Es una forma del arte conocernos como somos,
no insistir en el cómo nos gustaría ser.
Es una forma del arte conocernos como somos,
no insistir en el cómo nos gustaría ser.
Me gustan las horas que pasan
sin razón y sin sentido.
Horas despreocupadas
que no dan oportunidad a la reflexión,
ni pretexto a la prudencia.
Esas horas que no se atrapan,
que se agotan sin prisa,
que se diluyen en las manos,
volviéndose ceniza.
El espacio cae bajo la mirada, dice Heidegger. Pueden existir cosas en el espacio, pero si no las veo no tienen razón de existir para mí y por tanto no existen.
Siguiendo ese pensamiento: no existo si no me están mirando.
Así que mírame tú al menos, por favor. De esa forma sabré que algo de mí existe para alguien, al menos en una imagen grabada en la retina.
Una imagen que quizás, con el tiempo, pueda recuperarse en un recuerdo.
Se dice que el amor
es ciego. Estupendo.
Es mejor palpar que
ver pasar.
A veces las cosas más sólidas de la existencia dependen de las más suaves y frágiles…