Leo las noticias. Resurge de vez en cuando la violencia y el desatino. Le siguen la tentación autoritaria y el delirio. Me acuerdo de Bertold Brecht: «La perra que dio a luz todavía está en celo».
Leo las noticias. Resurge de vez en cuando la violencia y el desatino. Le siguen la tentación autoritaria y el delirio. Me acuerdo de Bertold Brecht: «La perra que dio a luz todavía está en celo».
«Tengo las orejas muy largas y puntiagudas y se ríen de mí en la escuela», le dije un día a mi padre. Yo estaba niño. Mi padre me dijo que así somos en Colima, que siempre buscamos reirnos de los demás, pero que no había que hacer mucho caso de eso. También me dijo la razón de esas orejas. Me explicó que su abuelo, es decir, mi bisabuelo, era un duende y que se había enamorado de la muchacha que sería mi bisabuela. Que por ese amor se había vuelto humano y se había casado con ella, pero que siguió pareciendo un duende durante toda su vida y nosotros habíamos heredado sus orejas. Yo quedé fascinado con la explicación. Un día me llevó a una de sus largas excursiones, mitad cacería, mitad caminata por veredas cerriles, y me enseñó un árbol, cercano al punto llamado El Borbollón, en las faldas del Volcán de Fuego. Me dijo que en ese árbol se aparecían los duendes. Le dije que quizás esos duendes serían parientes nuestros. Ya habían pasado algunos años de aquella confidencia y se alegró mucho que la recordara. Me dijo que en efecto, quizás eran nuestros parientes y que por eso no se molestarían si descansábamos un poco por allí. Nunca vi a los duendes pero ese día en la noche los soñé. En mi sueño jugaba con ellos algo parecido al boliche al pie de aquel árbol añoso. Hace poco tiempo, en una de mis propias caminatas por veredas cerriles (una afición que heredé de mi padre), encontré por casualidad el mismo árbol. Lo vi a la distancia y me acerqué alegremente. Recordé a mi padre y sus historias. Estuve un rato sentado por allí, llenándome de imágenes del ayer, y después seguí caminando. Cuando estaba un poco lejos creí escuchar unas vocecillas a la distancia que decían «Es Rubén…», «No, no es Rubén, no tiene pelo», «Sí es, ya creció, mírale las orejas». No quise voltear ni regresar. Me dio un poco de miedo en esa ocasión, pero sé que regresaré, al menos para que sepan de mí aquellos parientes. Quizás pueda volver a jugar un poco con ellos.
Mis lecturas son caóticas, quizás reflejen mi confusión mental, pero no importa, soy dichoso pasando de un tema a otro sin concierto ni coherencia. Ayer leí a Diógenes Laercio, hinchándome de él «hasta reventar, como las bestias de manada» (para seguir una de sus frases), después un poco de El Río Congo, de Peter Forbath y hoy pellizco algunas páginas de la autobiografía de Markus Wolf, «El hombre sin rostro». Ni yo me entiendo… Y todo eso sin descuidar mis responsabilidades administrativas y de gobierno, que siempre son lo primero; sin olvidar atender a mi madre que anda resfriada; sin dejar de visitar a mi hermana la doctora, que contrajo el dengue; sin dejar de ir a comer y platicar con mis hijas sobre sus retos cotidianos; sin ver un poco de mis series favoritas por televisión y sin dejar de hacer un poco de felicidad para mí mismo. En fin, el tiempo es elástico. Lo digo yo, no importa lo que piensen Einstein, Sagan, Michio Kaku, Brian Greene y los que se les ocurran. Lo digo yo y basta. Que eso sea suficiente. Bueno, los dejo. Algo espera ser leído y tengo muchos papeles por firmar y otros más por escribir.
Dice Phillip Lopate que le gusta la palabra «amateur»: alguien que ama algo y que no pretende ser un experto. Me puse a pensar que soy un amateur en tantas cosas y eso me agrada. Debe ser terrible ser un experto en algo, pues toda especialidad es un exceso y sólo puede amarse lo que no conocemos del todo.
Lo más difícil es convencernos a nosotros mismos que eso, que tanto amamos hacer, no es una pérdida de tiempo…