Lo errático es menos dramático cuando vamos en manada… por más que vayamos al abismo sentimos que hacemos lo correcto.
Lo errático es menos dramático cuando vamos en manada… por más que vayamos al abismo sentimos que hacemos lo correcto.
Toda filosofía nace de un cuestionamiento. Es una respuesta. Me gustaría que esa respuesta viniera de la fuente de la verdad, pero creo que es una respuesta que alguien se dio o algunos se dieron a sí mismos. No me parece mal. Los admiro, incluso. Yo me he tratado de darme respuestas y sigo sin creérmelas. Es más, a veces pienso tanto en la respuesta que traté de darme en algún momento que termino olvidando la pregunta inicial. Me sucedió una vez que me di una respuesta que terminó respondiendo a otra pregunta que me había hecho mucho antes. En fin, preguntarse, responderse, volverse a preguntar y responder, de eso están hechos muchos de nuestros días. Creo, incluso, que estamos vivos porque nos preguntamos y nos respondemos. Si no estuviéramos vivos las preguntas y respuestas saldrían sobrando. O quizás no. Quizás sigamos preguntándonos y respondiéndonos por toda la eternidad. Lo cierto es que nadie puede ofrecer respuestas definitivas o quizás sea porque no sabemos preguntar y mucho menos preguntarnos. A final de cuentas, todas las posibilidades de respuesta son un relato, una historia de nuestros afanes de responder y respondernos. Esa historia debe ser la historia de la civilización. Eso creo. Me lo preguntaré más tarde. Cuanto lo sepa intentaré responderme.
Desconfío de quienes dicen poseer la verdad y no admiten la posibilidad del error. Prefiero, por mucho, a los que sabiendo que su verdad pueda no serlo creen en ella, tan sólo por gusto y esperanza, como ésos que creen en su propia fe y que la disfrutan en el horizonte, sin usarla como recurso, arma o argumento. Yo mismo me he refugiado muchas veces en esa cálida cueva donde moran mis deseos y esperanzas, sin importar si me acompaña en la oscuridad la luz de la certeza. Ahora, si se me apura, mi predilección es por aquellos que eligen una anticipación, una tentativa, una posibilidad y la escudriñan con cuidado y delicia, negando que su reflexión signifique un saber adquirido e irrebatible. Pocos placeres tan magníficos como poner a prueba el pensamiento, ese “avanzar con la sonda en la mano” (lo decía Francisco García Salinas y lo repetía Jesús Reyes Heroles)… Ese ensayar y avanzar a ciegas, adoptando teorías que apenas brindan una explicación parcial de la realidad y que podemos desechar, sin vergüenza y con buen humor, cuando descubrimos que son inciertas o dudosas o nada.
Ayer me acordé de Jaspers. Decía (o eso creo que decía) que un trastorno psiquiátrico debe atender el trastorno mismo y no lo que el paciente refiere sobre él. En otras palabras, atender el origen probable de una alucinación y no la explicación que el alucinado ofrece sobre su alucinación, o bien, si nos ponemos un poco metafóricos, atender el paisaje real y no distraernos —por ejemplo—con lo que el paisaje inspira en un poeta o en un artista, que siempre privilegiará la imagen que el paisaje inspiró en su creatividad. Me imagino que un psiquiatra debe saber distinguir entre lo que el paciente explica de lo que puede ser en realidad, pues de otra forma llegará a un diagnostico y tratamiento equivocados. El problema es que quiero aplicar este concepto a mis propios padecimientos y no logro descubrir cuáles de mis trastornos son la realidad y cuáles son el intento que realizo por describirlos. Tendré que leer a Jaspers de nuevo para encontrarme conmigo mismo, para explicarme lo que pienso y saber diferenciarlo de lo que creo es la realidad. Eso creo, pero me parece un poco complicado. Si sigo así tendré que aprender a ser feliz con mis trastornos y alucinaciones. Total, si son agradables no importará mucho si son lo real o lo que describo como resultado de mi interpretación de la realidad. Eso creo…
Algunos muros son obra de los dioses. Se levantan de la noche a la mañana para dividir lo que somos de lo que seremos.
Muros de adobe, piedra, ladrillo… Nada. Los más resistentes son del alma.
Los muros más altos, infranqueables, terribles, son los interiores… Los que nos alejan de quienes estaban cerca y los que se levantan para separarnos de nuestra propia barbarie.
Vamos acumulando ladrillo tras ladrillo hasta rodear el alma de un muro.
Los muros son un pizarrón gigante para los que merodean en la noche huyendo de los hogares ingratos.
Un muro es una prohibición, pero también una tentación… Algo allí, prohibido (y por tanto suculento) nos espera si logramos vencerlo.
Caen muros en un lugar y de inmediato se levantan otros… Los muros del ayer prestan las piedras de los que aparecerán mañana.