Es fascinante la reencarnación: significa la oportunidad de hacer las mismas estupideces en otras vidas.
Es fascinante la reencarnación: significa la oportunidad de hacer las mismas estupideces en otras vidas.
Es un vicio intelectual adjudicar a otro lo que alguien hizo o escribió. De vez en vez alguien sale con una idea genial al respecto, que termina como una simple curiosidad. Es el caso de Shakespeare, a quien se le niega la cultura, el conocimiento histórico y geográfico y hasta la capacidad lingüística para ser el autor de sus propias obras. Los extravagantes especulan que pudo ser Francis Bacon, sir Henry Neville o incluso Christopher Marlowe. Hace poco, el historiador francés Christian Duverger salió con la teoría de que no fue el viejo soldado Bernal Díaz del Castillo el autor de la «Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España», sino el propio Hernán Cortés. Tesis interesante que pone en manos del capitán conquistador la narración de sus hechos con el recurso del falso testigo. Interesante, digo, pues sabemos que Cortés fue un hombre instruido, dotado de cultura y animado por cierto aire renacentista. De cualquier forma, yo digo que todo eso es buscar conjeturas sin necesidad y trastornar la historia hasta el absurdo. A final de cuentas, si uno u otro es el autor oficial de algo pues sus razones tendrá la historia para dejarlo así. Alguien así lo decidió y punto, pues honramos las letras, sin importar el puño de carne y hueso que las compuso. Es el caso de Homero. Se duda de su existencia pero lo indudable es que alguien cantó y puso por escrito las leyendas del sitio de Troya y el periplo de Odiseo. Si a ese alguien le llamamos Homero pues no importa. Quizás pudimos llamarle Heráclito o Anaximandro, pero lo esencial es leer la obra y agradecer al que se preocupó de ponerla por escrito. Si seguimos así, más tarde saldrá algún bobalicón a decirnos que fue Sócrates el propio escritor de sus Diálogos, que se los adjudicó a su joven discípulo Platón para evitar el mal gusto de hablar con elogio de sí mismo. Incluso, algún extravagante saldrá un día con el absurdo de que fue el mismo Jesús quien escribió los evangelios, que después copiaron Mateo, Marcos y Lucas, quizás Juan o los supuestos autores de los llamados apócrifos o extracanónicos. En fin, sólo espero que nadie salga algún día, en el lejano futuro, diciendo que no fui yo, sino otro, el que escribió todas mis tonterías y realizó todas mis absurdas hazañas. Reclamo desde este momento la paternidad de lo que soy y lo que hago. Hasta de mis desatinos y desvaríos. Eso sí, ninguna sinvergüenzada es mía. Ésas que las hagan otros
Jamás considerarnos torpes o tontos. Si acaso es válido reconocer que tenemos una cabeza sin asideros, es decir, que a veces las ideas no logran arraigar en nuestra cabeza y se resbalan, pero eso no es malo en sí mismo: incluso puede ser saludable. Todos deberíamos tener la mente impermeable a ciertos pensamientos complejos y la humildad de quedarnos con los impulsos primitivos, que son más auténticos
Nadie debe considerarse feo, si acaso es válido saberse un poco extraño. Ello no es malo en sí mismo, pues alguien extraño puede ser bien recibido en ciertos círculos de aficionados a Lovecraft o Stephen King, o incluso en otros, de tendencia bohemia, donde puede ser interpretado desde la mirada del arte conceptual, que siempre resulta fascinante.
La envidia es una de las emociones terribles del alma. Quizás es natural sentirla un poco, con tantos pretextos en cada paso por la vida: tanta belleza contrastando con nuestra fealdad; tanta riqueza humillando nuestra pobreza; tanta oportunidad en otros mientras sufrimos desventura nosotros; tanto éxito sexual comparado con nuestra ingrata abstinencia y muchos motivos más. Pero la punzada de la envidia debe racionalizarse, moderarse, atemperarse, pues si le damos rienda suelta lleva a lo peor, a lo más oscuro y desagradable de la especie humana, y si el origen de la envidia es ruin (una deficiencia física, real o aparente; una carencia material; un supuesto fracaso en comparación al éxito ajeno, etc.) es peor su manifestación concreta: la difamación, el rumor, el odio y hasta el daño físico a quien se envidia. Sé de algunos que se alegran de ver caer a quienes fueron sus amigos o que hacen todo lo posible por dañar a otros, que ningún mal les hacían, tan sólo por un placer íntimo y perverso. Sé de mujeres que destruyeron a otras tan sólo por percibir en ella más gracia o atractivo. El caso es que no logramos estudiar y comprender muy bien a la envidia, pero quizás ella explique muchas tragedias, tanto en la historia como en la vida cotidiana. Caifás, por ejemplo, el Sumo Sacerdote que logró del Sanedrín la condena de Jesús, me parece un envidioso que sufría al comprobar el liderazgo carismático que el otro ejercía y que parecía desafiar su autoridad. Caifás parece a la distancia el mismo demonio, enmascarado en el mando religioso y haciendo uso de él con todos los argumentos visibles de la conservación del poder. No puede olvidarse su frase «…conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Esta frase, de hecho, es un ejemplo clásico (por desgracia existen muchos) de un interés personal que se hace pasar por un interés social o nacional superior. ¿Cuántos de nosotros seremos como el mismo Caifás, o incluso como el demonio, lastimando las honras ajenas, alegrándonos de los fracasos de otros, destruyendo la reputación de los demás, mientras nuestra envidia se retuerce en el alma y nos condena a un abismo de condena eterna? Además la envidia se nota, se percibe con facilidad, hasta se huele. Mejor alejarnos de ella, no sea que terminemos malgastando la propia vida deseando para otros lo terrible, lo cual ya de por sí es absurdo (desperdiciar la propia luz intentando apagar otras). No olvidemos, tampoco, el castigo del que nos advierte Dante en el canto Vigésimo Tercero, donde coloca a Caifás, crucificado en el suelo, en la fosa de los hipócritas.