Le dije que no estaba seguro, pero que volvería. Al volver le diría que sí o quizás le diría que no. Me dijo que estaba bien y me fui. Recorrí mucho y prologué el retorno. En secreto ansiaba encontrarla distinta, comprometida al menos o estable. Mínimo un marido, un perro y un hijo. En ese caso le diría que estaba bien y que fuera feliz, mientras yo seguiría mi camino. Volví y la encontré esperando. Lista para mi respuesta. Le pregunté si se había casado o al menos comprometido. Me dijo que no, que dilapidó oportunidades por conocer mi decisión. Le dije que lo sentía, pero que no podía. Que volvería a deambular, que no me quedaría allí. Le di la espalda y volví a caminar. Esperaba que me tirara una pedrada, pero fue una maldición. Me condenó a nunca amar a nadie. No quise decirle que esa maldición ya me la habían arrojado más de alguna vez.
Fui a caminar al jardín. A lo lejos una joven pareja disfrutaba un momento de paz. Estaban sentados en el pasto, mordisqueando una paleta y mirándose con ansia primaveral. Ella se veía hermosa. El cabello recogido, una blusa blanca y una falda coqueta. El parecía embelesado frente a ella. Hasta la paleta le escurría por los dedos y ni cuenta se daba. El paisaje idílico se rompió cuando descubrí que en un árbol cercano colgaba un panal de avispas coloradas, de las meras bravas. Ellos lo ignoraban. Me preocupé. Sentía que en cualquier momento los insectos podrían estropear ese momento especial. Intenté hacer algo antes de que ocurriera un desastre. Tomé un palo que vi por allí y me acerqué sigiloso a donde estaba el panal. Mi idea era tumbarlo y pisotearlo antes de que pasara algo peor. Los muchachos ni siquiera voltearon a verme. Me acerqué al panal. Un par de avispas revoloteaban por allí, pero podría neutralizarlas si hacía falta. Acerqué el palo para calcular el golpe, pero de pronto una avispa se posó casi en mi nariz. Por el terror golpee el panal con fuerza y fue a parar en medio de los muchachos. Las avispas salieron furiosas. Ellos se levantaron con rapidez y corrieron lejos. Creo que no alcanzaron a picarlos o si lo hicieron fue muy poco. Las paletas quedaron volcadas en el pasto. Cada que voy al jardín espero verlos otra vez. Estaré atento para comprarles otra paleta y ofrecerles mis disculpas.
Paseaba por Delhi. En un rincón alejado del ajetreo descubrí a un asceta ataviado con un ropaje blanco. Parecía concentrado en algo profundo. Su cuerpo, si bien relajado, conservaba la posición del pensamiento (tipo Kalimán, para que me entiendan). Sentí que estaba por alcanzar un secreto profundo, una íntima celebración, quizás la iluminación definitiva. Presentí ser el testigo de un momento mágico. Me acerqué a él. Lo tomé de los hombros y lo sacudí frenético. El tipo abrió los ojos aterrado. Lo miré y le pregunté, casi a gritos, qué era lo que pensaba. Pareció sorprendido. Me miraba, pero seguía sin articular palabra alguna. Me di cuenta de que venía viajando desde muy lejos, desde donde tenía colocado a su espíritu, rompiendo en su caída los muchos universos que había cruzado con esfuerzo. Cuando por fin llegó ya me había ido. Yo era un turista y no tenía todo el día para esperar su respuesta.