Colima tiene cumbres gemelas, senos turgentes, uno de fuego, otro de nieve… Y el oleaje espumoso de un vientre marino.
Colima tiene cumbres gemelas, senos turgentes, uno de fuego, otro de nieve… Y el oleaje espumoso de un vientre marino.
Un filósofo decidió traicionar su credo y en lugar de aspirar a la verdad elaboró una compleja teoría fundada en el absurdo y lo inverosímil, pero como era tan brillante y sólido en sus reflexiones sus textos comenzaron a tomarse muy en serio. “Está bien −pensó−. Seguiré con la broma y alguien, en cualquier momento, descubrirá que todo lo que digo aspira a la mentira o, al menos, evita el compromiso con la búsqueda de la verdad”. Pero sus textos siguieron con el éxito y los críticos que se ensañaron con sus apuntes precedentes guardaron en este caso un incómodo silencio. Surgieron tesis y acotaciones, seguidores y hasta fanáticos de sus travesuras y el filósofo comenzó a temer lo que pasaría cuando dijera la verdad. Un día se sintió en sus últimos días y no quiso dejar esa bomba de tiempo en la historia de las ideas. Escribió una detallada confesión y ordenó publicarla al día siguiente a su muerte. Así lo hizo su editor, un poco a regañadientes. Sin embargo nadie hizo caso de aquellas sus últimas palabras. Aún hoy, aquella aclaración póstuma es interpretada como la confusión senil de una mente brillante y se evita, comprensiva y afectuosamente, cualquier juicio en torno a ella. Todos estaban tan fascinados con su magnífica búsqueda de la mentira y el absurdo, que evitaron cualquier comentario del último texto que aspiraba a la verdad.
El filósofo descubrió una roca flotando en la superficie de las ideas. La observó con cuidado. Subió en ella y descubrió que era más ancha y sólida de lo que había supuesto al principio. Se propuso estudiarla a profundidad. La exploró palmo a palmo y descubrió que era una isla. Extrajo muestras de su suelo. Recogió conchas de sus playas. Registró los ejemplares de flora y fauna que descubrió a su paso. Todo le pareció extraño y fascinante. Aquella roca que luego fue isla le pareció inmensa, llena de sorpresas y secretos. Se sintió como Darwin en las Galápagos. Cuando terminó su detallado inventario (y ubicó a la roca que fue isla en el mapa de las preocupaciones intelectuales) acudió a los institutos del saber para compartir con el mundo sus apuntes. Lo que ignoraba el filósofo es que aquella roca que fue isla era apenas la punta de un continente sumergido…
Nuestra aproximación al saber es fragmentaria. Conocemos una parte de algo y a veces una parte de esa parte, pero con la parte que conocemos sentimos conocer el resto, la totalidad de algo, y hacemos juicios sobre esa parte y nos apasionamos sobre esa parte y a veces -locura sobre la miopía- nos apasionamos tanto de la parte que conocemos (o creemos conocer) que la defendemos frente a los demás, tratando que los demás compartan nuestro propio dominio sobre esa parte, una parte infinitamente minúscula comparada con el todo que nos aguarda a la distancia y que no queremos conocer en su totalidad. A veces queremos que nuestra visión parcial domine sobre las visiones parciales que otros poseen y podemos llegar al extremo inconcebible de intentar borrar de la vida y de la historia aquellas visiones que no concuerdan con la visión que nosotros poseemos. Existen, incluso, algunos extremistas que quieren reducir la totalidad, sometiéndola a los estrechos límites de su propia visión parcial de esa totalidad. Deberíamos ser modestos y reconocer, al menos, que sólo sabemos de la parte de un todo imposible de reconocer en sí, es decir, totalmente. Podríamos decir que la totalidad es lo incierto… al menos creo que esta última afirmación es cierta, es decir, si bien no puede ser totalmente cierta, al menos sí puede ser parcialmente cierta. En fin, punto y aparte.