El otro día me puse a bailar pensando que estaba a solas cuando alguien entró sin tocar la puerta. Quizás ustedes no lo sepan pero bailo solo en mi oficina, lejos de todas las miradas. No bailo mucho, apenas unos cuantos pasos, inspirado por alguna melodía que escucho al azar. De cualquier forma, no es muy agradable ser sorprendido así, en pleno bailongo privado. Me interrumpió un funcionario de cuyo nombre no quiero acordarme, que quería mi firma estampada en no sé qué oficio prometedor.
Suspiro.
Vuelvo a suspirar…
Deberé despedirlo de inmediato.
Los dioses no lo revelan todo. Nos lo dicen a gotas, nunca en torrente, y sólo nos permiten avanzar a tientas, con la sonda en la mano, dando bastonazos de ciego: imaginando, avanzando, retrocediendo. Pero los dioses también nos confunden dándole certeza a lo errático y haciendo cómodo lo falso, o al revés: llenando de dudas lo certero y volviendo incómodo lo cierto. A veces se empecinan en confundirnos y gustan darle poder a lo estúpido e impotencia a lo sabio. Pero no nos inquietemos, que no siempre los dioses son tan traviesos y en ocasiones, contadas pero significativas, nos permiten dar un salto en la comprensión de las cosas. Recordemos que les gusta apretar algunos pescuezos, pero rara vez ahorcan del todo.