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Certezas

Fecha: 25 de abril de 2016 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Ayer quise ver algo, pero pasó tan rápido que no logré verlo. Por comodidad me dije que no existe. Si quiere existir que pase despacio para verlo.

Dilema plástico

Fecha: 25 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Fui con el cirujano plástico. Me preguntó lo que quería cambiar de mi. Le dije que para comenzar mi rostro duro y las orejas largas que me heredó mi bisabuelo, el duende (esa historia ya la conté una vez). También el color de mis ojos (quisiera tenerlos verdes, como mi madre), mis cachetes, mis párpados papujados, dos tercios de mi cuerpo, dos dedos de cada pie, un talón y unas profundas arrugas que trazan mi asombrada frente. También una cicatriz al lado de mi ceja derecha (fue cuando caí de bruces en el Jardín Libertad, andando en mi triciclo). Otro par de cicatrices de un mal pleito con un experto en la navaja (al otro le fue peor, luego les cuento). No olvidé mi calvicie y propuse también, de ser ello posible, reducir un poco las medidas de mi cabeza prominente (es un poco incómodo no encontrar sombreros de mi talla). Me dijo que era viable. Me dio una cita para mi próxima reencarnación. Me siento emocionado.

De la Fortuna, mientras sé que murió Prince

Fecha: 21 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

El éxito (el gran éxito, el éxito con mayúsculas) es un fenómeno extraño. No tiene nada que ver con el talento. Exige algo más, quizás el amor de una bella deidad pagana llamada Fortuna. Pero la Fortuna toma muchas formas: existe una Fortuna que ama de forma desmedida, como aman las amantes, consumiendo al «afortunado» y existe una Fortuna que ama con medida, cautelosa, con largos plazos. Bob Kane, el creador de Batman, decía que sostenía un romance apasionado con la Fortuna desde que fue joven. Le creo. Su vida fue un continuo disfrutar del éxito, en contraste con los desafortunados creadores de Superman, por ejemplo. El antropólogo Dùmezill hablaba de otra Fortuna, identificada con la deidad romana Mater Matuta (madre del amanecer), que ama como lo hacen las madres, cuidando que al hijo le vaya bien, pero no demasiado bien, para que tenga una vida larga y feliz y no una existencia llena de vértigo y peligro. En fin, lo cierto es que algunas personas, mujeres u hombres, son afortunadas y otras no tanto. Algunos o algunas, con un mínimo esfuerzo, alcanzan altas dignidades y bellas oportunidades, y otras, a pesar de los empeños y los años, no logran ni siquiera un humilde reconocimiento. La Fortuna existe. Lo reconoció el mismo Maquiavelo, que no era muy dado a lo esotérico y tenía una mente fina y calculadora. Quien lo dude que sea bajo su propio riesgo. Recordé a Fortuna cuando vi la nota de la muerte del artista Prince. Un hombre talentoso, innovador e incluso genial. Tocaba varios instrumentos, tenía una gran proyección escénica, una potente voz y bailaba de forma extraordinaria. Quien lo dude que revise en You Tube algunos de sus conciertos y videoclips. Alcanzó un éxito aceptable, incluso envidiable, pero no logró imponerse frente a la fascinación que despertó un hijo típico de la gran Fortuna: Michael Jackson. Por supuesto, no se le puede negar a Jackson su extraordinario talento, pero ese talento también lo tenía Prince. ¿Cuál fue la diferencia entre ambos? Para mi es un ejemplo clásico de la distribución desigual de la Fortuna entre los seres humanos. Aún considerando a Prince un hombre afortunado en muchos sentidos, Michael era un consentido de la Fortuna. Quizás por eso en todo el mundo, sin importar fronteras, idiomas o clases sociales, se seguirá recordando a Michael y sólo un público conocedor honrará la memoria de Prince. La Fortuna hizo que Prince, el talentoso, naciera en la misma era de Michael Jackson, su consentido. Nada puede hacerse al respecto. Es un asunto de las diosas.

Vueltas

Fecha: 17 de abril de 2016 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Es fascinante la reencarnación: significa la oportunidad de hacer las mismas estupideces en otras vidas.

Fusiles

Fecha: 17 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Es un vicio intelectual adjudicar a otro lo que alguien hizo o escribió. De vez en vez alguien sale con una idea genial al respecto, que termina como una simple curiosidad. Es el caso de Shakespeare, a quien se le niega la cultura, el conocimiento histórico y geográfico y hasta la capacidad lingüística para ser el autor de sus propias obras. Los extravagantes especulan que pudo ser Francis Bacon, sir Henry Neville o incluso Christopher Marlowe. Hace poco, el historiador francés Christian Duverger salió con la teoría de que no fue el viejo soldado Bernal Díaz del Castillo el autor de la «Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España», sino el propio Hernán Cortés. Tesis interesante que pone en manos del capitán conquistador la narración de sus hechos con el recurso del falso testigo. Interesante, digo, pues sabemos que Cortés fue un hombre instruido, dotado de cultura y animado por cierto aire renacentista. De cualquier forma, yo digo que todo eso es buscar conjeturas sin necesidad y trastornar la historia hasta el absurdo. A final de cuentas, si uno u otro es el autor oficial de algo pues sus razones tendrá la historia para dejarlo así. Alguien así lo decidió y punto, pues honramos las letras, sin importar el puño de carne y hueso que las compuso. Es el caso de Homero. Se duda de su existencia pero lo indudable es que alguien cantó y puso por escrito las leyendas del sitio de Troya y el periplo de Odiseo. Si a ese alguien le llamamos Homero pues no importa. Quizás pudimos llamarle Heráclito o Anaximandro, pero lo esencial es leer la obra y agradecer al que se preocupó de ponerla por escrito. Si seguimos así, más tarde saldrá algún bobalicón a decirnos que fue Sócrates el propio escritor de sus Diálogos, que se los adjudicó a su joven discípulo Platón para evitar el mal gusto de hablar con elogio de sí mismo. Incluso, algún extravagante saldrá un día con el absurdo de que fue el mismo Jesús quien escribió los evangelios, que después copiaron Mateo, Marcos y Lucas, quizás Juan o los supuestos autores de los llamados apócrifos o extracanónicos. En fin, sólo espero que nadie salga algún día, en el lejano futuro, diciendo que no fui yo, sino otro, el que escribió todas mis tonterías y realizó todas mis absurdas hazañas. Reclamo desde este momento la paternidad de lo que soy y lo que hago. Hasta de mis desatinos y desvaríos. Eso sí, ninguna sinvergüenzada es mía. Ésas que las hagan otros