Un valioso secreto de la vida es hacerse el listo en algunas ocasiones y el tonto en otras…
Un valioso secreto de la vida es hacerse el listo en algunas ocasiones y el tonto en otras…
Aquel hombre de talento, sin el estímulo del fracaso, habría dejado sus huesos en las pequeñas y grandes luchas diplomáticas y burocráticas: esa suma de método y paciencia, con escasos momentos de osadía. Al ser apartado del mundo que amaba su potencial creativo se derramó hacia cauces poco conocidos. La contención, en cruel paradoja, obligó al talento a expandirse, a llegar a las alturas del genio. Esas desgracias que apartan al hombre de su misión a veces terminan siendo magníficas para la posteridad, pero sólo para esa engañosa posteridad que poco consuelo brinda al hombre decepcionado de su propio destino.
Como el florentino debo prepararme para consultar a mis clásicos. Despojarme del atuendo cotidiano, manchado de lo contigente, para envolverme un poco con lo perdurable. No es algo trivial: todo lo que merece cierta importancia indica un gesto, un preparativo para disponer la mejor condición del espíritu y el intelecto, un aviso a las fuerzas que gobiernan este mundo y, si se puede, el siguiente.
Maquiavelo me dice las cosas con tristeza. No me refiero a su etapa de aislamiento y redacción desesperada, intentando congraciarse con el poder. El oleaje de su tristeza me llega con más estruendo en sus momentos de proyección, en ese juego de posibilidades que sólo puede anotar y jamás comprobará. Lo intentarán muchos después, claro, pero ya sin él. Es como inventar la luz y jamás verla brillar.
Existen palabras inasibles: pasan raudas y no logramos atraparlas. Otras son misteriosas, de extraño significado: se alojan con facilidad en nuestra cabeza pero permanecen oscuras al entendimiento. Pasan los años y de repente, sin proponérnoslo, por asociación con algo que se abre frente a nuestros ojos o que se escucha por allí, adquieren luz y logran ser comprendidas.