De un tiempo a esta parte el pasado camina conmigo. A veces lucha por detener mis pasos, pero luego desiste, calla y sigue caminando. Quizás añora el color y dejar de ser la sombra. Quizás sólo quiere no ser olvidado.
«Ya te olvidé»
―dije un día―
pero no fue cierto…
Sucede que apenas me voy
y regreso (a escondidas)
para mirarte de nuevo.
Levantar un párpado,
bajarlo,
levantar el otro,
bajarlo…
Ver el mundo a medias,
a cada lado de la nariz,
como lo ven los niños,
sin querer ver todo
y sin tomarlo en serio.
Llegué al baile, pedí una copa, animaba la fiesta un “son del encuentro”. Fui a la pista, todos en lo suyo, ensayé unos pasos en solitario hasta que unas mujeres me hicieron la famosa rueda. Los rostros eran conocidos: una que se fue con otro y olvidé pronto, otra que también me dejó y no pude olvidar tan fácil, una que dijo amarme pero no era cierto, otra que nunca dijo nada y de la que mejor tomé distancia, una que ponía condiciones que yo no quise cumplir, otra que todo lo discutía hasta que me hartó, una más que decía comprenderme pero que no me permitía tocarla, otra que era un delirio pero que llegó a mi en una circunstancia adversa, una más que… en fin, la rueda seguía y ellas aplaudían. Me dio miedo. Pedí disculpas, salí del centro de la rueda y me fui de la pista. Pedí otra copa. Volveré a bailar cuando toquen algún son del desencuentro.