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Cubitos de hielo…

Fecha: 17 de mayo de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Mi hija estaba por arrojar un par de hielos a su bebida. Le dije que se derramaría. No me hizo caso. Quedó manchado el mantel. Le dije que se acordara de Arquímedes. Me dijo que lo conocía y añadió: “es el que salió desnudo gritando ¡Eureka!”. Cierto, pero tan festiva manifestación deja de lado lo más importante: dedujo un experimento para calcular la densidad de un objeto y su materia constitutiva al ser sumergido en agua. Otra de mis hijas, la más pequeña, afirmó que eso lo descubrió en la tina mientras se bañaba. Le dije que eso dice la tradición, pero no estamos seguros. Con Arquímedes hay más leyendas que certezas. La hija pequeña añadió que hubiera sido más fácil resolverlo todo con un vaso y unos cubitos de hielo. Le respondí que sí, pero que en Siracusa no se usaban los cubitos de hielo. No se habían inventado. Añadí, incluso, que en ninguna parte de Grecia o Europa se usaron los mentados cubitos, quizás ni siquiera en la actualidad. Es que eso del hielo en la bebida es algo muy americano: los usamos a lo largo y ancho del continente, sin importar si el clima es frío o cálido. En los países europeos son menos comunes que por este lado del mundo. Ignoro lo que sucede en otros continentes: nunca me dio por andar indagando en internet sobre los cubitos de hielo africanos, oceánicos o asiáticos. Ya lo investigaré algún día. Bien pensado son algo extraño: una figura cilíndrica, por lo general con orificios en el centro. Además, no deben ser muy saludables. Dudo que todos los cubos de hielo se preparen con la higiene recomendable y con agua libre de bacterias. Ya surgieron los cubitos eternos, de acero inoxidable, que al parecer enfrían mejor sin arruinar el sabor del líquido a ingerir. Puede ser, pero siento extraño arrojar metal a lo que estoy bebiendo. Los colimenses, antes de la refrigeración eléctrica, desconocían el hielo. Lo veían a lo lejos, en el volcán Nevado, pero pocos lo tocaron de cerca. Alguna vez leí una crónica de que en cierta época se traía hielo del Nevado para venderlo en la ciudad, pero no funcionó muy bien el negocio. Los colimenses decían que ese hielo daba neumonías. Quizás no era el hielo, sino la imprevisión de tomarlo con el cuerpo caliente, en esos horarios calcinantes de nuestra ciudad. Debió ser muy extraño ver trozos de hielo por esa época. Es algo similar a lo que narra García Márquez en Cien años de soledad, cuando los gitanos trajeron el hielo y el niño que después sería el coronel Aureliano Buendía fue a conocerlo. La fabricación de hielo también pasó al cine. Por ejemplo, en The Big Boss (el gran jefe), con Bruce Lee, el protagonista trabaja en una fábrica de hielo que encubre el contrabando de heroína. También aparece la fabricación de hielo en aquella película inspirada en las obsesiones; Fitzcarraldo, de Herzog, donde el protagonista (interpretado por Klaus Kinski) proyecta osadías tales como instalar un teatro de ópera y una fábrica de hielo en la selva del Amazonas. En fin, luego les sigo platicando. Iré por hielo para mi bebida, antes de que se caliente mi garganta. Al cabo ya se me quitó la tos.

La relatividad en el perder y ganar

Fecha: 15 de mayo de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

¿Nadie se ha dado cuenta que Jon Snow/Aegon Targaryen, protagonista de #GameOfThrones no ganó una sola batalla en toda su historia?

Es decidido y valiente, sí, pero pierde todas las peleas y termina rescatado por fuerzas exteriores o incluso es un actor secundario en los acontecimientos, casi sujeto al destino.

Se parece a ese héroe del siglo diecinueve mexicano, Santos Degollado, el «Santo de las Derrotas», que perdía una y otra vez pero siempre regresaba para volver a intentarlo.

Así sucedió en algunos de los conflictos memorables de la saga: en la Batalla de Casa Austera, en la llamada Batalla de los Bastardos, en la Batalla de Winterfell y en la devastación final de King’s Landing. Vaya, hasta sus propios compañeros de la Guardia de la Noche lo asesinan y debe ser revivido por la bruja Melisandre.

Es un héroe, sí, pero de la variedad inercial, que es conducido por manos ocultas para arribar al sitio que le será concedido. No es un conquistador, mucho menos un brillante estratega.

Su destino contrasta con el de su hermano (en realidad su primo), Robb Stark, quien gana todas las batallas en que participa pero pierde la vida a traición.

Aquí cabe una reflexión: no importa ganar batallas sino llegar al final. La literatura (la fantasía de las series en este caso) es un espejo de la realidad. Es algo que se ve mucho: personas que ganan batallas y pierden la guerra o viceversa, perdedores consuetudinarios que alcanzan el premio mayor.

Sucede, claro.

Una anticipación de la proyección holográfica

Fecha: 6 de mayo de 2019 Categoría: La inspiración clásica Comentarios: 0

Estesícoro de Sicilia es quizás poco conocido para el lector medio, pero fue un escritor de renombre en el mundo griego de los siglos VII y VI antes de Cristo. Yo lo conocí mientras leí un ensayo de Alfonso Reyes sobre la lírica griega. El gran maestro comentaba allí que Estesícoro escribió un poema ofensivo sobre la figura de Helena, aquella afamada belleza cuya historia está integrada al ciclo de leyendas de la caída de Troya. Al parecer, el citado poema no fue del agrado de diosas y dioses, que en castigo dejaron ciego al autor. En su desesperación Estesícoro se retractó y en su poema Palinodia afirmó que Helena nunca se había dejado seducir por el príncipe Paris, traicionando a su esposo Menelao, sino que sólo su “sombra” fue la que se trasladó al exilio, mientras que la verdadera Helena se refugiaba en Egipto, en el palacio del rey Proteo, esperando “con paciencia y castidad” el regreso de su marido de la guerra. Se dice, según la leyenda, que la solución fue satisfactoria para diosas y dioses, que entonces devolvieron la vista al autor.

Esa llamada “sombra”, que al parecer se traslada a Troya, seducida por Paris y es la causa formal de la guerra, es en realidad una forma de proyección que hoy llamaríamos “holográfica”, es decir, casi una expresión de la realidad y en algunos aspectos indistinguible de la misma, pero tan sólo una proyección. Es incluso algo más, pues no cabe duda de que la citada “sombra” no sólo podía ser vista como Helena, sino que además podía ser tocada y disfrutada por Paris, como si se tratara de un doble, una réplica que pasaba por el original.

Me pareció muy curiosa esa solución literaria, pues de alguna forma es una anticipación de soluciones cinematográficas de nuestro tiempo, como la que puede verse en la película The Last Jedi (Los últimos Jedi), es decir, el episodio VIII de la saga de Star Wars. Allí Luke Skywalker resiste todo el peso de la artillería de la Primera Orden y luego se enfrenta a un duelo con su exdiscípulo y sobrino Kylo Ren, quien al final se da cuenta que su antagonista no es Luke en persona, sino una proyección creada por la Fuerza. Una proyección que es más que un holograma, pues puede tocar y ser tocado, aunque no dañado.

Nada nuevo encontramos bajo el sol, podríamos resumir, después de este rápido recorrido: desde Estesícoro hasta George Lucas, desde la Palinodia hasta Star Wars, desde Helena de Troya hasta Luke Skywalker.

Para finalizar, no olvidemos que, según la física de nuestros días, quizás también nosotros seamos proyecciones holográficas de una información contenida en la membrana del universo.

Vaya usted a saber.

La «cúspide» del crimen

Fecha: 2 de mayo de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Después de una lucha que se prolongó por décadas, el clan de los corleoneses (originarios del pueblo de Corleone, famoso por el ciclo de películas de El Padrino) tomó el control de la mafia siciliana. Su líder fue un despiadado personaje llamado Salvatore Riina, apodado Totó, un apodo que suena propio de un chiste, quizás porque recuerda al inspector Clouseau y su atolondrado ayudante.
 
Riina organizó los homicidios de los líderes de las “familias” rivales, pero también de funcionarios judiciales, fiscales y policías, incluyendo al general Carlo Alberto Dalla Chiesa y al famoso criminalista y juez, Giovanni Falcone, el promotor del llamado “maxi proceso” contra la mafia. Aún hoy, la lectura de los ensayos y apuntes de Falcone se leen con esmero por los estudiosos del crimen organizado y existe una película dedicada a su memoria, con las excelentes actuaciones de Chazz Palminteri y F. Murray Abraham.
 
Como es lógico, el accionar criminal de Riina tenía por objeto el dinero y el poder. Tan sólo en el momento de su arresto final se le confiscaron 125 millones de dólares en bienes, lo que se supone era una fracción de su fortuna personal. Sin embargo, en sus años de poderío vivía de una forma modesta, en un pequeño apartamento de Palermo. Se trasladaba en un vehículo poco llamativo, tenía la expresión de un anciano triste y vestía como si fuera un humilde trabajador administrativo de una empresa. Era el disfraz perfecto para un hombre de poder acosado por enemigos desde todos los flancos, dentro y fuera de la ley.
 
La vida de Riina puede compararse con la de Pablo Escobar que, en sus últimos años, mientras sostenía una desesperada lucha contra todos (el gobierno colombiano, el “grupo de búsqueda”, las agencias extranjeras, los paramilitares, las familias traficantes rivales y mucho más), tenía que vivir una existencia clandestina en pequeñas casas de seguridad de Medellín. Su cuerpo, al final, acusaba los años de extrema tensión: sobrepeso, un rostro fatigado, una barba crecida para disimular su identidad. Fue asesinado mientras huía descalzo y mal vestido por los tejados de la casa donde se refugió por última vez.
 
Todos los días nos enteramos de historias similares: narcos aparentemente poderosos que llevan una vida miserable, a salto de mata, huyendo de la captura o la muerte. Cuando les va bien, se mantienen en la oscuridad, al interior de ranchos convertidos en madrigueras, de donde nunca salen porque saben que tienen una diana pintada en sus espaldas.
 
Entonces, ¿cuál es el propósito de una vida de crímenes atroces?
 
La elección criminal parece luminosa sólo al principio. Es en realidad una parábola: un subir (y eso a veces) que se sucede por una caída pronunciada, viviendo una vida lastimosa, clandestina, desesperada. Por no hablar de la caída final: una muerte violenta o un mirar el tiempo pasar en medio de cuatro paredes.
 
Aquí es obligado recordar aquellas sabias palabras de Jesús: “los que tomen la espada, a espada perecerán” o “los que a hierro matan, a hierro mueren” (hay muchas versiones de acuerdo con la Biblia que se consulte).
 
La vida da muchos ejemplos de que tales palabras poseen la verdad.

La trampa del tiempo

Fecha: 30 de abril de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
A las películas inspiradas en los héroes del cómic les llegó la maldición de la manipulación del tiempo. Es algo similar a lo que ocurrió con las revistas originales: el trastorno cobró factura argumental, las líneas se enredaron y las tramas se volvieron tan complejas que alejaron hasta a los fanáticos. Recuerdo que por eso dejé de adquirir los ejemplares de X-Men cuando era adolescente: la manipulación del tiempo llegó a niveles tan absurdos que debieron crearse historias paralelas para dar cauce a todos los caminos embrollados. Surgieron universos paralelos, muchos de ellos irreconciliables, que dejaron inverosímil a la historia original.
 
Alguien dirá que eso no importa, pues es una fantasía, pero claro que importa: toda fantasía debe fundarse en un eje argumental lógico, pues de otra forma se desmorona y se vuelve un absurdo. Entonces la mente del lector o del espectador la rechaza y se aleja para buscar otras historias. Alfonso Reyes lo dijo una vez en su ensayo sobre los héroes: aún dentro de lo imaginativo hay lugar a distinguir lo auténtico y lo hechizo.
 
Eso ocurrió ya con el universo cinematográfico de Marvel, lo cual marca en realidad su declive (por desgracia). Uno de los problemas de alterar el tiempo es que todo se vuelve posible y las explicaciones insatisfactorias. Por ejemplo, en Avengers Endgame ―si bien se trata de una estupenda película― los enredijos parecen llevar a callejones sin salida y tenemos que algunos héroes recuperan la existencia perdida gracias a la manipulación del tiempo, pero otros no, simplemente porque ello no es factible para los fines de la trama.
 
Entonces es válido cambiar algunas partes del pasado para alterar al futuro, pero otras del futuro ya no deben cambiarse, así que se dejan como si no hubiera pasado nada y todo comienza a sonar desprovisto de una lógica interna, como si hubiera que esperar las soluciones mágicas.
 
En suma, el enredo temporal es algo similar al famoso “Deus ex machina”, es decir, una respuesta desesperada o sacada de la manga, una trampa argumental que termina lastimando la coherencia interna de la obra y desilusionando al espectador.
 
La desilusión llega porque se juega con la lógica establecida en un inicio, así sea una lógica fantástica.
 
En fin, fue una buena época para el universo cinematográfico Marvel. La disfruté mucho, pero ya le cayó el telón del tiempo perdido.