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Cosa de lágrimas

Fecha: 21 de junio de 2019 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0

Llorar es respirar. En el primer llanto le decimos al mundo que ya llegamos. Es el anuncio de que la vida sale a respirar… ¿por qué entonces nos avergonzarán las lágrimas?

 

Si al nacer lloramos por primera vez, ¿entonces todo el llanto que viene después es renacer?

 

El llanto del cielo es llover. Hasta se parecen: llanto, llover. Lágrimas que fertilizan el suelo.

 

La lágrima que corre labra la mejilla, humedece el alma, fertiliza la piel, vuelve maleable la costra de los días.

 

Si se agotara la lluvia vendría una estación seca, la erosión. Erosión es el suelo vuelto polvo y olvido. Sin llorar también se erosionaría nuestra mirada y se disiparía en polvareda.

 

Sequía es anhelar el agua. Cuando no llueve esperamos que llueva. Lloramos mientras tanto. Nuestras lágrimas anticipan a la lluvia.

 

Lloramos, nuestra agua no se agota. Es un don de nuestra especie: tenemos manantiales para satisfacer el goteo de las tristezas. Un río subterráneo corre bajo el estanque de los ojos.

 

Es un portento de lo humano: producir agua salada para derramarla por el mundo.

 

¿A dónde van las lágrimas que nadie ve?, ¿sirven para algo?, ¿o será que sólo existe el llanto que es mirado?

 

Aquellos que lloran de alegría no merecen el perdón. El mundo sólo gusta del llanto de pena y dolor.

 

Sé de quienes lloran en silencio, en tímido lloriqueo. Absurdo. Es mejor llorar a todo pulmón. Sin el llanto como aviso, como llamada, nadie llegará a dar consuelo. Ahora que lo pienso también se parecen: llanto, llamada, llegar.

 

El sollozo es aberrante. Es un simple balbuceo del llanto. Llorar es algo fuerte y duro, es un gesto orgulloso que sirve para curtir el alma.

 

Llorar es humedecer las penas para que se apresuren a reverdecer y dar fruto.

 

Llorar es aceptar que algo de nuestro dolor vale la pena.

El mal enmascarado

Fecha: 20 de junio de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Hace unos días leí sobre el asesinato de un joven llamado Leonardo Avendaño. Su cuerpo apareció con signos de asfixia por estrangulamiento dentro de un automóvil estacionado en una avenida de la delegación Tlalpan, en la Ciudad de México. Fue una noticia muy impactante, pues se trataba de un muchacho estudioso, con licenciatura en teología y una maestría en psicología, que además se preparaba para ingresar al seminario. Pues bien, hoy leí que las autoridades investigadoras habían detenido como probable responsable al sacerdote de la parroquia Cristo Salvador, donde el joven participaba como diácono. Al parecer unas imágenes de cámaras citadinas los identificaron juntos, a la víctima y al sacerdote, poco antes del homicidio. Ese mismo sacerdote, para mayor sensacionalismo, fue el que ofició la misa de cuerpo presente del joven Leonardo en la citada parroquia.
 
En lo personal espero que ese sacerdote sea inocente. Para quienes respetamos a las instituciones religiosas esas noticias son muy tristes: parece algo demasiado macabro e indigno de un hombre de fe. Pero, por desgracia, no es algo raro. Se conocen muchos delitos terribles cometidos por sacerdotes, como ocurre con las denuncias de abuso sexual y pederastia en todo el mundo. Tan sólo el pasado marzo, la Conferencia del Episcopado Mexicano reconoció el registro de 101 casos de este tipo cometidos por clérigos, todos ellos denunciados ante el ministerio público.
 
Cuando era niño, se corrió el rumor de que una persona que ayudaba con el aseo en la iglesia cercana a mi barrio, en Colima, había sido descubierta abusando de unos niños. Esa noticia la escuché después en otra iglesia céntrica de la ciudad. Quizás hayan sido simples rumores, pero aun así se perciben como una constante desde hace muchos años.
 
Al ver estas noticias recordé algo que escuché o leí alguna vez: que una estrategia del mal es enmascararse con el bien. En realidad, es una táctica de acechadores, violadores y otros psicópatas: hacerse pasar por personas tranquilas, ordenadas, incluso familiares, para actuar con la mayor impunidad posible. Por supuesto, las iglesias o centros de fe (de cualquier fe) pueden ser un refugio perfecto, pues nadie sospecharía que detrás de un hombre consagrado al ritual religioso o de un simple trabajador de parroquia se esconda un demonio intentando dar rienda suelta a sus bajos instintos. Además, un espacio así es la mejor forma de conseguir víctimas inocentes o con la guardia baja.
 
No sería algo raro: después de todo la mejor forma de disimular los cuernos es ponerse un aro de beatitud sobre la cabeza.

El eterno retorno

Fecha: 18 de junio de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Le dije que no estaba seguro, pero que volvería. Al volver le diría que sí o quizás le diría que no. Me dijo que estaba bien y me fui. Recorrí mucho y prologué el retorno. En secreto ansiaba encontrarla distinta, comprometida al menos o estable. Mínimo un marido, un perro y un hijo. En ese caso le diría que estaba bien y que fuera feliz, mientras yo seguiría mi camino. Volví y la encontré esperando. Lista para mi respuesta. Le pregunté si se había casado o al menos comprometido. Me dijo que no, que dilapidó oportunidades por conocer mi decisión. Le dije que lo sentía, pero que no podía. Que volvería a deambular, que no me quedaría allí. Le di la espalda y volví a caminar. Esperaba que me tirara una pedrada, pero fue una maldición. Me condenó a nunca amar a nadie. No quise decirle que esa maldición ya me la habían arrojado más de alguna vez.

Impertinencia 2

Fecha: 17 de junio de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Fui a caminar al jardín. A lo lejos una joven pareja disfrutaba un momento de paz. Estaban sentados en el pasto, mordisqueando una paleta y mirándose con ansia primaveral. Ella se veía hermosa. El cabello recogido, una blusa blanca y una falda coqueta. El parecía embelesado frente a ella. Hasta la paleta le escurría por los dedos y ni cuenta se daba. El paisaje idílico se rompió cuando descubrí que en un árbol cercano colgaba un panal de avispas coloradas, de las meras bravas. Ellos lo ignoraban. Me preocupé. Sentía que en cualquier momento los insectos podrían estropear ese momento especial. Intenté hacer algo antes de que ocurriera un desastre. Tomé un palo que vi por allí y me acerqué sigiloso a donde estaba el panal. Mi idea era tumbarlo y pisotearlo antes de que pasara algo peor. Los muchachos ni siquiera voltearon a verme. Me acerqué al panal. Un par de avispas revoloteaban por allí, pero podría neutralizarlas si hacía falta. Acerqué el palo para calcular el golpe, pero de pronto una avispa se posó casi en mi nariz. Por el terror golpee el panal con fuerza y fue a parar en medio de los muchachos. Las avispas salieron furiosas. Ellos se levantaron con rapidez y corrieron lejos. Creo que no alcanzaron a picarlos o si lo hicieron fue muy poco. Las paletas quedaron volcadas en el pasto. Cada que voy al jardín espero verlos otra vez. Estaré atento para comprarles otra paleta y ofrecerles mis disculpas.

Impertinencia 1

Fecha: 17 de junio de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Paseaba por Delhi. En un rincón alejado del ajetreo descubrí a un asceta ataviado con un ropaje blanco. Parecía concentrado en algo profundo. Su cuerpo, si bien relajado, conservaba la posición del pensamiento (tipo Kalimán, para que me entiendan). Sentí que estaba por alcanzar un secreto profundo, una íntima celebración, quizás la iluminación definitiva. Presentí ser el testigo de un momento mágico. Me acerqué a él. Lo tomé de los hombros y lo sacudí frenético. El tipo abrió los ojos aterrado. Lo miré y le pregunté, casi a gritos, qué era lo que pensaba. Pareció sorprendido. Me miraba, pero seguía sin articular palabra alguna. Me di cuenta de que venía viajando desde muy lejos, desde donde tenía colocado a su espíritu, rompiendo en su caída los muchos universos que había cruzado con esfuerzo. Cuando por fin llegó ya me había ido. Yo era un turista y no tenía todo el día para esperar su respuesta.