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El perchero democrático…

Fecha: 8 de septiembre de 2010 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 4

Advertencias

Gracias por esta amable invitación para el buen desarrollo del tema “La democracia: una utopía”,  pero debo advertir que no comparto el sentido que se advierte del título de la exposición. Parece dar por cierta una sentencia en torno a la democracia, es decir, que debe aceptarse de una vez como una utopía, un “deber ser” inalcanzable, algo inasible que parece dibujarse en un futuro nebuloso, un espejismo que parece alejarse cuando más intentamos acercarnos a él.

Tal sentencia, de ser cierta, debe ser consecuencia del estudio y la reflexión, pero sobre todo de la observación. En el título de la exposición ni siquiera aparecen por allí los signos de interrogación, que me habrían permitido discutir un poco en torno al supuesto.

Prefiero llamar a esta modesta aportación, si ustedes me lo permiten: “Democracia, más allá del juego de percepciones”, o si ustedes gustan, “El perchero democrático” por razones que −espero− queden evidentes al final. Así me sentiré un poco más cómodo. Eso no implica, por supuesto, que me niegue a explorar por aquí algo del concepto utópico que acompaña a toda reflexión política.

Debo añadir que trataré de estar a la altura del reto y espero no decepcionar ni aburrir a los que compartirán este momento con nosotros. Sin embargo, por honestidad intelectual me siento obligado a unas advertencias iniciales:

Primera advertencia.   No soy un académico, aún cuando me habría gustado serlo en algún momento de mi vida.

Segunda advertencia. Tampoco soy un especialista en ciencia política, a pesar de que también me habría gustado serlo. Como es lógico, tampoco soy un experto en democracia, aún cuando, en este caso, jamás ambicioné serlo.

Como resultado de estas advertencias no me siento obligado a responder a interrogantes u opiniones que vayan un poco más allá del conocimiento general que, en torno al tema, puede poseer cualquier lector medio y provisto de lecturas desarticuladas.

En mi caso, por añadidura, esas lecturas no sólo pueden llamarse desarticuladas, sino también atropelladas. Por ello, espero su comprensión y paciencia.

Pero falta una, la tercera advertencia, que se refiere a mi visión sobre los procesos políticos, la cual posee tres componentes:

  1. Por más que intento analizarlos con imparcialidad y tomar una distancia crítica frente a ellos casi nunca lo consigo.
  2. Estos procesos me apasionan tanto que, por lo general, tomo partido en ellos. Y, por último…
  3. Participo en dichos procesos siempre que puedo, incluso me meto de cabeza y muchas veces meto hasta los pies.

En suma, confieso que poseo una personalidad muy inclinada a la acción, así que en muy contadas ocasiones puedo anotar alguna perspectiva calculadora y analítica. Una disculpa por este pequeño defecto.

Ustedes dirán: “bueno, de acuerdo, disculpas aceptadas, pero entonces ¿qué puede decirnos este señor en torno a la democracia?”…

Mi respuesta sería la siguiente: siendo un devoto practicante de la actividad pública, un participante asiduo de procesos políticos con victorias y derrotas en su mochila, que gusta de la reflexión y que posee una apasionada relación con muchos de los autores clásicos de la ciencia política (como Maquiavelo, me visto de gala para visitarlos en mis noches de lectura), encuentro que poseo algunas opiniones de interés (así lo creo, por lo menos) en torno a los procesos políticos en general y en especial a los que llamamos democráticos.

Así que esta plática puede aportar algunas cosillas dignas de provecho para los que gusten escucharla.

Sólo por eso, acepté la amable invitación a esta plática con ustedes.

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Vida activa…

Fecha: 1 de septiembre de 2010 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Corrí 30 kilómetros, hice un poco de pesas y abdominales. Decidí darme un baño. Entonces desperté… y con hambre por tanto ejercicio entre los sueños.

Leyendo frente al espejo…

Fecha: 24 de agosto de 2010 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 0

Estoy leyendo No es país para viejos (No Country for Old Men), de Cormac McCarthy, un magnífico escritor de éxito tardío. La novela es muy recomendable para los que gusten de la literatura negra, que en este caso posee un lejano —pero paladeable— sabor con la literatura western: algo de pistoleros, de asesinos implacables, de ambiciones al alcance de un hombre común y corriente, de escapatorias y persecuciones, de historias casuales donde el destino y los protagonistas juegan una partida de poder a poder. Cormac nació en 1933 y escribió 4 o 5 novelas antes de ser reconocido con el National Book Award por Todos los hermosos caballos (All the Pretty Horses) en 1992. Su nueva novela (que no he leído todavía pero sigue en mi lista de pendientes) es La carretera (The Road), que ya obtuvo el Premio Pulitzer en la categoría de ficción en 2007.  Por cierto, No es país para viejos fue llevada al cine por los hermanos Cohen en 2007, con las actuaciones de Tommy Lee Jones y Javier Bardem, entre otros.  En su momento escuché opiniones encontradas sobre la película (también sobre las actuaciones de Lee Jones y Bardem),  pero a mí en realidad me gustó. Debo confesar, sin embargo, que no soy exigente cuando alguien tiene la v¡rtud de meterme de lleno a una historia y para mí la calidad es algo tangible e inmediato: es buena (una película, una novela) cuando deseo volver a verla o cuando siento la necesidad de releerla.

Una de las cualidades de esta novela son sus personajes: son tristes, desolados, fieros y en muchos sentidos incomprensibles, pero a la vez poseen algo muy cercano, como si estuvieran al alcance de nuestras propias vidas y fueran una anticipación de nuestra propia vejez deslilusionada (el Sheriff Bell), un atajo mal tomado por nuestro instinto supresor y violento (esa máquina de matar llamada Chigurh) o la reacción natural de nuestra vida ordinaria frente al golpe de fortuna (Llewelyn Moss). Abundemos un poco: el viejo Sheriff Bell nos previene de la posibilidad de experimentar su impotente incomprensión frente a un mundo cada vez más violento;  el sicario Chigurh nos horroriza frente a los muchos  asesinos despiadados que pueden cruzar nuestro camino (por cierto, este sicario comparte a cada momento su peculiar y descarnada filosofía de la vida, que resulta muy atractiva) y Moss nos obliga a preguntarnos lo que haríamos frente a una oportunidad semejante a la que desencadena su historia y su tragedia. Además, esta novela tiene magníficos momentos. Aquí puedo recordar dos, casi al azar:

  • La afición de Chigurh por someter al veredicto del azar (y de Fortuna) las decisiones de su naturaleza implacable, con la íntima convicción de que todo es una forma de apuesta entre la vida y la muerte. Esto se demuestra en el extraño diálogo que sostiene con el inocente dueño de una gasolinera del camino:

«Tiene que decidirse, dijo Chigurh. Yo no puedo hacerlo por usted. No sería justo. Ni correcto siquiera. Vamos, diga.

Yo no he apostado nada.

Claro que sí. Lo ha estado haciendo toda su vida. Solo que no se ha enterado. ¿Sabe qué fecha lleva esta moneda?

No.

Mil novecientos cincuenta y ocho. Ha viajado veintidós años para llegar hasta aquí. Y yo también. Y tengo la mano encima. Y solo puede ser cara o cruz. Y a usted le toca decidir. Vamos.

No sé qué es lo que puedo ganar.

La cara del hombre brillaba ligeramente perlada de sudor bajo la luz azulina. Se pasó la lengua por el labio superior.

Todo, dijo Chigurh. Puede ganarlo todo.»

(Si ustedes advierten la carencia de guiones es porque así escribió el autor su novela: sin las reglas que indican el inicio de un diálogo o su final, en una relación continua entre los pensamientos íntimos de los protagonistas, sus palabras y la propia voz del narrador, con excepción clara en las reflexiones desconsoladas del Sheriff Bell que le dan secuencia a la historia)

  • La inquietante descripción de algunas muertes violentas, que nos lleva de la mano a un horror casi doloroso, como ocurre en el siguiente párrafo:

«Entonces sí cerró los ojos. Cerró los ojos y giró la cabeza y levantó una mano para repeler lo que no podía ser repelido. Chigurh le disparó a la cara. Todo cuanto Wells había sabido o pensado o amado en su vida se escurrió lentamente por la pared que tenía detrás. El rostro de su madre, su primera comunión, mujeres que había conocido. Los rostros de hombres en el momento de morir arrodillados ante él. El cuerpo de un niño muerto en un barranco junto al camino en otro país. Quedó tumbado en la cama sin media cabeza y con los brazos extendidos y la mano derecha prácticamente desaparecida. Chigurh se levantó y recogió de la alfombra el casquillo vacío y solpló y se lo guardó en el bolsillo y miró el reloj. Faltaba un minuto para el nuevo día.»

En fin, se trata de una novela deliciosa, pero es posible que deje algo en nosotros, algo que nos acompañará —impune— por mucho tiempo.

La vida y después…

Fecha: 21 de agosto de 2010 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 1

La vida es conciencia de vida… la muerte es sólo perder esa conciencia. Además existen muchas formas de trascendencia: los hijos, los nietos, lo que creamos, lo que escribimos, lo que hacemos por los demás, nuestra fé personal, nuestros sueños…  A mi me gusta recordar las palabras de Jesús Silva Herzog cuando era joven y experimentó el riesgo de ser fusilado por fuerzas obregonistas en la época de la Revolución Mexicana. Son palabras que le dijo al militar que lo amenazó con el fusilamiento: «No le temo a la muerte. Si no hay nada, sólo es un sueño profundo. Si hay algo después, espero no encontrarme a tantos pendejos como usted». Esa anécdota siempre me levanta el ánimo.

Anticipación…

Fecha: 1 de agosto de 2010 Categoría: Miniwebstern Comentarios: 2

Miro por la ventana. Llueve. Ellos van… Jinetes en la tormenta. Una música que aún no existe resuena en mis oídos.