La vida es un parlamento, una cámara legislativa: todos pueden hablar pero pocos quieren escucharse. Domina la imposición (o su intento, más o menos justificado), pero pocas veces brotan por allí los verdaderos acuerdos.
La vida es un parlamento, una cámara legislativa: todos pueden hablar pero pocos quieren escucharse. Domina la imposición (o su intento, más o menos justificado), pero pocas veces brotan por allí los verdaderos acuerdos.
Empeñarse de más es algo muy próximo a despeñarse.
“Aquel no es país para viejos”, dijo William Butler Yeats en uno de mis poemas favoritos: Navegando a Bizancio. Allí dijo también (traducción de Juan Carlos Villavicencio):
Un hombre de edad no es más que una cosa miserable,
un abrigo andrajoso sobre un palo, a menos que
el alma aplauda y cante, y cante más fuerte
por cada arruga en su vestido mortal.
Pero la sentencia no es sólo para los viejos: en realidad todos somos algo miserable, casi unos espantapájaros, toscas prendas sobre una armazón de palos. A menos, claro, que nuestro espíritu conserve vigor y se exprese, cantando algo que valga la pena. Aterrador pero cierto. Quizás por eso siempre debe intentarse hacer algo, lo que sea, incluso sin esperanza. Cantar algo que pueda ser escuchado. Todo sea por no abandonarse a la ruina.
Por eso me sacude tanto ese poema, que releo cuando puedo. Además de su referencia a la otra Roma: Bizancio (o Constantinopla), la de las grandes murallas, la gran ciudad del Bósforo engarzada entre dos continentes.
Debo confesar, al respecto, que soy casi un experto en la historia de Bizancio/Constantinopla, pero siempre me detengo en su historia antigua. Es decir, nunca llego a la historia final de la turca Estambul, pues se me hace muy triste: es la derrota de una ciudad que fue un sueño de Occidente y que el mismo Occidente dejó morir con indiferencia.
Lo que no sabía es que ese poema de Yeats mientras navega a Bizancio, un poema sombrío y casi cruel, inspiró una novela fascinante: No country for old men, es decir, No es país para viejos, de Cormac McCarthy, donde aparece uno de mis personajes favoritos, el psicópata Antón Chigurh.
Chigurh es un hombre “con un aire ligeramente exótico” que parece obsesionado con los vericuetos del destino, con el azar y con la indiferencia que llega con la muerte.
Chigurh puede lanzar amargas reflexiones sobre el significado de una moneda lanzada al azar, que decide el todo o nada (la vida o la muerte), mientras sopesa la existencia de algún desdichado que se cruza con su camino.
Chigurh puede observar con deleite, cuidadosamente, los últimos pensamientos de alguien al que está por matar, mientras lo interroga en un extraño diálogo socrático.
Una pregunta propia de él es la siguiente: “Si las reglas que seguías te llevaron a esto, entonces ¿de qué sirvieron tus reglas?
Es un acto de suprema crueldad: hacer evidente al desdichado próximo a morir que si todo lo que significó su vida lo llevó allí, a una muerte violenta, entonces todas las decisiones de su vida fueron equivocadas, lo que implica que vivió una vida dirigida a un destino atroz.
Pero, lo pavoroso no es el terror filosófico que brota de la cabeza de Chigurh: es la sospecha que toda muerte prematura parece el resultado de una serie de decisiones erráticas. Si es así, entonces todas las decisiones de nuestra vida pudieron ser absurdas, sin valor, meros pasos hacia un final desdichado, pues nadie sabe cuál será su destino.
Aterrador sin duda. Eso ocurre en Bizancio, en los condados polvorientos texanos de “No es país para viejos” o aquí, donde vivimos.
Dios nos evite las decisiones terribles que nos lleven a morir como una sombra andrajosa en una vejez sin canto, lo mismo que a una muerte violenta frente a un asesino con ojos brillantes y opacos a la vez, como si fueran “piedras mojadas”.
Destinos terribles, ambos.
Mi jardinero de confianza es también un poeta amargo que aún no es reconocido. Cuando me ayudó a sembrar unas bellas bugambilias (o buganvilias) en mi jardín me advirtió con claridad: “a esta planta no debe darle de beber a diario, al contrario, debe castigársele con el agua. Así es ella, como algunas mujeres, si se le da mucho no florea. Se ve más bella en la adversidad”.
Mejor no me hubiera dicho eso. Ahora siento una sed espantosa cuando veo esas coloridas bugambilias, tan floreadas, en la vía pública o en las carreteras. Pero es cierto: hay plantas que florecen (como la bugambilia) o que dan fruto (como la vid) cuando sienten que pueden morir. La sequía es una advertencia lógica del final y entonces florecen o dan fruto (con semilla) con la esperanza de multiplicarse, es decir, de no morir en vano.
En mi jardín tengo dos bugambilias y no puedo soportar que sientan sed. Les doy riego a diario y, en efecto, casi no dan flor. Se sostienen como dos arbustos de un verde brillante. De hecho, cuando las veo florear me angustio en lugar de alegrarme y de inmediato me doy cuenta de que les hace falta más agua.
Debo ser un mal jardinero, como de seguro sería un mal vinicultor. Hay plantas que el ser humano aprendió a domesticar como a los animales bravos, con el castigo, pero eso no me da orgullo. Prefiero regarlas y saber que, si bien no se ven tan bellas, tampoco son plantas infelices y a punto de morir.
Por mi que no florezcan las ingratas o que arrojen flor cuando les de la gana, por abundancia y no por sed.
Y a todo esto recordé ayer en la noche, mientras regaba mis bugambilias, un poema de Dolores Castro:
Quizás eso contarán algún día mis bugambilias. Así sea.
El ensayista y directivo cultural, José Luis Martínez, le dedicó una vez estas bellas palabras a Octavio Paz:
El párrafo da para muchas reflexiones. Suele advertirse en las trayectorias de éxito una línea en ascenso continuo, como si el destino le fuera abriendo las puertas al gran hombre o como si “cada estación” de la biografía fuera un pretexto para la experiencia y la creatividad.
No podemos o no queremos ver el tremendo esfuerzo que ese remontar significó. Incluso se pierden de vista esos momentos de angustia y desilusión, esos “años sin asideros” (bellísima expresión) y esas difíciles encrucijadas, como si no importaran frente al desenlace exitoso, que parece tejido por el destino con anticipación.
Pero esos espejismos son sólo para los seres comunes, que no ven en los grandes hombres sino un simple destino, es decir, una fuerza predeterminada donde no participó el esfuerzo personal, el valor, la decisión, el no dejarse vencer y la fidelidad a la propia vocación.
Es quizás la diferencia entre quienes nacen para lo grande y los que se quedan en la línea de vida media o baja: la grandeza implica tenacidad y sacrificio, un sostenerse a pesar de todo. Los otros sólo dirán, cuando ya todo fue hecho: “es que tuvo suerte”, “es que lo ayudaron”, “es que todo le fue fácil”.
Que cada uno elija sus propias proezas y pague el precio por soñarlas. Los otros que se queden admirando el resultado sin pensar en el duro caminar.