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Vorágine

Fecha: 21 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Caminé por lo que fue un antiguo sembradío. Los surcos y las veredas que lo cruzaban ya no existen y lo cubre un tupido matorral. Cuesta trabajo imaginar los trabajos y los días que aquí corrieron sin tregua, hasta que los sueños se agotaron, llegó la Santa Vorágine y lo engulló todo. La naturaleza no se va, nos acecha como depredador esperando el descuido. Recordé a Robert E. Howard: «La civilización es un accidente de la historia. Al final la barbarie triunfará»

Las neuronas disipadas

Fecha: 21 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Lo confieso: me es difícil comprender algunos temas. Mis reflexiones avanzan con velocidad razonable y de repente se estancan, como si fallara alguna conexión entre los circuitos de mi cabeza. No es algo grave, aclaro, pero me desespera en ocasiones. Para intentar resolver el problema acudí con un neurofisiólogo de cierto prestigio, investigador y docente, quien me sometió a una serie de pruebas de reconocimiento. En algún momento me propuso un par de osados experimentos de su propio diseño llamados «sondas neuronales», al parecer muy precisos y sin peligro de generar daños permanentes. Me convenció de aceptar esas incursiones en mi cabeza con un sólido argumento: «Si logro algún día el Premio Nobel de Medicina, diré tu nombre en la cena de gala de Estocolmo, frente al mismísimo rey de Suecia, Carlos Gustavo». Acepté de inmediato. Los experimentos fueron un tanto tediosos y no viene al caso relatarlos aquí, sólo diré que constituyeron una combinación de respuestas sensitivas, el análisis de un líquido que extrajo de la médula espinal y dos o tres sesiones hipnóticas. Pasados un par de meses el investigador me citó para compartir sus conclusiones. Primero me explicó que todos poseemos una corteza cerebral, que se considera la zona de más evolución y la más compleja de la cabeza. Esa corteza es bastante ancha y dominante en los humanos, menos prominente en otros mamíferos y nula en el resto de las especies, lo que prueba su importancia en la inteligencia dominante de los homo sapiens. Esa corteza se forma desde nuestra etapa como embriones y los estudios indican que se crea desde adentro hacia afuera, es decir, algunas neuronas llamadas «células madre» crean grupos de nuevas neuronas que migran desde su lugar de origen, lo más profundo del cerebro, hasta la zona externa, formando una primera capa. Otra generación de neuronas debe atravesar esa capa para formar una segunda y así sucesivamente, como si se tratara de un pan inflándose en el horno. Hasta aquí todo bien. En mi caso, un pequeño grupo de neuronas se rebeló, negándose a migrar a la zona que les correspondía. La hipótesis del investigador es que a estas neuronas les dio flojera atravesar las capas iniciales y no encontraron motivación alguna para ponerse a trabajar en la superficie de la corteza. Entonces decidieron, apartándose de las órdenes recibidas, instalarse en la playa. Claro, aquí pregunté: «¿En la playa…?, ¿pues a cuál playa se refiere usted?» El investigador me comentó que se acomodaron en un pequeño valle frente al líquido cefalorraquídeo. Ese lugar, situado a la vista del llamado Acueducto de Silvio, entre el tercer y el cuarto ventrículo cerebral, constituye todo un paisaje y las neuronas rebeldes se sintieron allí felices y relajadas. Le dije al investigador que me incomodaba tener un acueducto con un nombre distinto al mío, que si no podría llamarse «Acueducto de Rubén». Me dijo que era el nombre general del citado acueducto en honor a su descubridor, un químico y anatomista francés. En fin, el investigador logró identificar con toda claridad el lugar donde holgazanean esas neuronas, que al parecer se dan la gran vida, desconectadas del resto del cerebro, sin más dentritas que las necesarias para solazarse entre sí y sin obligaciones de ninguna clase. Es decir, en plan de vacaciones permanentes. Por esa razón, algunos temas son tan difíciles de comprender por mi: esas neuronas dejaron hueca una parte de mi corteza y a pesar de que otras neuronas absorbieron esas responsabilidades, el esfuerzo no ha sido suficiente. Todo quedó claro entonces. Mientras unas neuronas trabajadoras y responsables dan lo mejor de sí mismas en la tarea cotidiana, otras se dedican a surfear, beben cocteles de dopamina, oxitocina y endorfina, se regodean en su playa privada y quizás hasta hagan el amor mirando el extenso mar de mi líquido cefalorraquídeo. No les importó dejarme lento y torpe, pero debo confesarles que no les guardo rencor: quizás yo hubiera hecho lo mismo. Además, me siento orgulloso de portar dentro de mi algunos paisajes inolvidables, de ésos que incitan a las vacaciones y el placer. Cuando el investigador me mencione en Estocolmo haré un brindis íntimo por mis neuronas disipadas. Salud por ellas.

Esos personajes que se llevan todo

Fecha: 18 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Hace algunos años, cuando aún se usaban las videocaseteras VHS, le puse a mi hija mayor, entonces chiquita, la película El Libro de la Selva. Mi hermana Ana Isabel se sentó a verla con nosotros. Al final confirmamos que nuestro personaje favorito era Baloo, el oso. De hecho, era una delicia (todavía lo es) escucharlo cantar con la voz de Germán Valdés, Tin Tán. Mi hermana dijo algo que se me quedó grabado: «Ese oso se lleva la película». La expresión me pareció graciosa en ese momento, sin dejar de reconocer su acierto. Se utiliza para señalar al personaje que, aún sin ser el protagónico, arrebata la película, la serie o incluso la pieza teatral al resto del elenco. El sentido de la expresión no es extraño para las academias cinematográficas, la de Hollywood por ejemplo, que consideran premios a los actores de reparto y no sólo a los principales. El caso es que algunos actores o algunas actrices logran dominar la pantalla e imponerse, aún cuando sus papeles se vean poco impactantes en el guión original. Es una proeza, pero también un golpe de suerte. Pueden mencionarse muchos ejemplos al respecto, pero es raro considerar con tales méritos a los personajes diseñados para lo que se llamaba, hasta hace pocos años, «dibujos animados». El caso es que el oso mañoso Baloo se impuso en aquella lejana película. Recordé la expresión ayer que llevé a mis hijas a disfrutar Buscando a Dory, segunda parte de la histórica Buscando a Nemo. Parece increíble pero el fenómeno surge de nuevo: el que se lleva la película no es Dory, la protagónica, ni Marlin o el mismísimo Nemo (que aquí se muestra un poco desdibujado), sino Hank el pulpo rojo, un personaje fascinante lleno de altibajos emocionales, habilidoso, camaleónico y valiente en los momentos decisivos. Por supuesto, Hank no realiza un esfuerzo especial de interpretación, como no lo hizo Baloo, porque es un diseño animado, en este caso con las técnicas Pixar de animación 3D por computadora, pero no cabe duda que se impone frente al resto del «elenco». Alguien dirá que tal fue la intención de guionistas, animadores, diseñadores y productores, pero yo prefiero pensar otra cosa: el poder de la creación (literaria primero y cinematográfica después) es tan extraño que surgen productos con una personalidad propia: aparecen seres dotados de su propio espíritu y siguiendo sus propios derroteros. Los escritores de novelas o cuentos, así como los dramaturgos y los guionistas, lo saben muy bien. Es un fenómeno que forma parte del oficio: algunos personajes resultan tan sólidos y fuertes que parecen «descubiertos», no «creados», como si sólo aguardaran a ser revelados para cobrar vida. Dicen que así le ocurrió a Shakespeare con el famoso Falstaff, una figura secundaria que se volvió inolvidable y sigue motivando apuntes críticos, como los de Harold Bloom (que lo idolatra y lo considera un elemento esencial de la reinvención literaria de lo humano). Es como si el escultor lograra extraer una figura preexistente del mármol (algo que los propios escultores aseguran que ocurre), en lugar de concebirla desde la propia creatividad. Nos acercamos así a un viejo enigma: ¿se crean los personajes o ya están allí y sólo se descubren?, ¿existe el «creador» o sólo es un explorador que descubre al personaje, como si se tratara de un biólogo encontrando una especie novedosa para la ciencia, o un arqueólogo revelando un ídolo entre el barro de los siglos? Extraño poder el de la creación: algunos productos de la imaginación, como el oso Baloo y el pulpo Hank, se llevan la historia con ellos. Por algo será.

Los muros no funcionan si…

Fecha: 18 de julio de 2016 Categoría: El sitio y el asalto Comentarios: 0

-Muestran fragilidad en el asedio o timidez frente al asalto
-Quedan tan bajos que es fácil superarlos
-Los dejan inconclusos
-El enemigo los socava
-Los defensores pactan y se rinden
-Quienes deben defenderlos los abandonan
-Alguien olvida colocarles contrafuertes
-Las trompetas los desmoronan
-El hambre los doblega (si la peste los circunda pueden resistir)
-Un ardid los evita
-Pierden la confianza
-Se olvidan o son ignorados
-Alguien deja abierta la puerta

El tiempo que no pasa

Fecha: 18 de julio de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Un viejo libro de Carlos Fuentes me ayudó a entender el enredado transitar del país. Yo leí la edición original de 1971, de la editorial Joaquin Mortiz, unos trece o catorce años después de su publicación, cuando cursaba el bachillerato. Una frase en especial me abrió el entendimiento y sigue (o seguía) ofreciéndome claves para entender la realidad mexicana: «la premisa del escritor europeo es la unidad de un tiempo lineal, que progresa hacia adelante digiriendo, asimilando el pasado. Entre nosotros, en cambio, no hay un solo tiempo: todos los tiempos están vivos, todos los pasados son presentes» (la frase aparece en el primer ensayo del citado libro: «Kierkegaard entre nosotros»)
Armado con esa idea pude entender muchas cosas. No me pareció extraño confirmar que los estudiantes seguían manifestándose en las calles de la Ciudad de México como si el 2 de octubre del 68 hubiera ocurrido apenas ayer; tampoco el reaparecer de movimientos guerrilleros en los años 90, mientras una parte del país firmaba tratados comerciales internacionales; ni el homicidio de un candidato presidencial; ni la represión violenta de jóvenes, (que sigue ocurriendo hasta la fecha) o los conflictos entre gremios y gobiernos. Todo eso ya ocurrió alguna vez en México y si ya ocurrió puede volver a ocurrir, pues en nuestro país el pasado está vivo, se mantiene latente y brota de nuevo, como siguiendo el ciclo de unas extrañas estaciones.
La clave de Carlos Fuentes me brindó una mecánica mental para entender que el tiempo de México no es lineal, que mientras en otros lugares del mundo existe una idea de progreso hacia el futuro que engulle el pasado y lo supera, aquí las capas del ayer se quedan impregnadas en el presente. Aquí los fósiles andan vivos, como el ajolote.
Todo bien hasta el momento, pero con las recientes noticias confirmo que la distinción era en realidad una ilusión. El terrorismo, la marca de los años setenta, regresó al escenario europeo. Veo las imágenes del horror en mi celular e imagino que Septiembre Negro, la Banda Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas y hasta el mismo Carlos El Chacal, siguen deambulando por las orgullosas calles europeas, lastimando los sueños de los inocentes.
Pero el terrorismo es solo una parte de la historia: la línea del odio entre el próximo Oriente y el Occidente sigue su trazo original, reeditando la historia que inauguraron aquellas batallas entre persas y griegos o partos y romanos, pasando por el Islam, los turcos otomanos y los moros, hasta llegar a los talibanes y los estados fundamentalistas de nuestros días. Alguien por aquellos lejanos paisajes decreta una Guerra Santa y se escucha el rechinar de dientes en otras partes del mundo.
Carlos Fuentes estaba equivocado. El tiempo mexicano no es sólo mexicano. También allá, en el viejo continente, los pasados están vivos y se amontonan en el presente. Habrá que seguir temiendo por ellos.