De vez en cuando me siento un poco solo, no mucho, apenas lo suficiente para darme cuenta, pero vaya que me doy cuenta. No es algo sencillo, ojalá lo fuera pero es complicado interpretar la soledad. No es una cuestión de magnitud: es más bien una percepción de ausencia. Por ejemplo, se puede estar de pie en multitud y seguir a solas. Otros se sienten acompañados cuando nadie queda alrededor y algunos más, los hay, que no les importa una u otra cosa (afortunados los otros y los algunos, pero no estoy entre ellos) Lo cierto es que estar a solas (y sentirse solo) es peor cuando nadie lo sabe, ni siquiera ella y sé que si acaso lo supiera no le importaría. Sé que diría que sí, que claro que le importa, pero sabemos que no es así, pues si acaso le importara entonces no estaría solo, sino con ella y entonces este apunte solitario no tendría sentido. Incluso creo que si le contara que me siento solo apenas reaccionaría: quizás haría un gesto de desdén, una mueca de incomprensión o miraría con una duda despectiva. Es más, ni siquiera levantaría una ceja y después de decir algo, lo que fuera que dijera, sería algo dicho para ella y no para mí y después se olvidaría de todo ―de mí, de la soledad, de su gesto de desdén, de su mueca de incertidumbre y de su mirada cargada de una duda despectiva― para seguir haciendo lo que hacía, algo que nada tendrá que ver con lo que yo decía. Insisto, es algo complicado, pero, a todo esto… ¿Por qué regreso a pensar en ella, cuando es por ella que me siento más solitario que otras veces? Quizás sea porque al pensar en soledad inevitablemente pienso en ella y entonces algo valdrá la pena de sentirse a solas este día.
Uno de los problemas de la noche es que a veces no sabe uno qué hacer con ella.
Andaba malhumorado cuando llegué a un viejo auditorio donde se amontonaban algunas sillas en desuso. Se me ocurrió separar una y colocarla en medio del foro. Me pareció una metáfora de la soledad. Luego puse dos, una frente a otra. Era una clara expresión del diálogo. A esas mismas dos las coloqué en oposición, cada una mirando a otro lado y me fue posible imaginar a una pareja distanciada. Luego tomé tres, cuatro, cinco y muchas más para construir figuras con ellas. Dependiendo del acomodo, algunas de las combinaciones resultantes me daban la impresión de un enconado debate, un encuentro amoroso, un desencuentro amargo, una discusión sin sentido, una turbamulta, una aglomeración caótica, en fin. Cada combinación asemejaba una emoción humana, una conducta, una expresión de nuestros encuentros y desencuentros sociales. Nada raro, pues las sillas son una prolongación de nuestra humanidad y fueron hechas para portar al ser humano, para dar cabida a lo que sucede cuando alguien se sienta en ellas. Estaba en eso, abstraído, cuando llegó al lugar un artista plástico muy dado a lo conceptual. Miró mis grotescas combinaciones y me dijo que todo le resultaba inspirador, que yo tenía una gran sensibilidad creativa. Le dije que no estuviera fregando y me fui de allí a jugar con mis piezas mentales a otra parte. Mejor acomodaré piedras donde nadie me vea.