Apuntes

Apuntes por categoría

Vine a Comala

Fecha: 16 de mayo de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Vine a Comala sin saber a quién buscar. Di vueltas por el jardín pero me equivoqué y fui en el sentido de encuentro con los muchachos solteros, que me vieron con recelo. Para quitarme el susto me atravesé a los portales y bebí unos ponches de Granada. Me sentí mareado (a mi edad no es bueno combinar el alcohol con el azúcar). Para quitarme lo mareado di vueltas al revés por el mismo jardín, pero no aguantaba los murmullos que taladraban mi conciencia exigiendo otro ponche. En algún momento salió una anciana a mi encuentro con el rostro cubierto. Pensé que diría algo aterrador, pero sólo me aconsejó beber un café pues estaba por caerme, así que mejor me fui. Me sentí inseguro para manejar y regresé en taxi a casa. Quizás mañana regrese y sepa entonces lo que busco.

El clavo o el vacío

Fecha: 14 de mayo de 2016 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Tener una fe es un derecho humano, como lo es no tenerla. Cada quien sabe de cuál clavo colgará sus dudas y esperanzas y cada quien sabe si decide dejarlas sin colgar.

No puedo: necesito al toro

Fecha: 13 de mayo de 2016 Categoría: Palabra hablada Comentarios: 0

Cuando me invitan a dar una charla o una conferencia, acepto con gusto. Lo mismo ocurre cuando me invitan a compartir algunas palabras con un motivo especial: una ceremonia cívica, la clausura de un foro o algo así. Incluso doy cursos gratuitos de oratoria cuando mi tiempo lo permite y se organiza un buen número de interesados. Lo que no acepto es decir discursos por decirlos, como si alguien me dijera: «pronuncia un discurso para ver cómo es eso de la oratoria». No es posible. Me explico: un discurso es una respuesta intelectual y emocional a un momento específico. La oratoria, por su parte, es el método para conseguir la exacta combinación de argumentos y sentimientos que logren un efecto de persuasión y agrado al mismo tiempo. Pronunciar un discurso sin la sincronía con el momento es un absurdo. Una vez escuché a un conocido torero negarse a mostrar sus movimientos para ilustrar a una audiencia. Dijo: «no puedo, necesito al toro. Hacer pases sin toro no es torear, eso es como un ballet y yo no bailo». Es lo mismo con la oratoria. Sin la circunstancia propicia no lo es: sería gesticulación y grito. En suma, un producto grotesco y para mí inadmisible

El indescifrable respirando otra vez

Fecha: 9 de mayo de 2016 Categoría: La inspiración clásica Comentarios: 0

Algunos libros esperan muchos años para ser leídos. Uno de ellos llegó a mis manos con retraso, las «Memorias» de Charles-Maurice de Telleyrand. En realidad las «memorias» no son tales y por eso quedan entre comillas. Sucede que son apuntes sin título que dejó a la posteridad para reflexionar sobre algunos de los grandes momentos históricos en los que intervino, entre ellos la caída de la monarquía francesa, la revolución, el consulado napoleónico, el imperio y la restauración (nada mal como trayectoria de poder, según podrá juzgarse). Esos apuntes son también un deleite para la inteligencia. Allí brilla el juicio perfecto, la soberbia ironía, el ácido retrato de ciertas personalidades, algunas sabrosas insinuaciones de pasillo y un profundo análisis de la política del momento, todo ello en un estilo claro y ameno. Vaya con este hombre de Estado que supo sobrevivir e influir, conciliar y edificar, traicionar y reír, todo ello sin perder la compostura, y eso que pasó por algunos de los momentos de mayor peligro en la historia universal. Digo que el libro llega a destiempo, pues hace muchos años (unos 20, más o menos) agoté casi todo mi interés por la Revolución Francesa y sus consecuencias. Créanme que leí casi todo lo que pudo ser escrito en torno al tema, sea clásico o actual, historia o ficción, novelas o ensayos, memorias (reales o ficticias) y biografías. No me faltaron ni la mayoría de los discursos de Robespierre, ni las obras de Louis Madelin, ni la excelente pieza (La muerte de Dantón) de Büchner (y nótese que no cito, para no caer en penosos lugares comunes, el Fouché de Zweig, aun cuando lo leí dos o tres veces). Pero nunca conseguí las «memorias» de Telleyrand, que llegaron a mi apenas ayer, mientras bobeaba por una tienda departamental. Pero no hay lectura que llegue tarde y ya estoy aplicado en ella. Le doy esta noche y la siguiente para digerirla con placer. Quizás ande todo desvelado en el trabajo, pero algún sacrificio debe hacerse para vivir con lo que nos apasiona. El buen Charles-Maurice jamás imaginó que lo estaría leyendo un admirador del futuro, originario de una entidad lejana de la que jamás escuchó. Es el poder de la escritura: rompe los límites de toda geografía y es la forma más grata de la inmortalidad. Al leer vuelven a respirar los grandes de cada época. Hoy respirará conmigo Telleyrand. Hasta me tomaré una copa de vino a su salud.

El naranjo de la esquina

Fecha: 5 de mayo de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

De un tiempo a esta parte veo arrugados, lentos y distraídos a quienes conocí de niño. Ellos eran mayores, llevaban libros y libretas bajo el brazo y unos cuantos adoptaban poses de galán. Pero eso ya pasó. Se hicieron viejos los pobres. Es algo preocupante, porque sólo me llevaban unos cuantos años y yo sigo en la fila, pero… ¿qué se puede hacer? Solo esperar el momento y pasar con gallardía, por lo menos dentro de lo razonable. El otro día saludé a uno de ellos. Me preguntó si yo era aquel chiquillo que deambulaba curioso mientras él besaba a su novia, una vecina mía de largos cabellos llamada Yolanda, bajo el naranjo de la esquina. Recordé aquellas escenas, en especial una pues aquella tarde Yolanda se veía magnífica y el naranjo estaba cuajado de azahares. Él intentaba abrazarla y ella lo eludía con una risita a punto de la carcajada. Por alguna extraña razón ese recuerdo está ligado, además de los azahares, a una melodía, «Necesito de alguien como tú», de una cantante que ya no se menciona: Ángela Carrasco. Quizás la escuché de la radio al pasar mientras los veía riendo y abrazándose al pie de aquel árbol rebosante de flores blancas. Pero contuve los recuerdos pues mi interlocutor esperaba y le respondí que sí, que yo era ese niño. Me vio con curiosidad y comentó que había cambiado mucho, que casi no me reconocía. «Quizás no se ve a sí mismo», pensé. Quizás nunca podemos vernos a nosotros mismos y el tiempo se nos queda congelado por dentro mientras por fuera nos desgaja. No quise contradecirlo. Tampoco le pregunté sobre su vida después de Yolanda, pues hay historias que no terminan como deben y la de él, a simple vista, no se veía muy bien llevada. Platicamos un poco de esto y de aquello, sin mucho interés. Antes de despedirse me preguntó por Yolanda. Yo sabia de ella, claro. Un día se despidió de él y eligió otros caminos, quizás mejores, que algún día les contaré, pero no se los pude platicar al hombre que me miraba. Mentí. Le dije que dejé de ver a Yolanda y que no sabía nada de ella. Asintió. Me dijo que tenía un grato recuerdo de ella y de ese barrio. Le dije que yo también. Nos despedimos. Se fue caminando con la tristeza amarrada a los pies. Ni siquiera quise comentarle que ese barrio ya no es lo que fue, que aquel naranjo se secó hace mucho, que ya no brotan los azahares en esa esquina y que se fueron los días felices y despreocupados, como aquellos cuando de niño veía feliz y radiante a Yolanda, antes de que dejara secos tantos sueños en el hombre que se despedía.