Apuntes

Apuntes por categoría

Mínimo catálogo de nuevos derechos…

Fecha: 7 de marzo de 2011 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 4

Tenemos derecho:

A ser insoportables de vez en cuando, sin que los demás nos traten como lo que somos, es decir, insoportables…

Al disimulo sin que se note (y si por algo se nota entonces reivindicamos el derecho a disimular sin padecer consecuencias)…

A llamar desgraciado al agraciado, pero eso sí, sin que nos llamen envidiosos, porque a veces no es envidia, sino un poco de equilibrio para el mundo…

A cantar feo sin estar borracho o también a no cantar, por más que los amigos lo exijan…

A bailar sin música y por el puro gusto, diciéndolo todo con el cuerpo, un cuerpo dueño de sí o desmadejado…

A gozar dos parejas (una para el mundo, otra para el corazón) sin que a nadie le importe y sin que tales parejas lo discutan más allá de lo necesario…

A elegir lo contingente y aborrecer lo perdurable, más allá de cualquier frivolidad o ligereza…

A molestar a otros sin que los susodichos se molesten y se hagan los sentidos…

A la pasión sin que estorbe el amor (y menos el compromiso)…

A comer postre sin engordar (o a engordar sin ser señalados, mucho menos por esas erráticas campañas que hacen sentir a los gordos como el fracaso de las políticas públicas)…

A claudicar sin vergüenza y sin arrepentimiento (y sin ser excluido de las listas de cazadores de talentos)…

A deambular sin prisa, sin orientación, sin sentido y, si se puede, sin nada encima…

A la indiferencia sin complejo de culpa… después de todo al Universo no le importará mucho nuestra «actitud comprometida»…

A no preocuparse por lo que sucede o sucederá esta noche con el mundo, pues a final de  cuentas seguirá rodando con nuestra aprobación o nuestra enérgica protesta…

Mi historia de lecturas…

Fecha: 7 de marzo de 2011 Categoría: Miniaturas de Lectura Comentarios: 0
Leo algo, no entiendo, me regreso, me adelanto, vislumbro el final, me regreso otra vez, digo que adivino, le atino, presumo, soy feliz…

Ciudad que se mueve…

Fecha: 6 de marzo de 2011 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 2

Ayer recordé una vieja lectura de Doctorow sobre aquella ciudad erigida sobre la roca: «En Nueva York todo estaba en diferentes niveles, la ciudad entera era roca y con la roca podía hacerse todo: construir rascacielos sobre ella, agujerearla para hacer túneles del metro, clavarle vigas de acero y hacer circular los ferrocarriles en el aire por entre los pisos de la gente». Pensé en Colima. Mi ciudad no se erigió sobre la roca, sino sobre un material gelatinoso que se vuelve líquido con el tiempo. Todo se va. Nada se queda. Colima se mueve, se rebela, se sacude al despertar de una pesadilla o al sentir la punzada ardiente del deseo. Colima está de paso. Le gusta caer de rodillas, rezando al santísimo entre los escombros, para luego levantarse, erigirse de nuevo, reconstruirse y seguir como si nada. Algunos osados quisieron izar muros sobre ella pero pronto renunciaron a los pisos de más y ya nadie se atreve a rascar los cielos… Demasiado atrevimiento es poner techos cuando todo puede revolverse. Sería mejor olvidarlos y vivir a la intemperie, como los huertos. Quizás por eso, los viejos muros colimenses están hechos de adobe, es decir, de tierra, apenas porciones de suelo que se levantan un momento para luego retornar al polvo que siempre fueron. Pero Colima no quiere eternidad. Tan solo quiere ser mientras el mundo dura. Una sonrisa en la tarde, sobre las tejas.

El filósofo que todo lo veía mal…

Fecha: 28 de febrero de 2011 Categoría: La irreflexiva reflexión Comentarios: 0

Un filósofo decidió mantener una actitud crítica ante el mundo. Solía decir: «Todos hacen algo, pero siempre algo de lo que hacen lo hacen mal y si rectifican algo puede ser que lo hagan peor y mi labor es señalarlo». A esta actitud la llamó «la obsesión crítica» y se dedicó a propagarla por su pequeño mundo. Todos se sentían observados por el viejo latoso que todo lo veía mal y decían de él que tenía el ojo preciso para descubrir lo malo incluso en medio de lo bueno. Si alguien barría el frente de su casa decía: «Éste al barrer el frente de su casa arrebata del suelo el humus de las hojas de otoño… si todos terminamos barriendo así el mundo será un páramo.» Si alguien decidía cultivar maíz decía: «Éste es un tradicionalista sin imaginación… Mira que sembrar lo de siempre.» Y si otro decidía sembrar zarzamora decía: «Mira nada más, a éste ya se le olvidó su origen y renegó de sus antepasados. Se le olvida que es un hombre de maíz, no de zarzamora ¡Aberrante!…Debería leer a Miguel Ángel Asturias». Si alguien ponía nuevos cerrojos a su casa lo acusaba de desconfiar de sus vecinos y si otro dejaba abierta la puerta lo llamaba descuidado. Si alguien bailaba lo señalaba como afeminado. Si alguien se mantenía sentado en la fiesta era un aburrido. Lo peor de todo es que pontificaba y buscaba hacerse de discípulos, diciendo: «Si todos ejercemos la obsesión crítica encadenaremos los yerros del mundo hasta encontrar la senda de lo perfectible». Cuando sintió cercanos sus últimos días dijo: «Cumplí mi misión en la vida. Señalé. Dije. Censuré. Mantuve mi obsesión crítica hasta el final. Espero que se entienda mi legado». Así fué. Apenas murió todos retornaron con alegría a barrer sus casas, a sembrar maíz o zarzamora y a bailar o no bailar si así querían. Pero algunos, muchos años después, los que no habían tenido que vérselas en vida con el viejo latoso, creyeron encontrar en su recuerdo el modelo de las virtudes antiguas. Hoy se le honra como uno de los grandes.

El filósofo que luchó contra la dispersión…

Fecha: 28 de febrero de 2011 Categoría: La irreflexiva reflexión Comentarios: 0

Un filósofo se resfrió y debió acudir a tres médicos especialistas para curarse: uno para el dolor de garganta, otro para la resequedad de su nariz y uno más para dejar de estornudar. Volvió la mirada a todo lo demás y percibió tal obsesión por el conocimiento especializado que sintió una desconfianza instintiva. Se dio cuenta que el arte, por ejemplo, siendo clara su aspiración, se diluía entre escultores, pintores, músicos, fotógrafos, escritores y un sinfín de variantes y combinaciones entre las disciplinas artísticas. A partir de esa experiencia renegó de la especialización dominante en el mundo científico, profesional y académico. «Especializarnos es descomponernos y atomizarnos −dijo−. Al concentrarnos en una parte que nos brinda comodidad perdemos la posibilidad de alcanzar la plenitud del conocimiento». Con esa certeza personal emprendió una lucha sin cuartel contra los especialistas, ésos que eligen un árbol y lo podan obsesivos, sin disfrutar el bosque que los rodea. El filósofo decía, cada que alguien le daba la oportunidad de decirlo, que «algo nos mueve a la unidad en la percepción y la creación, superando los límites del conocimiento especializado, pues toda especialización es, a final de cuentas, una distorsión. Pero el filósofo logró apenas un éxito moderado, pues si bien algunos aceptaron mezclar diversos lenguajes en sus propuestas, casi todos siguieron atentos los dictados de un mundo que exige la especialización −y por tanto la dispersión−, negando cualquier posibilidad a esas propuestas tan extrañas que pretenden la unidad y la integración…