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La idea tardía

Fecha: 9 de febrero de 2018 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Alguien soltó al irse una idea tardía. Lo alcancé y le pedí que se la llevara. No la quiso. Me dijo que me la dejaba, que hiciera con ella lo que quisiera, que ni falta le hacía. Regresé abatido. No me gustan las ideas ajenas. Me siento un ladrón y no soy bueno con los fusiles. La dejé por allí, sobre el escritorio, pero no se estaba quieta. Saltaba y sonreía para que la mirara. Cuando lo conseguía me hacía gestos de ternura, como si fuera una huérfana en busca de cariño. Me desesperé y la guardé en un cajón vacío, pero al poco rato escuché sus sollozos y la rescaté del olvido. No quise usarla, pero a la vez me seguía dando pena, así que la guardé en otro cajón, en aquél donde guardo las ideas propias que no maduran todavía, las que aguardan un mejor momento, las que no tienen prisa. Allí se quedó cómoda. Por lo menos podría platicar con otras como ella. Quizás con los años las ideas allí guardadas se confundan, se crucen y tengan descendencia. Quizás cuando las saque un día sean otras y sean, por fin, mías… O quizás se me olvide que alguien las dejó por allí y entonces no me dará vergüenza arrojarlas por mi boca.

Breve diccionario de silencios

Fecha: 4 de febrero de 2018 Categoría: Diccionario de silencios Comentarios: 0

Silencio abominable. El esgrimido por aquellos insensatos que debieron hablar y eligieron el cómodo callar. Es tan detestable como las palabras mal dichas por un necio.

Silencio apasionado. El que parece aguardar la expresión del deseo, pero se contiene, expresando un ansia sin sonido.

Silencio astuto. El que usan aquéllos que se saben en dominio de la circunstancia y prefieren evitar el despilfarro de energía que implica el uso de palabras. Muy pocos alcanzan su dominio.

Silencio conveniente. Es la mejor opción cuando no se tiene confianza en las palabras propias. A veces sirve, haciendo pasar por astucia lo que es simple estupidez, pero sólo puede utilizarse una o dos veces, ya que el estúpido nunca logra pasar inadvertido para siempre.

Silencio cuerdo. Es el silencio juicioso que prefiere dejar hacer y dejar pasar, sabiendo que nada de lo que pueda decirse aliviará el momento o modificará la decisión tomada. Parece respaldar, pero en realidad elude.

Silencio desafiante. Es el que utilizan aquéllos que no están de acuerdo con lo que allí se dice, pero no quieren hacerlo explícito. Quienes abusan de él terminan acreditados como odiosos.

Silencio ermitaño. El que niega la oportunidad de la palabra que puede decirse en solitario, por temor a ser juzgado como loco por un interlocutor inexistente. Por desgracia, algunos callan hasta cuando están frente a sí mismos.

Silencio estúpido. Es el que quiere pasar por inteligente, pero termina siendo absurdo, pues en ocasiones callarse sirve de muy poco y debe tomarse partido como sea.

Silencio gazmoño. El que usan aquellos con ínfulas de elevada decencia, incluso de beatitud, para expresar su indignación frente a quien hace gala de una sensual grandilocuencia.

Silencio impotente. Es el que guardan aquellos sin alternativa, que sólo pueden aguantar el vendaval. A veces les ayuda a perdurar, pero a un costo muy alto. No logra pasar por disciplina, sino por cobardía.

Silencio incoherente. Aquél en el que el puede sumergirse quien antes se ufanaba de sus dichos. Los que ceden a él, queriendo ser prudentes, pasan por incoherentes.

Silencio incómodo. Ese silencio donde todos quisieran decir algo que pudiera romperlo, pero nadie encuentra las palabras precisas ni aparece la oportunidad de pronunciarlas.

Silencio inquebrantable. El que persiste a pesar de todo, con la resolución de una voluntad magnifica. Se asemeja tanto al voto del fanático que a veces pasa por virtud.

Silencio infame. Es el que guardan los tacaños, en lugar de pronunciar la palabra justa de fraternidad o consuelo que pudo hacer la diferencia.

Silencio majadero. Es el silencio que ofende y lastima, como si de los labios sellados brotaran maldiciones. Es además estéril, pues todos lo dan por entendido.

Silencio resonante. Ese silencio que retumba, utilizado por los que quieren hacerse notar frente a las palabras dominantes. Es la antesala de una seria desavenencia y, si el silencioso es un subordinado, lo será de su despido.

Silencio tacaño. El que se usa como antítesis, incluso como intento de contención, hacia quienes padecen de una penosa e irrefrenable evacuación de palabras insensatas (un padecimiento conocido como “diarrea verbal”).

Silencio torpe. Es el que deja pasar la oportunidad de la palabra exacta frente a la ocasión precisa, el oído atento o la mujer hermosa. Suele recordarse con arrepentimiento.

Silencio vacilante. Ese silencio indeciso, que no logra articularse en una expresión sensata y termina volviéndose una ruina.

Tres sombras mirando el Arno

Fecha: 1 de febrero de 2018 Categoría: Cosa de Ríos Comentarios: 0

En la primera década del siglo XVI, dos talentos extraordinarios, únicos en la historia de la humanidad, se reunieron para intentar un proyecto alucinante

Uno de ellos, funcionario del gobierno florentino, concibió el desvío del curso del río Arno, con el fin de aprovecharlo mejor para su ciudad y dañar al mismo tiempo a la odiada nación de Pisa, adversaria de Florencia. El otro también era florentino, de un pequeño pueblo llamado Vinci, y por la época era conocido como “maestro di acque” (lo que hoy llamaríamos “ingeniero hidráulico”): era Leonardo.

Pareciera que tal combinación de ingenios podría ser suficiente para mover el cauce de cualquier río, incluso del mismo mar. Lo curioso es que el proyecto, a pesar de contar con sólido financiamiento y cientos de trabajadores a su servicio, resultó un fracaso. Se dice que el ingeniero a cargo de la obra, un tal Colombino, no aplicó al detalle el cuidadoso proyecto de Leonardo (se conservan los planos hasta el día de hoy) y las obras no lograron desviar el torrente.

Fue una sonora desilusión (gran pérdida económica y de prestigio) que sin duda dejó mal parados a los dos genios con la ciudad nativa. Debió ser un trago amargo, casi insuperable. Hay quien dice que el Arno es el río que se aprecia atrás de La Gioconda (La Mona Lisa) y que Maquiavelo también recordó esa derrota cuando, en el tratado dedicado a los príncipes, compara a la fortuna con ese magnífico e irrefrenable ímpetu de los ríos (Capítulo XXV).

Si, (lo dijo Richard D. Masters): la Fortuna es un río.

Un día estaré a orillas del Arno y escribiré algún apunte frente a sus aguas. Quizás pueda pedir por allí un fernet-branca, como lo hizo Alfred Pennyworth (Michael Caine) en la escena final de The Dark Knight Rises y miraré hasta el hartazgo la historia que se pierde en ese lento fluir.

El fernet me recordará la amargura en el paladar de los genios al intentar domeñar esas riberas.

Me quedaré hasta muy tarde, cuando del río sólo queden las sombras y quizás encuentre por allí, deambulando, a dos de ellas que dirán, casi en un murmullo: “no siempre se gana”.

Yo también seré una sombra, quizás, pero brindaré por ellas.

El signo y la mirada

Fecha: 14 de enero de 2018 Categoría: Textos de contienda Comentarios: 0

                                                      ¿Qué fue de ese signo que leí una vez en aquel cielo?

El pasado camina conmigo

Fecha: 14 de enero de 2018 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

De un tiempo a esta parte el pasado camina conmigo.

A veces lucha por detener mis pasos, pero luego desiste, calla y sigue caminando.

Quizás añora el color y dejar de ser la sombra.

Quizás sólo quiere no ser olvidado.