¿Y de seguir escribiendo por aquí y por allá, donde se pueda, para mí, para otros o para nadie, seré mejor, peor o eso no importa?
¿Y de seguir escribiendo por aquí y por allá, donde se pueda, para mí, para otros o para nadie, seré mejor, peor o eso no importa?
Adoro a los zombies pero películas y series sobre ellos ya me hartan. Deberían filmar a una horda de insepultos deambulando mientras miran obsesivos su celular. Tendrían más credibilidad.
Estaba leyendo algo que no viene al caso cuando hice sin querer algunas conexiones y recordé la primera vez que vi un hipocampo. Se desplazaba en una gigantesca pecera, tímido y vacilante, hasta que pareció darse cuenta de mi curiosidad. Entonces lo sentí emocionarse y flotar orgulloso, casi exhibicionista, frente a los ojos del niño que lo miraba. Sospecho que el hipocampo poseía una naturaleza artística, pues se mostró en derroche, con rápidos movimientos, teatrales pausas y hasta algunas piruetas. Yo lo veía fascinado. No sabía que existían. Mi madre me dijo, cuando percibió mi arrobamiento, que eran los caballitos del mar y que algunos cangrejos los montaban para pasear y organizaban cabalgatas con ellos, como en las fiestas de Villa de Álvarez. El hipocampo parecía asentir a sus palabras. Esa noche soñé que el hipocampo era mi amigo, que me dejaba montarlo y me llevaba a conocer el paisaje del fondo marino, con sus amplias praderas, sus oscuros abismos y sus montañas de coral. Estaba recuperando esa emoción cuando recordé, también, que existe una curiosa estructura del sistema límbico (en la masa encefálica) llamada, como el caballito, Hipocampo. De hecho, su nombre proviene del mismo pececillo, pues así le pareció al anatomista Giulio Cesare Aranzio, quien le dio ese nombre. Es una estructura especial, responsable de la evocación y recuperación de los recuerdos, entre otras funciones como la ubicación espacial, la orientación y muchas otras que aún no logramos descifrar. Me pareció una coincidencia extraña: el hipocampo de mi cabeza atrajo al presente a ese pequeño tocayo suyo que miré fascinado cuando fui niño. Quizás el hipocampo de mi cabeza envidia la posibilidad de flotar, desplazarse, juguetear y hacer piruetas mientras alguien lo observa, en lugar de permanecer agazapado en los tejidos subyacentes del lóbulo temporal. Quizás también, quiso rendir homenaje a ese solitario hipocampo que se mostró pleno, grácil y descarado frente a mis ojos infantiles. Es posible que, como él, quiera ser montado por mi y recorrer distancias juntos, mientras exploramos el líquido territorio del olvido.
Leyendo a Carl Sagan descubrí que el cerebro humano contiene alrededor de diez mil millones de elementos conmutadores llamados neuronas. El cerebelo, situado bajo la corteza encefálica, en la parte posterior de la cabeza, contiene otros diez mil millones de neuronas. A su vez, las neuronas poseen entre mil y diez mil sinapsis o puntos de contacto con las neuronas más próximas. Eso implica unos diez billones de bits de información. La cifra total de sinapsis que posee el cerebro humano es difícil de representar matemáticamente y el número de estados mentales o combinaciones de sinapsis se puede calcular en un 2 multiplicado por sí mismo diez billones de veces, es decir, un número mayor al de partículas elementales (protones y electrones) que existen en todo el universo y todo ello sin considerar los llamados «microcircuitos cerebrales», que multiplican los cálculos anteriores. Una vez conocida la información me sentí deprimido. En efecto, esa riqueza cerebral no impide las tonterías en la vida cotidiana y no es válida para evitarnos tantos errores en las decisiones a lo largo de nuestras alocadas -y a veces irracionales- vidas. Mejor ya no leeré a Sagan y seguiré disculpando yerros, los míos y los de mi especie, sin abrumarme con las posibilidades de la cabeza humana. Preferible la humildad y sentirme un poco tonto frente al tamaño de mis absurdos.
Vi un programa en el canal Theater Discovery sobre Orlando, un niño de la etnia yanomami, nativa de la selva amazónica venezolana. Casi jugando, Orlando se adentró en la espesura en compañía de otro niño y una niña. Allí la pequeña pandilla localizó, atrapó, inmovilizó y mató a unas tarántulas Goliat, monstruos del tamaño de un plato. Son tarántulas de mordedura dolorosa y peligrosa, pero dominarlas fue algo fácil: un juego de niños, claro. Después las asaron en un improvisado fuego, como si fueran bombones y las devoraron con apetito. Orlando dijo que son deliciosas. No lo sé, tampoco deseo probarlas, pero al ver actuar a esos simpáticos niños confirmo que el ser humano es la especie más peligrosa sobre la Tierra. Orlando tiene, como sus amigos, muy pocos años y una frágil apariencia. No poseen largos colmillos, ni gran fuerza, ni afiladas garras. Vaya, ni siquiera unos sentidos muy finos. Lo que sí tienen es una cabeza con muchos centímetros cúbicos y una increíble capacidad de adaptación y supervivencia. Descienden de aquel puñado de homínidos que un día bajaron de los árboles, caminaron erguidos y se dispersaron por el mundo, desafiando todos los climas e imponiéndose, en sucesivas batallas, a todos los peligros, a todos los depredadores, a todos los insectos. Es una especie que no se ve muy impresionante, pero sojuzga hasta las más peligrosas. Pobres tarántulas Goliat, reinas de los insectos. Se enfrentaron a milenios de cuidadosa evolución que las convirtieron en fácil bocadillo de unos niños. Su temible apariencia no evita que unos pequeños homínidos las consideren simples golosinas. Deberían intentar un sabor más amargo: ser más repulsivas y menos apetitosas. Quizás en algunos milenios lo consigan. Mientras tanto Orlando y sus amigos no tienen prisa. Las seguirán devorando con apetito y travesura