Derrámame, lo admito, pero luego recupérame y déjame por allí en el mismo recipiente, sosegado y suspendido, para no dilapidarme o disiparme.
Derrámame, lo admito, pero luego recupérame y déjame por allí en el mismo recipiente, sosegado y suspendido, para no dilapidarme o disiparme.
No soy una palabra. Lo niego. Soy un sonido al que alguien puso nombre.
Un día asistí a una reunión difícil. Una señora exigía una compensación por cierta decisión que la afectaba y que consideraba una injusticia. Su contraparte era un funcionario maduro y bien intencionado que intentaba ─según me confesó─ darle una respuesta favorable, si bien no estaba convencido de que la razón asistiera a la señora. Me dijo: “ella está equivocada, pero no quiero decirle que no, mejor trataré de apoyarla. Claro, hasta un límite razonable”. Le dije que estaba de acuerdo. A veces se piensa que los funcionarios pueden hacerlo todo, pero su actuación está muy ajustada a límites legales y presiones de control, así que toda concesión es un riesgo. La señora llegó acompañada de un abogado y comenzó la reunión. Yo estaba allí como una instancia de mediación y para respaldar al funcionario en la decisión que se tomaría. Muchas reuniones o discusiones se vuelven un referente para el análisis: es fácil advertir en cuál de las dos partes priva la razón y en cuál la ofuscación, en cuál la mayor parte de verdad y en cuál la mayor parte de mentira, en cuál la sensatez y en cuál la locura. Eso lo saben bien todos los que desempeñan por algún motivo una función de mediación. En este caso la intolerancia estaba del lado de la señora y la parte razonable parecía representarla el funcionario. No crean ustedes que eso es algo raro: lo he visto muchas veces. Muchos funcionarios que percibimos con agresividad demuestran ser un dechado de buenas maneras y algún pacífico ciudadano se vuelve una fiera en una gestión sin importancia. En fin. Aquí no sólo era eso: la señora se mostraba muy agresiva y parecía querer herir con cada palabra, mientras que el funcionario respondía con amabilidad y un tono tranquilo, como queriendo llevar la conciliación al extremo. En algún momento pedí la intervención del abogado, quien intentó aconsejar a la señora para que aceptara la propuesta del funcionario. Le dijo, palabras más, palabras menos, que parecía “un buen acuerdo” (y ya se sabe la máxima de los abogados: preferible un mal acuerdo que un buen pleito). La señora se mostró muy ofendida. Consideraba a la propuesta de negociación una burla y pedía veinte veces más que eso. Incluso se molestó mucho con el abogado. Quizás pensaba que la obligación de un asesor jurídico era respaldar toda exigencia en lugar de aconsejar moderación. En algún momento la señora se volvió a discutir hasta conmigo, que sólo estaba allí intentando mediar en beneficio de las dos partes. Intenté hacerle ver que sus demandas sobrepasaban lo razonable y por mucho, mientras que la propuesta del funcionario era muy digna, sobre todo considerando que no podía ser obligado a brindarla. Eso no le importó. Siguió discutiendo con enojo y rayando en los límites de la ofensa, hasta que la paciencia del funcionario llegó a su límite. Fue una lástima, pues había demostrado serenidad y buena disposición por mucho rato. Se levantó de la mesa, pidió disculpas, dijo unas palabras sin mucho ánimo y se despidió. Las palabras fueron: “no tiene caso seguir escuchando improperios, que todo se resuelva en el juicio, aquí sólo estamos perdiendo el tiempo. Hasta luego.” Y se fue. La señora se molestó aún más. Gritaba que todos los funcionarios de México y del mundo éramos unos rufianes, corruptos y prepotentes que merecíamos la muerte. Yo me apresuré a irme de allí antes de que me fuera a golpear con su bolsa. Unos días después me llamó el abogado de la señora. Me dijo que la señora ya había entrado en razón y que estaba dispuesta a aceptar el trato, pero que ahora quien ya no quería saber nada del asunto era el otro funcionario. Le dije que ya no estaba en mis manos la decisión. Lo entendió y se despidió. Después supe que el caso duró mucho tiempo y que nunca se resolvió del todo. Creo que en algún momento la señora hasta se desistió del ardoroso empeño que la motivaba. Claro, tenía que pagar un abogado para un largo juicio (el mal pleito, que es la pesadilla de los procesos judiciales). Después, reflexionando un poco sobre el asunto, me di cuenta que la posición de la señora no era tan extraña. De hecho, todos estamos en riesgo de reproducirla. A veces nos encerramos en nuestro punto de vista, que consideramos el único válido, y pretendemos que la realidad se amolde a nuestras palabras y nuestros deseos. Pero la realidad es escurridiza y muchas veces, a pesar de mostrarse bien dispuesta hacia nosotros, se levanta y nos deja solos peleando con el mundo.
En los años 90, apenas concluyendo estudios, tuve la oportunidad de colaborar en la Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, en San Lázaro. Para mi era muy placentero deambular por esos pasillos, participar de alguna forma en comisiones, sentarme a disfrutar las sesiones y escuchar todas las conversaciones que podía, tratando de aprender un poco de política y del funcionamiento institucional. Sé que para muchas personas escuchar debates parlamentarios sería una forma de tortura, pero para mí era todo lo contrario. Me gustaba sentarme y escuchar por horas una discusión. Por desgracia, los buenos debates son escasos y casi todo el tiempo el uso de la tribuna asemeja un diálogo de sordos, donde cada quien dice lo que cree que debe decir sin llegar a conclusión alguna. Una vez, cuando llegaba a una importante sesión donde se discutiría una reforma delicada y controvertida, me encontré a Luis H. Alvarez, que en esa época era, según recuerdo, el Presidente del PAN. Lo acompañaban algunos jóvenes, que quizás serían militantes de su partido. Salían de la sesión relajados y con buen humor. Una joven le preguntó a don Luis: «¿no le preocupa el debate?». Don Luis la miró con su eterna mirada de abuelito y le dijo, según recuerdo, lo siguiente: «claro que no, ya está discutido y acordado, aquí sólo queda el espectáculo». Para mi fue una revelación. Claro, sabía que existían las negociaciones previas entre las cúpulas partidistas y que lo esencial ya estaba acordado antes de pasar a la discusión abierta, pero no es lo mismo escucharlo de forma tan clara y por un protagonista del poder. Después de eso ya no volví a mirar esas discusiones. Me di cuenta que sólo eran los arrebatos desesperados de las fracciones legislativas que habían quedado fuera de los grandes acuerdos, pues la votación se daría de una forma establecida con anticipación. Con el tiempo supe que los mejores debates legislativos se dan, precisamente, cuando los acuerdos se rompen, pero eso ocurre en muy raras ocasiones. Aquella fue una gran lección y me la dio, sin saberlo, ese gran político que fue Luis H. Álvarez. El no lo sabe y ni siquiera me conoció, pero es bueno ser agradecido con quienes nos dan una enseñanza a lo largo de la vida. Gracias don Luis y buen viaje después de tan larga e interesante vida.
Cada época tiene sus manías y modas en torno al amor, es cierto, pero también es un asunto de temperamento: para algunos (y algunas) está teñido de súplica e infortunio y para otros (y otras) posee rasgos soberbios o altaneros, sin dejar de ser amor. Incluso sería posible clasificar el alma de un pueblo por el sentido que le otorga al amor. Una rápida revisión de la canción popular mexicana no deja lugar a dudas: para nosotros el amor toma forma lastimera. Es un amor sufrido, injusto, desilusionado, traicionado o imposible. El caso es que tan acostumbrados como estamos, por obra y gracia de nuestra cultura colectiva, a identificar al amor con el dolor, nos parece imposible comprender que existen formas de amar sin debilidades ni sufrimientos. Pensé en eso mientras releía el Enrique V de Shakespeare, una lectura motivada por la revisión de la película homónima de Kenneth Branagh (la he visto unas diez veces y siempre me vuelve a gustar). Allí, el joven Enrique, con las armas victoriosas en la mano después de la histórica batalla de Agincourt, le confiesa su amor a Catalina de Francia. El momento es sublime, pero no por constituir una pieza romántica, sino por reflejar el amor del que gana y espera su justa recompensa. Le dice Enrique: «Si puedes amarme por esto, adelante. Si no, decirte que moriré es verdad, pero por tu amor, lo juro por el Señor, no. Pero sí te amo». Catalina debió levantar la ceja y pelar los ojos. Nada de que si no me amas me suicido o me tiro al vicio y la perdición. Enrique le está diciendo de frente: de acuerdo, eres bonita y eres princesa, pero no es para tanto. Dicho sea con otras palabras: te amo, pero si me respondes con una negativa pues créeme que no pasa a mayores, así que decídete de una vez y a lo que sigue. Nada mal. Creo que a los mexicanos nos hizo falta alguno que otro Enrique como éste (y muchos párrafos literarios así) para equilibrar tanto melodrama de nuestra conciencia. Quizás seríamos un pueblo menos cantor, pero también menos sufrido. Es cierto que todos moriremos, pero no tiene que ser por amor. Enrique V tiene mucho por enseñarnos todavía. Lo olvidaba: para los que tengan curiosidad por lo que pasó después, les diré que la buena de Cata dijo que sí. Supo que ese amor era del bueno, a pesar de que Enrique fuera tan poco dado a los chantajes sentimentales.