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El observador y la furiosa

Fecha: 23 de agosto de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Salí de la oficina con ganas de llegar pronto a mi casa y darme un baño, pero a medio camino llamó mi hija pidiendo, de ser posible, una hamburguesa. Le hice caso. Llegué a un solitario local y pedí para llevar. Mientras esperaba saqué un libro. Apenas me concentraba cuando un ruido llamó mi atención. Una joven mujer, quizás de unos veinte o un poco más, gritaba desde la calle. La miré. Apenas lo hice me dirigió sus barbaridades. Sus gritos eran una combinación de ofensas, desafíos e invitaciones a los golpes. Nunca me había pasado algo así. Claro, me han agredido muchas veces y siempre salgo -a Dios y mis brazos gracias- bien librado, pero mujeres por la calle y sin pretexto nunca. Me dediqué a estudiar a la susodicha mientras seguía retándome a los golpes. No podría decir aquí todo lo que me dijo, pero digamos que abundó en algunas variantes del vocabulario menos jovial que pueda imaginarse. En algún momento se acercó a mi vehículo y amenazó con patearlo, pero juzgué que no valía la pena levantarme y llamar a la policía, pues aunque la actitud era agresiva en realidad contenía los movimientos, con si fanfarroneara. Solo quería provocarme, pues. De hecho pasó algo muy curioso. Quiso abrir la puerta de mi vehículo y yo lo había dejado sin seguro, así que la abrió sin problemas, pero pareció asustarse y la volvió a cerrar despacio. En cuanto lo hizo siguió arrojando maldiciones. Desde lejos oprimí la alarma para poner el seguro y entonces pareció molestarse más. Gritaba «¿me tienes miedo?, ¿me tienes miedo?». Yo preferí seguir mirándola. Me intrigaba. No sabría decir si estaba loca o alterada por alguna droga. Quizás solo pasaba por un mal momento. Claro, eso no da el derecho a salir a desquitarse con el mundo, pero sucede. Las señoras que atendían el local miraron un par de veces a la muchacha que gritaba, pero luego siguieron en lo suyo, como si nada estuviera pasando. De repente llegó otro vehículo con dos personas, sin duda clientes que llegaban por su hamburguesa. La joven dirigió su atención hacia ellos. Comenzó a maldecirlos y hasta sacudió un poco el coche desde la parte de atrás, mientras se estacionaban. Los del vehículo decidieron que no era el momento para bajarse y dieron reversa. Mientras se alejaban alguien sentado en el lugar del copiloto me saludó. Respondí al saludo con la mano, pero no pude distinguir su rostro. En fin. La muchacha se sintió envalentonada: «me tuvieron miedo», «me tuvieron miedo», gritaba. Al fin pareció hartarse y caminó alejándose. Mientras caminaba seguía gritando y volteaba de vez en vez para dirigirme muecas furiosas. Llegaron mis hamburguesas. Pagué y salí. Al subirme al coche vi de reojo que la mujer se acercaba de nuevo. Entonces me puse de pie para enfrentarla. Digo, por más paciencia que se posea es preferible esperar de pie, por si se hace necesario. Pero no se acercó, por fortuna. Prefirió seguir gritando desde lejos. Volví a subir y fui a llevarle de cenar a mi hija. Un rato después recibí el mensaje de una amiga, Laura B. García. Decía: «Amigo, ¿no le llamaste al escuadrón SWAT para que te rescatara de esa loca?». Era la persona que me había saludado desde el otro coche y que no logré reconocer. Le dije que no fue necesario y me despedí de ella. En fin. Cuando me acosté me puse a pensar en lo que pasaría si todos los que tenemos un mal momento saliéramos a darle su merecido al mundo. Luego pensé que en realidad es así. Lo he visto muchas veces: jefes que maltratan a sus empleados en desquite por sus problemas personales; compañeros que intrigan para satisfacer sus maltratados egos; personas que se enmascaran en las redes sociales para difamar a placer a los que parecen odiar; supuestos amigos que acumulan odio por alguna extraña razón; personas rencorosas que quieren que el mundo, su pareja o sus vecinos paguen por su impotencia acumulada. Viéndolo así, lo menos grave es salir a gritarle a alguien en la calle, sobre todo si es alguien paciente como yo. Quizás un día me alquile como sparring para esos momentos desesperados.

Sin muebles

Fecha: 22 de agosto de 2016 Categoría: Gotas Góticas Comentarios: 0

Aquella habitación casi sin muebles daba pavor, ensordecía, como si fuera hecha para el drama. Allí las voces retumbaban, nada amortiguaba los pasos, nada distraía las pasiones…

Ganar o engalanar

Fecha: 20 de agosto de 2016 Categoría: Textos de contienda Comentarios: 0

¿Cuántos goles habrán perdido a lo largo de su historia las selecciones de Brasil por intentar lo sublime en lugar de anotar y ya?

El rebelde arrepentido

Fecha: 20 de agosto de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Dije algo, no recuerdo qué. Era una simple rebelión contra el silencio, eso que se dice sin pensarlo. Me escuché mientras lo decía y de inmediato me arrepentí. Se lo dije a alguien que pensé que me escuchaba: «no me hagas caso». Pero ese alguien estaba distraído y me respondió con una cara de duda. Me arrepentí entonces de decirle que no me hiciera caso, pues ahora insistía en preguntarme sobre lo que dije primero. Para que dejara de insistir le dije cualquier otra cosa, algo sin importancia, pero pareció tomarlo muy en serio y me respondió algo que ya no escuché bien, pues yo seguía preocupado por lo que dije primero. Otro día dejaré al silencio en su señorío y evitaré rebelarme contra él. Algunas batallas deben evitarse.

Corcholatas y fut

Fecha: 16 de agosto de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Cerca de la competencia mundial de Argentina 1978, cursaba la primaria en la escuela Ignacio Manuel Altamirano, contigua al Jardín de San Francisco y contaba con casi diez años de edad. Por esos años una empresa de refrescos presentó un novedoso juego que hizo furor entre los niños. Con cierta cantidad de corcholatas y un pago extra se adquiría una cartón que asemejaba una cancha de fut y una pequeña pepita ovalada de plástico que funcionaba como el balón. Las corcholatas contenían, en el reverso, el rostro de los jugadores de todos los equipos del mundial, entre ellos, claro, los mexicanos, así que había que adquirir o conseguir muchas para integrar debidamente los equipos. El chiste era que un jugador, con su selección completa, presionara suavemente la pepita de lado, con cada corcholata, lo que la hacía avanzar. Con la práctica la pepita podía dirigirse hacia otra corcholata, hasta llegar a los delanteros, o bien apuntarse con relativa precisión hacia la portería enemiga. El otro jugador no podía arrebatar el esférico, sino esperar una mala puntería del adversario para recuperar la pepita y realizar su propio avance. El juego era muy entretenido y los niños nos poníamos a celebrar verdaderos mundiales durante la hora del recreo. Todos estábamos emocionados con la expectativa de México, equipo al que se había promocionado mucho, y sentíamos que podíamos llegar al campeonato. Era una esperanza vaga, por supuesto, ya que la selección mexicana ni siquiera había logrado ir al mundial anterior, celebrado en Alemania, pero los niños sólo sabíamos que iríamos al mundial y queríamos ganarlo. Quizás la euforia tenía origen en el carisma de algunos de los jugadores, como el «Wendy» Mendizábal (muy jovencito y sonriente) y Leonardo Cuéllar (dueño de una fabulosa melena que se agitaba con cada paso) o en sus llamativos apodos, como el de Víctor Rangel, «El Tanquecito» y Arturo Vázquez, «El Gonini». También jugaba por allí Hugo Sánchez, que aún no se convertía en la figura internacional que sería después. Una gran decepción fue confirmar que los mexicanos éramos un mal equipo, sin reales posibilidades competitivas. Fue aquel nefasto mundial donde la selección perdió, incluso, contra un equipo que no ha logrado hasta la fecha volver a competir en un mundial, Túnez, por 3 a 1. También perdimos contra Alemania por un ofensivo 6 a 0 y hasta con Polonia, también con 3 a 1, consumándose una de las peores actuaciones del equipo mexicano en toda su historia. Los niños de mi escuela enfrentamos una amarga desilusión. Hasta las maestras comentaban los resultados en clase y recuerdo a la mía, de cuarto o quinto año, explicando algo que sigo escuchando hasta la fecha: que la culpa no era de los jugadores, sino de los directivos y, claro, de los malvados políticos mexicanos (ya se sabe que los políticos son culpables de todo lo malo y jamás una causa de lo bueno: son la excusa perfecta del país, lo que nos lleva a olvidar que la política es siempre un reflejo de la sociedad en la que está inscrita). El caso es que los niños dejamos de usar las fichas de la selección mexicana y comenzamos a utilizar otros equipos de corcholatas. Las favoritas fueron, en sustitución, las de Brasil y Argentina, pero se evitaba con desdén las de Alemania, Túnez y Polonia. Poco a poco el vistoso juego de mesa (o de suelo) se olvidó y las corcholatas se perdieron. Algunos niños persistieron unos años en su emoción por el fut y la selección, hasta que unos pocos años después llegó otra decepción con la eliminación de México en el «premundial» celebrado en Honduras, que impidió la participación en el Mundial de España 1982. Creo que mi distancia con el fut viene de esos años y de unas corcholatas que terminaron arrumbadas en la alacena hasta que, un buen día, mi madre las tiró a la basura junto con mis sueños infantiles de campeonato.