¿Cuántos goles habrán perdido a lo largo de su historia las selecciones de Brasil por intentar lo sublime en lugar de anotar y ya?
¿Cuántos goles habrán perdido a lo largo de su historia las selecciones de Brasil por intentar lo sublime en lugar de anotar y ya?
Dije algo, no recuerdo qué. Era una simple rebelión contra el silencio, eso que se dice sin pensarlo. Me escuché mientras lo decía y de inmediato me arrepentí. Se lo dije a alguien que pensé que me escuchaba: «no me hagas caso». Pero ese alguien estaba distraído y me respondió con una cara de duda. Me arrepentí entonces de decirle que no me hiciera caso, pues ahora insistía en preguntarme sobre lo que dije primero. Para que dejara de insistir le dije cualquier otra cosa, algo sin importancia, pero pareció tomarlo muy en serio y me respondió algo que ya no escuché bien, pues yo seguía preocupado por lo que dije primero. Otro día dejaré al silencio en su señorío y evitaré rebelarme contra él. Algunas batallas deben evitarse.
Cerca de la competencia mundial de Argentina 1978, cursaba la primaria en la escuela Ignacio Manuel Altamirano, contigua al Jardín de San Francisco y contaba con casi diez años de edad. Por esos años una empresa de refrescos presentó un novedoso juego que hizo furor entre los niños. Con cierta cantidad de corcholatas y un pago extra se adquiría una cartón que asemejaba una cancha de fut y una pequeña pepita ovalada de plástico que funcionaba como el balón. Las corcholatas contenían, en el reverso, el rostro de los jugadores de todos los equipos del mundial, entre ellos, claro, los mexicanos, así que había que adquirir o conseguir muchas para integrar debidamente los equipos. El chiste era que un jugador, con su selección completa, presionara suavemente la pepita de lado, con cada corcholata, lo que la hacía avanzar. Con la práctica la pepita podía dirigirse hacia otra corcholata, hasta llegar a los delanteros, o bien apuntarse con relativa precisión hacia la portería enemiga. El otro jugador no podía arrebatar el esférico, sino esperar una mala puntería del adversario para recuperar la pepita y realizar su propio avance. El juego era muy entretenido y los niños nos poníamos a celebrar verdaderos mundiales durante la hora del recreo. Todos estábamos emocionados con la expectativa de México, equipo al que se había promocionado mucho, y sentíamos que podíamos llegar al campeonato. Era una esperanza vaga, por supuesto, ya que la selección mexicana ni siquiera había logrado ir al mundial anterior, celebrado en Alemania, pero los niños sólo sabíamos que iríamos al mundial y queríamos ganarlo. Quizás la euforia tenía origen en el carisma de algunos de los jugadores, como el «Wendy» Mendizábal (muy jovencito y sonriente) y Leonardo Cuéllar (dueño de una fabulosa melena que se agitaba con cada paso) o en sus llamativos apodos, como el de Víctor Rangel, «El Tanquecito» y Arturo Vázquez, «El Gonini». También jugaba por allí Hugo Sánchez, que aún no se convertía en la figura internacional que sería después. Una gran decepción fue confirmar que los mexicanos éramos un mal equipo, sin reales posibilidades competitivas. Fue aquel nefasto mundial donde la selección perdió, incluso, contra un equipo que no ha logrado hasta la fecha volver a competir en un mundial, Túnez, por 3 a 1. También perdimos contra Alemania por un ofensivo 6 a 0 y hasta con Polonia, también con 3 a 1, consumándose una de las peores actuaciones del equipo mexicano en toda su historia. Los niños de mi escuela enfrentamos una amarga desilusión. Hasta las maestras comentaban los resultados en clase y recuerdo a la mía, de cuarto o quinto año, explicando algo que sigo escuchando hasta la fecha: que la culpa no era de los jugadores, sino de los directivos y, claro, de los malvados políticos mexicanos (ya se sabe que los políticos son culpables de todo lo malo y jamás una causa de lo bueno: son la excusa perfecta del país, lo que nos lleva a olvidar que la política es siempre un reflejo de la sociedad en la que está inscrita). El caso es que los niños dejamos de usar las fichas de la selección mexicana y comenzamos a utilizar otros equipos de corcholatas. Las favoritas fueron, en sustitución, las de Brasil y Argentina, pero se evitaba con desdén las de Alemania, Túnez y Polonia. Poco a poco el vistoso juego de mesa (o de suelo) se olvidó y las corcholatas se perdieron. Algunos niños persistieron unos años en su emoción por el fut y la selección, hasta que unos pocos años después llegó otra decepción con la eliminación de México en el «premundial» celebrado en Honduras, que impidió la participación en el Mundial de España 1982. Creo que mi distancia con el fut viene de esos años y de unas corcholatas que terminaron arrumbadas en la alacena hasta que, un buen día, mi madre las tiró a la basura junto con mis sueños infantiles de campeonato.
Ayer una anciana me miraba, no sólo con sus ojos, con cada arruga, con cada cruce de caminos en su rostro. Ese pergamino aderezado por los muchos años. Cada trazo como una emoción acumulada. Los días agolpados en la memoria de la piel.
Quizás ustedes no lo sepan, pero poseo extrañas cualidades deportivas. Un ejemplo es el voleibol, donde hice época durante mis años de estudio en la Secundaria Enrique Corona Morfin. No sé la razón, pero nunca lograba que la pelota llegara a donde debía llegar. Lo peor eran los «saques». La pelota volaba con mis golpes hacia lugares insospechados, incluso hacia atrás, pero nunca hacia el territorio de los adversarios. Por supuesto, tampoco lograba que las pelotas superaran la red y siempre fue un misterio para mí ese extraño salto para bloquear a los adversarios. En basquetbol pocas veces lograba «encestar» y a cada rato cometía infracción o «viola» por la falta de sincronía entre mis pasos y los rebotes. Me gustaba mucho el frontenis, pero nunca alcancé un nivel sólido y cuando alguna vez participé en una competencia no pasé de la primera ronda. En fútbol sucedían historias parecidas y ahora recuerdo que siempre era el ultimo que elegían para formar un equipo. Aún hoy, me es imposible disfrutar un partido de fut y por más que lo intento me duermo antes del medio tiempo. Claro, si alguien me pregunta algún resultado deportivo saldrá desilusionando. Nunca sé qué equipos juegan y no es raro que piense que alguna competencia sin importancia es el mundial. Por fortuna, en alguna época conocí el fútbol americano. No logré allí las posiciones de habilidad, pero en las de fortaleza más o menos me defendía y por lo menos pude presumir de pasar por algun deporte. Digo que poseo extrañas cualidades deportivas pues quizás las mías no encajan en ninguna disciplina conocida: habrá que esperar a que el deporte en el que seré imbatible se invente algún día. Con el tiempo me di cuenta que lo anhelaba del deporte era ser reconocido, aceptado, integrado. Alguna vez leí una declaración de un integrante del famoso grupo The Eagles: «El joven que toma un instrumento es un joven que quiere encajar en algún lado». Cierto, lo mismo podría decirse de los que intentan algún deporte en esos años. No es por la salud: eso lo hacen los maduros que salen a caminar o pasear en bicicleta. Los jóvenes lo hacen por pertenecer y yo quería estar en algún lado de la tribu. No lograba hacerlo en los deportes, así que lo intenté en la música, pero allí me fue un poco peor: a pesar de que fui a clases de guitarra en el IUBA no llegaba más allá del círculo de sol y las clases de flauta de la secundaria eran, debo confesarlo, casi una tortura para mí. Una vez vi un certamen de declamación y tampoco me llamó la atención, hasta que me llevaron a ver uno de oratoria. Allí se trataba de decir las cosas con brío y con ideas, sin ademanes delicados. Le pedí apoyo a mi amigo Carlos Enrique Tene Pérez, que ya había ganado algún certamen de oratoria en esos años (hoy es un prestigiado médico e investigador) y me llevó con su maestro, Salvador Vaca Pulido, quien me animó a prepararme para competir (Fue el primero de muchos maestros que tuve a lo largo de los años en oratoria: Valentin Arreola, Miguel Chávez Michel, Alejandro Álvarez y, por supuesto, José Muñoz Cota. No cabe duda que el maestro llega cuando el discípulo está listo). Cuando por fin llegó el día del certamen en la secundaria fue algo sublime. Me di cuenta que podía hablar improvisando y que cualquier accidente del momento podía aprovecharlo para beneficio del mensaje. Supe también que mi voz, tan resonante, fue hecha con un propósito. Lo más importante: al hablar en público sentía que hacía aquello para lo que había nacido. Una bella frase de la película Carros de Fuego puede ser aplicada aquí. Uno de los protagonistas, un veloz corredor que también es un apasionado misionero, confiesa que al correr siente que Dios se regocija. Eso mismo sentía -siento todavía- cuando hablo en público, cuando digo un mensaje inteligente, cuando logro motivar en algo a quienes me escuchan. Lo que no pude hacer en deportes o en cualquier otra cosa lo hice en el estrado. Creo que mi vocación política viene de allí, de esa necesidad de hablar para influir en algo para bien. Escribir me agrada, claro, pero solo cuando hablo en público, cuando estoy de lleno en la oratoria, siento que Dios está feliz conmigo. Bien lo dijo alguna vez Ulises: «los dioses nos dan distintos juguetes para divertirnos en la vida». A unos los hacen veloces, a otros magníficos con la pelota, a otros duchos con los instrumentos, otros son hábiles en los negocios. A mí me dijeron: «habla». Y eso sigo haciendo, hablando en voz alta.