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De la estupidez

Fecha: 13 de abril de 2016 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

Jamás considerarnos torpes o tontos. Si acaso es válido reconocer que tenemos una cabeza sin asideros, es decir, que a veces las ideas no logran arraigar en nuestra cabeza y se resbalan, pero eso no es malo en sí mismo: incluso puede ser saludable. Todos deberíamos tener la mente impermeable a ciertos pensamientos complejos y la humildad de quedarnos con los impulsos primitivos, que son más auténticos

De la fealdad

Fecha: 13 de abril de 2016 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

Nadie debe considerarse feo, si acaso es válido saberse un poco extraño. Ello no es malo en sí mismo, pues alguien extraño puede ser bien recibido en ciertos círculos de aficionados a Lovecraft o Stephen King, o incluso en otros, de tendencia bohemia, donde puede ser interpretado desde la mirada del arte conceptual, que siempre resulta fascinante.

Caifás entre nosotros

Fecha: 11 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

La envidia es una de las emociones terribles del alma. Quizás es natural sentirla un poco, con tantos pretextos en cada paso por la vida: tanta belleza contrastando con nuestra fealdad; tanta riqueza humillando nuestra pobreza; tanta oportunidad en otros mientras sufrimos desventura nosotros; tanto éxito sexual comparado con nuestra ingrata abstinencia y muchos motivos más. Pero la punzada de la envidia debe racionalizarse, moderarse, atemperarse, pues si le damos rienda suelta lleva a lo peor, a lo más oscuro y desagradable de la especie humana, y si el origen de la envidia es ruin (una deficiencia física, real o aparente; una carencia material; un supuesto fracaso en comparación al éxito ajeno, etc.) es peor su manifestación concreta: la difamación, el rumor, el odio y hasta el daño físico a quien se envidia. Sé de algunos que se alegran de ver caer a quienes  fueron sus amigos o que hacen todo lo posible por dañar a otros, que ningún mal les hacían, tan sólo por un placer íntimo y perverso. Sé de mujeres que destruyeron a otras tan sólo por percibir en ella más gracia o atractivo. El caso es que no logramos estudiar y comprender muy bien a la envidia, pero quizás ella explique muchas tragedias, tanto en la historia como en la vida cotidiana. Caifás, por ejemplo, el Sumo Sacerdote que logró del Sanedrín la condena de Jesús, me parece un envidioso que sufría al comprobar el liderazgo carismático que el otro ejercía y que parecía desafiar su autoridad. Caifás parece a la distancia el mismo demonio, enmascarado en el mando religioso y haciendo uso de él con todos los argumentos visibles de la conservación del poder. No puede olvidarse su frase «…conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Esta frase, de hecho, es un ejemplo clásico (por desgracia existen muchos) de un interés personal que se hace pasar por un interés social o nacional superior.  ¿Cuántos de nosotros seremos como el mismo Caifás, o incluso como el demonio, lastimando las honras ajenas, alegrándonos de los fracasos de otros, destruyendo la reputación de los demás, mientras nuestra envidia se retuerce en el alma y nos condena a un abismo de condena eterna? Además la envidia se nota, se percibe con facilidad, hasta se huele. Mejor alejarnos de ella, no sea que terminemos malgastando la propia vida deseando para otros lo terrible, lo cual ya de por sí es absurdo (desperdiciar la propia luz intentando apagar otras). No olvidemos, tampoco, el castigo del que nos advierte Dante en el canto Vigésimo Tercero, donde coloca a Caifás, crucificado en el suelo, en la fosa de los hipócritas.

Días del futuro pasado…

Fecha: 11 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Los alemanes le dicen «Fernweh» a esa peculiar sensación de sentir nostalgia por un lugar al que nunca fuiste. No existe en nuestro idioma una expresión idéntica. Tendríamos que componerla en una frase, por ejemplo: «añoranza de lo desconocido» o «nostalgia de lo no vivido». De cualquier forma lo entendemos: se trata de un desconocimiento físico, pero no espiritual. Por ejemplo, yo añoro Florencia sin recorrerla aún con mis pasos. La añoro por mis lecturas del Renacimiento, por Maquiavelo y Guicciardini, incluso por Stendhal. Cada año la extraño más y no la veo todavía con mis ojos. Pero existen otras añoranzas que aún no tienen nombre: esos recuerdos que son anticipaciones o… ¿Cómo decirlo? Quizás como proyecciones del hoy hacia un mañana que será posterior a una gran vivencia. Por ejemplo: añoro lo que diré en mis memorias cuando todo termine, lo que responderé a un nieto o una nieta cuando me pregunte por lo que hice, lo que explicaré a un lector futuro cuando me pida le ayude a esclarecer un párrafo oscuro de la obra que aún no escribo. Creo que también extrañaré las pasiones salvajes que todavía no disfruto a plenitud, como la venganza. Eso sí, espero jamás sentir esa nostalgia desdichada que algunos sienten no por lo vivido, sino por lo deseado y nunca realizado. No quiero saber ni cómo se dice eso, ni en este idioma, ni en alemán, ni en cualquier otro. Mejor que nadie invente esa palabra y si la inventa, que mejor se la guarde sin decírmela.

El ataque de los pájaros

Fecha: 8 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Durante el gobierno interino trabajaba hasta muy tarde en mis oficinas de la Secretaría de Desarrollo Social, en el tercer piso de uno de los edificios del Complejo Administrativo. En ese Complejo pocas oficinas se mantienen activas y el lugar se mira desolado al oscurecer. Sólo quedan los adormilados guardias de seguridad y débiles luces brotan de los edificios. Una noche me di cuenta que tenía un problema con unos archivos de la computadora y me atreví a llamarle a Héctor Guedea para que me asesorara. Héctor me respondió animoso y, como no pude resolver el problema con las instrucciones por teléfono, se ofreció a visitarme para resolverlo. Llegó un rato después, me resolvió el problema (todos deberíamos tener un experto en computadoras en casa, en estos tiempos son casi más útiles que los médicos) y después de charlar un rato comencé a apagar todo para ir a descansar. Yo sabía que por la noche miles de pajaritos hacen del gran domo del Complejo su madriguera. Es un espectáculo fascinante pero con efectos aterradores. Los pájaros suelen ser bellos cuando no pasan de una suave parvada, pero en cantidades bíblicas son capaces de arruinar la mejor arquitectura. Por la mañana, cuando todos se reintegran a sus labores, se aprecian los restos de la gigantesca invasión. Hay quienes se vomitan al recibir el denso aroma añejado desde el crepúsculo hasta el amanecer, mientras las salpicaduras colorean el piso de la explanada. Es tan profundo el daño que ni el esfuerzo estoico de los responsables de la limpieza logra suavizar el hedor en el ambiente. Por supuesto, no es recomendable (a menos que se use una sólida sombrilla) pasear despreocupado por esa explanada cuando cae la noche. Lo mejor es correr y aún así se corre el riesgo de recibir acuosos impactos desde las alturas. Todo eso ya lo sabia, pero lo que ignoraba es que las puertas de acceso a las oficinas deben permanecer cerradas y ese noche quedaron abiertas. Lo supe muy tarde. Cuando Héctor, Edgar (colaborador mío en ese tiempo) y yo salíamos descubrimos que una docena de pájaros revoloteaban por la recepción de las oficinas. No quisimos dejarlos adentro, aún cuando hubiera sido lo más fácil. Nos aterraba la idea de abandonar a esos pequeños en una oficina oscura, sin posibilidad de salir a buscar el sol del amanecer. Abrimos bien las puertas y tratamos de sacarlos. Armados de periódicos hicimos todo el barullo posible para espantarlos y dirigirlos a la salida. Los pájaros revoloteaban en todas direcciones menos hacia las puertas. Por fin nos ubicamos estratégicamente y tratamos de orientarlos. Pasaba el tiempo, se agotaban los brazos y se arruinaban las gargantas con los gritos, pero los pájaros salían a cuentagotas. En uno de tantos intentos hasta unas plumas me cayeron en la boca, lo cual me dio un asco terrible. Me imaginé que miles de gorupos anidarían entre mis muelas. El caso es que por fin salió la mayoría de los tercos alados. Sólo quedó un pájaro aterrado en una esquina, pero Héctor logró atraparlo con un trapo y lo soltó afuera, donde revoloteó feliz. Por fin cerramos las puertas y nos fuimos. Esa noche al llegar a mi casa hice gárgaras con isodine hasta casi desfallecer y me lavé los dientes varias veces hasta con jabón. Aún así soñé que me brotaban plumas en las encías. Sigo sintiendo dolor en ellas cuando alguien habla de las «alas de la libertad» o alguna tontería por el estilo.