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Náufrago

Fecha: 5 de junio de 2020 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0
Escribir algo.
Arrojarlo a la red.
Esperar que sea leído,
quizás comentado,
al menos señalado con alguna emoción digital.
Como escribir mensajes en una botella,
desafiar la soledad del náufrago,
simular que alguien puede escuchar.

La primera batalla del Capitán América

Fecha: 31 de mayo de 2020 Categoría: Comic Comentarios: 0

A veces los héroes del cómic luchan en la vida real. Uno de ellos es el Capitán América. En la portada de su primer cómic, en 1941, aparece golpeando al mismísimo Adolf Hitler. El líder del Tercer Reich ni siquiera alcanzó el estatus del gran enemigo en esas historietas: más bien asemejaba un bufón controlado por científicos locos y mentes más siniestras que la suya.

 

En ese año Estados Unidos aún no entraba en la guerra y aún dudaba en hacerlo. Peor aún, al interior del país estaban activas muchas organizaciones políticas e incluso paramilitares afines a la ideología nazi. No olvidemos que el nazismo se exportó antes del inicio de la segunda gran guerra y sedujo a muchos en el continente americano. Incluso, algunos artistas e intelectuales mexicanos fueron simpatizantes del nazismo, sobre todo en sus orígenes, como José Vasconcelos y el Dr. Atl.

 

Pues bien, esos grupos pronazis, verdaderas quintacolumnas al interior de Estados Unidos, se molestaron mucho con aquellos primeros cómics del Capitán América. Los consideraron un instrumento de los judíos neoyorquinos. Incluso llegaron a lanzar amenazas contra sus creadores, Joe Simon y Jack Kirby. Las amenazas se extendieron a la misma editorial Timely Publications (hoy Marvel Comics) y a todos los que trabajaban en ella.

 

En algún momento las cosas se pusieron más agresivas y fue necesario pedir apoyo a las autoridades. El alcalde de Nueva York, por esa época, era el legendario Fiorello Laguardia, quizás el mejor recordado de todos los políticos neoyorquinos. Era todo un personaje: de muy baja estatura, quizás de 1 metro y sesenta (por eso le decían “The Little Flower”, es decir, “La Pequeña Flor” o “La Florecita”), de voz muy aguda y un gran lector de cómic, así como un fanático de la radio. Fue famoso que durante alguna época leía los cartones o historietas de los periódicos, dramatizándolos, para que los niños pudieran disfrutarlos. Pero también era un funcionario enérgico y temperamental. Además, si bien su padre era italiano, su madre era judía. Cuando supo de esas presiones a los creadores de Capitán América se comprometió públicamente a defenderlos y protegerlos. Envió policías a custodiar el edificio de la editorial, en la Calle 42. Los simpatizantes nazis poco pudieron hacer, más allá de lanzar amenazas y rechinar los dientes por el maltrato a su adorado Führer.

 

Con el tiempo Estados Unidos se decide, por fin, a participar en la guerra, lo cual le dio la razón al Capitán América. Pero este Capitán ya había ganado, para esa fecha, su primera gran batalla. No lo hizo solo, claro, tuvo el respaldo de otro gran personaje: Fiorello, una pequeña flor bastante enérgica y temperamental, que no andaba con tibiezas a la hora de tomar decisiones.

Consejos…

Fecha: 28 de mayo de 2020 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Todo consejo es fascista.

La frase es del maestro José Muñoz Cota y pude recuperarla gracias a mi estimado condiscípulo Everardo García Ortiz.

Coincido. Cuando se aconseja se asume una posición de superioridad, de cosa sabida, de predominio.

Es algo difícil de comprender en un primer instante, pues se nos enseña a valorar el consejo como algo dotado de sabiduría. No es así. El que aconseja no es sabio necesariamente, sólo cree serlo y supone, al mismo tiempo, que el otro, el que escucha, es incapaz de tomar sus propias decisiones, de elegir lo prudente entre alternativas, de llegar a las mejores conclusiones.

Entonces, el que aconseja se supone situado en un peldaño superior, mientras le habla en tono condescendiente al otro, al que supone ubicado peldaños abajo.

La psicología coincide con este supuesto: un verdadero psicólogo no aconseja, pues sabe que eso no ayuda al paciente. En lugar de aconsejar el psicólogo ilumina rincones oscuros para que el paciente encuentre sus propias respuestas o brinda el apoyo para transitar por un suelo firme, que evite los resbalones, mientras el paciente busca su propio camino.

El tema es coincidente, también, en las políticas públicas. Si queremos una política exitosa no podemos «pontificar» con ella, pues ello viola el principio de libertad en el pacto social. Por ejemplo, no podemos decir: «tienes que hacer deporte». Eso es un imperativo desagradable, aunque tenga un buen propósito. Lo que debería decirse es: «mira, hacer deporte es muy sano, te sirve mucho en la vida y, si gustas, aquí tenemos estos espacios deportivos para que puedas usarlos». No es lo mismo imponer que invitar.

Cuando «pontificamos» le decimos a los demás lo que «deben» hacer y en realidad los estamos ofendiendo, pues les suponemos abajo de nuestra inteligencia, de nuestra experiencia o de cualquier tipo de engañosa superioridad.

En cambio, el verdadero amigo no aconseja: ofrece ejemplos y alternativas para que el otro decida.

Por eso vuelvo a mi maestro: dar consejos nos acerca a la soberbia, la superioridad y al fascismo. En cambio, compartir ideas, propósitos y experiencias puede ser un ejercicio igualitario.

Los anhelantes del fin del mundo

Fecha: 27 de mayo de 2020 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Algunos se deleitan en las profecías terribles. Parecen repetirlas con deleite. Las paladean incluso. Dicen: «viene el fin del mundo», «tal día llegarán seres del más allá a destrozar todas las puertas», «vendrá un asteroide que destruirá a la Tierra», «el fin está cerca», «ya se están viendo las señales», «arrepiéntanse», en fin. Entonces, cuando de verdad llega algo pavoroso, como la pandemia viral de hoy, hasta se frotan las manos.
 
Ese afán de que todo quede destruido quizás sea un reflejo de la propia conciencia, pues cuando alguien tiene una vida ruinosa y estéril quisiera que todo acabara de una vez y para todos, pues es la forma de decir: «aunque los demás tengan una buena vida y sean más felices o exitosos que yo, también morirán».
 
Es como el deseo de arruinar la fiesta, para que nadie se quede allí, divirtiéndose, cuando nos vayamos nosotros.
 
En otras palabras, los deseos del fin del mundo son un reflejo de una crisis personal, de los vicios que brotan en el ocio y de la propia ceguera.
 
Por eso, cuando el mundo sigue su marcha, indiferente a esas voces apocalípticas, los delirantes vuelven a sumergirse en otra fantasía aterradora, la que sea, con tal de escapar a la tristeza de una vida vacía, mientras llega su propio y anhelado final.

De amor y de olvido

Fecha: 26 de mayo de 2020 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Bella película «State of Grace», dirigida por Phil Joanou. La disfruté por primera vez en 1990 o 91. Un elenco impresionante: Sean Penn (todavía con cara de muchacho), Ed Harris, el magnífico Gary Oldman, John Turturro, la siempre hermosa Robin Wright (la recordarán por el personaje de Claire Underwwod, de la serie House of Cards) y muchos más.
 
Por allí aparece, también, Burgess Meredith, recordado por las películas de Rocky y un actor duro, Joe Viterelli, felizmente atrapado en los papeles de mafioso italiano, que le venían de maravilla. La música es del legendario Ennio Morricone, pero aquí no logró algo memorable.
 
Ayer volví a esa magnífica cinta y recordé una frase maravillosa que brota allí. Uno de los protagonistas, Frankie Flannery (Ed Harris), líder de una banda irlandesa, se la dice al joven Terry Noonan (Penn): «ah sí, mujeres, hay que casarse con ellas para olvidarlas».
 
La frase me dejó impactado hace casi treinta años y lo mismo me sucedió ayer. Si se deja de lado el género el mensaje es el mismo: hombres y mujeres recuerdan al primer amor como algo inolvidable, puro, lleno de significado.
 
Se trata de amores fugaces que pocas veces se prolongan en la vida y quedan allí, petrificados, pero siempre evocados.
 
Esos amores resultan casi imposibles: los protagonistas son muy jóvenes y la vida se vuelve complicada. Entonces las parejas se dispersan, dejando en el pasado un amor iniciático que se agiganta con el recuerdo.
 
Pero si las parejas se unen y se conservan el destino es distinto. Algunas veces el amor persiste, pero en otras llegan los problemas, los conflictos, las luchas por cumplir o no cumplir los respectivos destinos.
 
La vida es dura con el amor: la convivencia agrieta las pasiones, se vuelven tan visibles los defectos y muy evidentes los límites personales, hasta que, con los años, se olvida a la pareja que está siempre allí.
 
Por eso cobra sentido aquella frase a la vez irónica y amarga: “hay que casarse con ellas (o con ellos) para olvidarlas (olvidarlos)”.
 
Quizás no siempre sea así, estoy de acuerdo, pero la frase tiene sentido mientras la desgajo en la oscuridad de mi habitación y recuerdo todo lo que alguna vez fue inolvidable.