hasta que pareció darse cuenta de mi curiosidad. Entonces lo sentí emocionarse y flotar orgulloso, casi exhibicionista, frente a los ojos del niño que lo miraba. Sospecho que el hipocampo poseía una naturaleza artística, pues se mostró en derroche, con rápidos movimientos, teatrales pausas y hasta algunas piruetas. Yo lo veía fascinado. No sabía que existían. Mi madre me dijo, cuando percibió mi arrobamiento, que eran los caballitos del mar y que algunos cangrejos los montaban para pasear y organizaban cabalgatas con ellos, como en las fiestas de Villa de Álvarez. El hipocampo parecía asentir a sus palabras. Esa noche soñé que el hipocampo era mi amigo, que me dejaba montarlo y me llevaba a conocer el paisaje del fondo marino, con sus amplias praderas, sus oscuros abismos y sus montañas de coral. Estaba recuperando esa emoción cuando recordé, también, que existe una curiosa estructura del sistema límbico (en la masa encefálica) llamada, como el caballito, Hipocampo. De hecho, su nombre proviene del mismo pececillo, pues así le pareció al anatomista Giulio Cesare Aranzio, quien le dio ese nombre. Es una estructura especial, responsable de la evocación y recuperación de los recuerdos, entre otras funciones como la ubicación espacial, la orientación y muchas otras que aún no logramos descifrar. Me pareció una coincidencia extraña: el hipocampo de mi cabeza atrajo al presente a ese pequeño tocayo suyo que miré fascinado cuando fui niño. Quizás el hipocampo de mi cabeza envidia la posibilidad de flotar, desplazarse, juguetear y hacer piruetas mientras alguien lo observa, en lugar de permanecer agazapado en los tejidos subyacentes del lóbulo temporal. Quizás también, quiso rendir homenaje a ese solitario hipocampo que se mostró pleno, grácil y descarado frente a mis ojos infantiles. Es posible que, como él, quiera ser montado por mi y recorrer distancias juntos, mientras exploramos el líquido territorio del olvido.

Bits y otras tonterías

Fecha: 10 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Leyendo a Carl Sagan descubrí que el cerebro humano contiene alrededor de diez mil millones de elementos conmutadores llamados neuronas. El cerebelo, situado bajo la corteza encefálica, en la parte posterior de la cabeza, contiene otros diez mil millones de neuronas. A su vez, las neuronas poseen entre mil y diez mil sinapsis o puntos de contacto con las neuronas más próximas. Eso implica unos diez billones de bits de información. La cifra total de sinapsis que posee el cerebro humano es difícil de representar matemáticamente y el número de estados mentales o combinaciones de sinapsis se puede calcular en un 2 multiplicado por sí mismo diez billones de veces, es decir, un número mayor al de partículas elementales (protones y electrones) que existen en todo el universo y todo ello sin considerar los llamados «microcircuitos cerebrales», que multiplican los cálculos anteriores. Una vez conocida la información me sentí deprimido. En efecto, esa riqueza cerebral no impide las tonterías en la vida cotidiana y no es válida para evitarnos tantos errores en las decisiones a lo largo de nuestras alocadas -y a veces irracionales- vidas. Mejor ya no leeré a Sagan y seguiré disculpando yerros, los míos y los de mi especie, sin abrumarme con las posibilidades de la cabeza humana. Preferible la humildad y sentirme un poco tonto frente al tamaño de mis absurdos.

De tarántulas y bombones

Fecha: 7 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Vi un programa en el canal Theater Discovery sobre Orlando, un niño de la etnia yanomami, nativa de la selva amazónica venezolana. Casi jugando, Orlando se adentró en la espesura en compañía de otro niño y una niña. Allí la pequeña pandilla localizó, atrapó, inmovilizó y mató a unas tarántulas Goliat, monstruos del tamaño de un plato. Son tarántulas de mordedura dolorosa y peligrosa, pero dominarlas fue algo fácil: un juego de niños, claro. Después las asaron en un improvisado fuego, como si fueran bombones y las devoraron con apetito. Orlando dijo que son deliciosas. No lo sé, tampoco deseo probarlas, pero al ver actuar a esos simpáticos niños confirmo que el ser humano es la especie más peligrosa sobre la Tierra. Orlando tiene, como sus amigos, muy pocos años y una frágil apariencia. No poseen largos colmillos, ni gran fuerza, ni afiladas garras. Vaya, ni siquiera unos sentidos muy finos. Lo que sí tienen es una cabeza con muchos centímetros cúbicos y una increíble capacidad de adaptación y supervivencia. Descienden de aquel puñado de homínidos que un día bajaron de los árboles, caminaron erguidos y se dispersaron por el mundo, desafiando todos los climas e imponiéndose, en sucesivas batallas, a todos los peligros, a todos los depredadores, a todos los insectos. Es una especie que no se ve muy impresionante, pero sojuzga hasta las más peligrosas. Pobres tarántulas Goliat, reinas de los insectos. Se enfrentaron a milenios de cuidadosa evolución que las convirtieron en fácil bocadillo de unos niños. Su temible apariencia no evita que unos pequeños homínidos las consideren simples golosinas. Deberían intentar un sabor más amargo: ser más repulsivas y menos apetitosas. Quizás en algunos milenios lo consigan. Mientras tanto Orlando y sus amigos no tienen prisa. Las seguirán devorando con apetito y travesura

De cómo leyendo a Freud llegué a la flojera

Fecha: 1 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Freud, en su artículo “Sobre la dinámica de la transferencia”, de 1912, decía que los seres humanos se oponen al modo complejo en que está plasmada la realidad, contentándose con explicaciones simples, fundadas en un único factor causal. La afirmación forma parte de la primera nota al pie de página de su artículo, pero no cabe duda que los grandes sueltan ideas maravillosas con facilidad, así sea un breve apunte para encadenar otras reflexiones.

Durante un buen rato esa afirmación, en apariencia tan sencilla, me inspiró a la reflexión. En efecto, es una necesidad humana, casi un hábito, la simplificación de la realidad para explicarla en términos sencillos. Tal hábito puede generar tranquilidad en nuestra mente, pero no deja de ser una visión estrecha frente a la riqueza de la misma realidad.

De esa forma, nos contentamos con decir: “esto es así por esto y punto” y reaccionamos con enojo, incluso con violencia, si percibimos que algún latoso intenta complicarnos la vida con explicaciones más anchas y menos estrechas que aquellas que ya aceptamos. Es como si defendiéramos nuestro derecho a simplificar al mundo, incluso a embrutecerlo, evitando su riqueza y diversidad.

Detrás de esa comodidad mental se esconden muchas de las terribles tentaciones humanas por imponer un único punto de vista, el más obvio y simple, negando validez a la opinión de los demás. Eso ocurre en materia de ciencia, religión, política y economía, pero también en territorios más cercanos a la vida de todos los días, como las disensiones en una familia, en un espacio laboral o en el aula.

Los que atacaron con vehemencia a Einstein, negando sus aportaciones y sosteniendo el dogma de Newton, son muy similares a quienes se reían de Freud al sostener el papel de la sexualidad desde la infancia y no hay una gran distancia entre ellos y el rabioso inquisidor del medioevo o el talibán de nuestros días.

Por eso, cuando veo a alguien que defiende con vehemencia una idea, un punto de vista, una doctrina, una creencia o una perspectiva, no lo juzgo como un ser de convicciones, ni siquiera como un idealista o un soberbio. Ni siquiera, en el peor de los casos, como un fanático. Para mí es, antes que todo, un flojo, un holgazán, un ser de comodidades: alguien que no quiere pensar un poco más en lo complejo de la realidad y prefiere acomodar su cabeza en una mullida pero estrecha almohada, donde nadie vendrá a molestarlo con otros puntos de vista.

Con esa percepción sobre la holgazanería mental y las máscaras que adopta, es menos agobiante intentar comprender los empecinamientos de los ortodoxos, las insistencias de los obsesivos, los viscerales odios de los fanáticos, la rabia de los intolerantes y hasta los macabros delirios de los fundamentalistas (ésos que quisieran destruir al mundo con tal de lograr el ansiado triunfo de su retorcida fe). No existen complejidades al respecto. Son pura flojera y nada más.

Pero, ahora que lo pienso, quizás yo mismo me estoy volviendo flojo para pensar y trato de juzgar a los necios sólo por su flojera, siendo que quizás pueda explicarse su comportamiento desde otras perspectivas. Podría ser, pero me da mucha flojera pensarlos de forma distinta.

Freud tiene razón después de todo. Vayamos a flojear y olvidemos este texto.

El caos y el sabroso descalabro

Fecha: 30 de junio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Dice Saramago en El hombre duplicado, que “el caos es un orden por descifrar”. Estoy de acuerdo, pero yo sostengo que el caos es también una oportunidad para divertirse. Me explico, si nuestro acontecer estuviera marcado por reglas conocidas con anticipación todo sería un poco rígido y mecánico. Sabríamos que de hacer esto generaremos lo otro y que de tal acción ocurrirá cierta reacción. De igual forma, tendríamos la certeza de que al dejar de hacer algo también vendrían algunas incómodas consecuencias, lo cual no es tan malo en sí mismo. Antes se le llamaba magia a esa sabrosa sensación de arrojar una piedra y ver lo que ocurriría cuando cayera en la cabeza de alguien. Algunos saldrían lastimados, estoy de acuerdo, pero encontraríamos algunas cabezas duras que soportarían eso y otras cosas sin mayor problema y quizás hasta los volveríamos nuestros líderes (no estoy seguro que exista esta teoría en la historia del liderazgo. Revisaré a Weber por si ya opinó algo al respecto). En cambio, a fuerza de repetir la travesura le quitamos la magia al asunto y hasta terminamos prohibiendo y penalizando los descalabros. Dicho sea con otras palabras: al ignorar algo hacemos lo que queremos con la curiosa expectativa de lo que podrá ocurrir y no tememos, desde antes, el justo castigo o las amargas consecuencias por nuestros yerros. Es cierto, descifrando el orden sabemos lo que puede ser bueno o malo y conducirnos con cierta rectitud por los caminos de la vida, pero eso termina por ser un poco fastidioso. Nada mal contar con algunas zonas de caos mientras tomamos algunas decisiones. Es como tener la aventura al alcance de la mano y volver a sentir la emoción primigenia de arrojar una piedra para ver qué es lo pasa en ese estanque que llamamos vida. Bueno, eso digo yo. Seguiré leyendo a Saramago para saber lo que opina.