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Ciudad que se mueve…

Fecha: 6 de marzo de 2011 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 2

Ayer recordé una vieja lectura de Doctorow sobre aquella ciudad erigida sobre la roca: «En Nueva York todo estaba en diferentes niveles, la ciudad entera era roca y con la roca podía hacerse todo: construir rascacielos sobre ella, agujerearla para hacer túneles del metro, clavarle vigas de acero y hacer circular los ferrocarriles en el aire por entre los pisos de la gente». Pensé en Colima. Mi ciudad no se erigió sobre la roca, sino sobre un material gelatinoso que se vuelve líquido con el tiempo. Todo se va. Nada se queda. Colima se mueve, se rebela, se sacude al despertar de una pesadilla o al sentir la punzada ardiente del deseo. Colima está de paso. Le gusta caer de rodillas, rezando al santísimo entre los escombros, para luego levantarse, erigirse de nuevo, reconstruirse y seguir como si nada. Algunos osados quisieron izar muros sobre ella pero pronto renunciaron a los pisos de más y ya nadie se atreve a rascar los cielos… Demasiado atrevimiento es poner techos cuando todo puede revolverse. Sería mejor olvidarlos y vivir a la intemperie, como los huertos. Quizás por eso, los viejos muros colimenses están hechos de adobe, es decir, de tierra, apenas porciones de suelo que se levantan un momento para luego retornar al polvo que siempre fueron. Pero Colima no quiere eternidad. Tan solo quiere ser mientras el mundo dura. Una sonrisa en la tarde, sobre las tejas.

El filósofo que todo lo veía mal…

Fecha: 28 de febrero de 2011 Categoría: La irreflexiva reflexión Comentarios: 0

Un filósofo decidió mantener una actitud crítica ante el mundo. Solía decir: «Todos hacen algo, pero siempre algo de lo que hacen lo hacen mal y si rectifican algo puede ser que lo hagan peor y mi labor es señalarlo». A esta actitud la llamó «la obsesión crítica» y se dedicó a propagarla por su pequeño mundo. Todos se sentían observados por el viejo latoso que todo lo veía mal y decían de él que tenía el ojo preciso para descubrir lo malo incluso en medio de lo bueno. Si alguien barría el frente de su casa decía: «Éste al barrer el frente de su casa arrebata del suelo el humus de las hojas de otoño… si todos terminamos barriendo así el mundo será un páramo.» Si alguien decidía cultivar maíz decía: «Éste es un tradicionalista sin imaginación… Mira que sembrar lo de siempre.» Y si otro decidía sembrar zarzamora decía: «Mira nada más, a éste ya se le olvidó su origen y renegó de sus antepasados. Se le olvida que es un hombre de maíz, no de zarzamora ¡Aberrante!…Debería leer a Miguel Ángel Asturias». Si alguien ponía nuevos cerrojos a su casa lo acusaba de desconfiar de sus vecinos y si otro dejaba abierta la puerta lo llamaba descuidado. Si alguien bailaba lo señalaba como afeminado. Si alguien se mantenía sentado en la fiesta era un aburrido. Lo peor de todo es que pontificaba y buscaba hacerse de discípulos, diciendo: «Si todos ejercemos la obsesión crítica encadenaremos los yerros del mundo hasta encontrar la senda de lo perfectible». Cuando sintió cercanos sus últimos días dijo: «Cumplí mi misión en la vida. Señalé. Dije. Censuré. Mantuve mi obsesión crítica hasta el final. Espero que se entienda mi legado». Así fué. Apenas murió todos retornaron con alegría a barrer sus casas, a sembrar maíz o zarzamora y a bailar o no bailar si así querían. Pero algunos, muchos años después, los que no habían tenido que vérselas en vida con el viejo latoso, creyeron encontrar en su recuerdo el modelo de las virtudes antiguas. Hoy se le honra como uno de los grandes.

El filósofo que luchó contra la dispersión…

Fecha: 28 de febrero de 2011 Categoría: La irreflexiva reflexión Comentarios: 0

Un filósofo se resfrió y debió acudir a tres médicos especialistas para curarse: uno para el dolor de garganta, otro para la resequedad de su nariz y uno más para dejar de estornudar. Volvió la mirada a todo lo demás y percibió tal obsesión por el conocimiento especializado que sintió una desconfianza instintiva. Se dio cuenta que el arte, por ejemplo, siendo clara su aspiración, se diluía entre escultores, pintores, músicos, fotógrafos, escritores y un sinfín de variantes y combinaciones entre las disciplinas artísticas. A partir de esa experiencia renegó de la especialización dominante en el mundo científico, profesional y académico. «Especializarnos es descomponernos y atomizarnos −dijo−. Al concentrarnos en una parte que nos brinda comodidad perdemos la posibilidad de alcanzar la plenitud del conocimiento». Con esa certeza personal emprendió una lucha sin cuartel contra los especialistas, ésos que eligen un árbol y lo podan obsesivos, sin disfrutar el bosque que los rodea. El filósofo decía, cada que alguien le daba la oportunidad de decirlo, que «algo nos mueve a la unidad en la percepción y la creación, superando los límites del conocimiento especializado, pues toda especialización es, a final de cuentas, una distorsión. Pero el filósofo logró apenas un éxito moderado, pues si bien algunos aceptaron mezclar diversos lenguajes en sus propuestas, casi todos siguieron atentos los dictados de un mundo que exige la especialización −y por tanto la dispersión−, negando cualquier posibilidad a esas propuestas tan extrañas que pretenden la unidad y la integración…

Colima, la magnífica…

Fecha: 28 de febrero de 2011 Categoría: Volcanes todo el año Comentarios: 0

Colima tiene cumbres gemelas, senos turgentes, uno de fuego, otro de nieve… Y el oleaje espumoso de un vientre marino.

El filósofo que evitó buscar la verdad…

Fecha: 27 de febrero de 2011 Categoría: La irreflexiva reflexión Comentarios: 0

Un filósofo decidió traicionar su credo y en lugar de aspirar a la verdad elaboró una compleja teoría fundada en el absurdo y lo inverosímil, pero como era tan brillante y sólido en sus reflexiones sus textos comenzaron a tomarse muy en serio. “Está bien −pensó−. Seguiré con la broma y alguien, en cualquier momento, descubrirá que todo lo que digo aspira a la mentira o, al menos, evita el compromiso con la búsqueda de la verdad”. Pero sus textos siguieron con el éxito y los críticos que se ensañaron con sus apuntes precedentes guardaron en este caso un incómodo silencio. Surgieron tesis y acotaciones, seguidores y hasta fanáticos de sus travesuras y el filósofo comenzó a temer lo que pasaría cuando dijera la verdad. Un día se sintió en sus últimos días y no quiso dejar esa bomba de tiempo en la historia de las ideas. Escribió una detallada confesión y ordenó publicarla al día siguiente a su muerte. Así lo hizo su editor, un poco a regañadientes. Sin embargo nadie hizo caso de aquellas sus últimas palabras. Aún hoy, aquella aclaración póstuma es interpretada como la confusión senil de una mente brillante y se evita, comprensiva y afectuosamente, cualquier juicio en torno a ella. Todos estaban tan fascinados con su magnífica búsqueda de la mentira y el absurdo, que evitaron cualquier comentario del último texto que aspiraba a la verdad.