Apuntes

Apuntes por categoría

Día de la Santa Cruz

Fecha: 3 de mayo de 2016 Categoría: El sitio y el asalto Comentarios: 0

Levantamos muros para que nadie pueda tocarnos, ni vernos, ni decirnos. Después encerramos allí a quienes creemos amar. Cuando la adversidad nos agobia salimos y queremos derribar los muros que otros levantaron. Entonces nos sentimos desdichados por el egoísmo que nos rodea.

Síndrome Rocky

Fecha: 29 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Una herencia de los años setenta fue una película estupenda: Rocky. Fue escrita por un joven ambicioso, Sylvester Stallone, que inició (como muchos en esa industria) en papeles porno, pero que estaría llamado a convertirse en una de las grandes personalidades cinematográficas del mundo. Recuerdo que vi esa película, algunos años después de su estreno, en el cine Princesa de Colima, ya desaparecido. El guión original, más oscuro y pesimista, se llamó «Paradise Alley» (algo así como Callejón Paraíso) y el joven escritor logró los apoyos necesarios (apenas suficientes) para producir la película y asumir el papel protagónico. La historia de Stallone, aún con los retoques de los productores, es poderosa: un boxeador en prematuro declive, cobrador ocasional y desganado de la mafia, recibe por azar la oportunidad de enfrentarse con el campeón mundial de su división, en una pelea que se considera más un espectáculo que una disputa real por el título. El boxeador callejero, sin embargo, se toma la oportunidad muy en serio. El resto es historia: la película se convirtió en un referente generacional, se volvió una exitosa franquicia (aún muy productiva) y sigue hasta la fecha como un motivo de inspiración para quienes acometen una gran empresa en condiciones de adversidad, tan sólo por ese terco aferrarse a la mínima posibilidad que la vida otorga, de vez en cuando, a los infortunados. Hasta aquí todo bien, pero Rocky dejó algo más, algo casi inadvertido, algo que podemos llamar una distorsión psicológica colectiva. Es tanta la influencia de Rocky que seguimos pensando que con la sola voluntad es posible arrebatarle jirones de éxito al destino. Sospecho, incluso, que la frase «querer es poder», que tantos voluntariosos repiten como pericos, tiene ecos de aquella película (aunque nunca se dijo allí). El problema es el siguiente: pretender que la sola perseverancia vuelve posible lo imposible lleva, la mayor parte de las veces, a un camino de frustración. Los casos de éxito fundados en el solo empeño son mínimos comparados con las grandes oportunidades para el fracaso y el desencanto. A la fecha seguimos padeciendo esa dolencia motivacional, a la que llamo «Síndrome Rocky» y me parece importante identificarla. Cuando alguien me propone algo que considero imposible, o al menos muy complejo como para que resulte exitoso, me gusta decirle lo siguiente: «oye, querer no es poder, no importa cuantas veces te lo hayan dicho, el querer es apenas el primer paso para poder, se hace necesario después mucho trabajo, mucha persistencia, mucha capacidad de aguante frente a la desilusión y mucha suerte». No pretendo desalentar. No por favor. Eso jamás. Solo intento brindar una perspectiva realista de la vida para que los esfuerzos alcancen una recompensa sensata. Lo sé por experiencia propia: yo padecí muchos años ese síndrome y luché contra muchos campeones de peso completo. No me fue muy mal y hasta logré acumular algunos buenos puntos en el boxeo de la vida, pero también aprendí que no es tan fácil ganar. Quisiera que otros como yo (osados y entusiastas) sepan eso sin necesidad de acumular desánimo y sin el riesgo de arrojar la toalla antes de tiempo. Es mejor ganar pequeñas victorias día con día que esperar la gran oportunidad frente al campeón del mundo. Ahora que si la oportunidad llega, pues a tundirle duro al Apollo Creed que les toque. Eso sí les digo: después de los primeros buenos golpes nos damos cuenta que no son tan duros como se pensaba y si no le ganan por lo menos se van a divertir. Se los digo por experiencia. Rocky se los puede decir también.

Mirando mi yo

Fecha: 29 de abril de 2016 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 0

Tengo al lado del espejo, en mi habitación, una foto que conservo que me tomaron a los 18 o 19 años (cuando fui dirigente juvenil del partido en que milito). No es por vanidad, pues en todo caso el efecto sería adverso: allí tengo mucho pelo, ninguna arruga, una mirada limpia y muchas ilusiones en el alma. Tampoco la tengo para torturarme y ni siquiera para sentir el paso del tiempo. La tengo para no perder la vergüenza. Me explico: en aquellos años mis convicciones eran fuertes y por fortuna las conservo. No quiero perderlas. Muchos amigos de entonces compartían conmigo ideales e ilusiones y después se volvieron seres tóxicos y oscuros. Otros se hicieron flojos y se dejaron vencer: hoy se la pasan hablando mal de todo o elogiando a alguien hasta el punto del absurdo. Algunos más se extraviaron en algún recodo y no pudieron regresar. Otros, como yo, seguimos luchando y viviendo en la aventura (como D’Artagnan veinte años después). En mi caso, quiero seguir con mi imagen del ayer muy a la mano, para que ese yo joven nunca se avergüence del yo de este día y puedan seguir (ambos) mirándose a los ojos. Sé que no todo lo que ahora soy será del agrado de mi yo joven. Juzgará, así lo creo, que me faltó un poco más de audacia y otro tanto de carácter en uno que otro asunto. Intuyo que desaprobará algunas decisiones y ciertas indecisiones. Quizás también, en algunas opiniones, ya no podrá coincidir conmigo. Pero, estoy seguro de algo vital: no le traicioné en los temas importantes. También creo que podrá sentirse satisfecho, pues su yo de 47 (casi 48) años, no perdió lo esencial con los cambios de Fortuna y conserva íntegro el entusiasmo, día con día, para luchar por sus anhelos sin renunciar a lo que soy y sin lastimar a lo que fui. Por eso me atrevo a una sentencia: que sean otros los que se avergüencen frente a su imagen del ayer. Yo la tengo frente a mí, todos los días, para nunca traicionarla.

¿Socráticos?

Fecha: 25 de abril de 2016 Categoría: La inspiración clásica Comentarios: 0

Pretender saberlo todo es de necios y desmesurados. Resignarse a ignorarlo todo parece ser cosa de sabios, pues se supone que tal era la postura socrática, lo que es erróneo. En realidad era una trampa de aquel preguntón para destruir las certezas falsas de los otros. Así que presumir ignorancia no es signo de sabiduría, sino de flojera y abandono. Lo mejor es ignorar aprendiendo. Con modestia, pues, pero también con ambición de saber.

Maniatar

Fecha: 25 de abril de 2016 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Puedo controlar mis emociones, sujetarlas, amordazarlas, contenerlas, a veces hasta esconderlas y, en casos extremos, disfrazarlas. Pero no puedo evitarlas. Las siento, las vivo, las sudo y luego decido qué hacer con ellas.