Dicen que escuchemos nuestra voz interior. Lo dice el apasionado de los estudios gnósticos, el entusiasta de las filosofías orientales, el gurú de alguna extraña fraternidad y el promotor del naturismo, sin olvidar a los bobalicones esotéricos y los supuestos expertos en metafísica que nos rodean. Ya saben: abunda la gente que da ese tipo de consejos sin saber de lo que habla.
El problema es que cuando uno se sumerge en el pozo de la identidad no brota una voz, sino muchas. Allá en lo profundo habita un concierto. Mejor dicho: un barullo de voces y sonidos, como si nos poblase una selva de palabras y como si cada neurona, entre millones, articulara alguna posibilidad de alcanzar la relevancia o intentara dominar el vocerío.
Dicen los que dicen saber (aunque yo digo que no saben nada), que detrás de esa maraña de voces de variado calibre existe una grave y profunda, la verdadera voz interior, que sólo responde a los osados. Entonces debemos insistir, hasta que los sonidos dejen abierta una brecha silenciosa por donde pueda transitar el entendimiento.
El otro día lo intenté (después de todo en la vida hay que intentar las cosas) y me sumergí en la nube de sonidos intentando llegar a lo distante. Debí ignorar el tumulto, la maraña de tonos y de timbres, el ronroneo, los susurros y murmullos, hasta que todo quedó en silencio. No escuchaba ni mis pasos por una suave y oscura vereda, hasta que sentí llegar a lo profundo. Entonces brotó una voz cavernosa y comprendí que era la voz interior de la que tantos mercachifles hablan. La voz dijo con dicción perfecta:
“Déjame en paz y sigue en lo tuyo”
Así lo hice. Me regresé a mi mundo, atravesando todas las barreras repletas de sonido, toda la selva, la maraña, la red, el ensordecedor alboroto, la agobiante agitación de las palabras, hasta ser dueño de mi otra vez.
No volveré a intentar hacerla de Kalimán, lo juro y al que me salga con ese tipo de consejos le daré unos sopapos.
Tumbarse,
tumbar a alguien, que el fin es lo de menos.
Sí, hay tumbos bélicos y gozosos.
Mientras tanto dar de tumbos,
Retumbar, pues.
Tapar(se), destapar(se), volverse a tapar.
¡Tápate un poco, que andas enseñando mucho!
¡Tápate que hace frío!
Taparse que la piel escuece, sea por frío o por deseo.
¡Tápate conmigo! (así lo dijo Mauricio Garcés)
O bien: ¡deja que otros se tapen contigo…!
O también: ¡deja que ellas se tapen con lo que queda de mí!
Trepar,
treparse a sí mismo sin tropezarse con lo que fue,
lo que pudo ser,
lo que será…
Treparte sin perderme por tus profundos abismos.
Trepar mientras trepida lo trepado.
Tronar,
Eres trueno mientras lo digo.
Que el mundo truene…
Trueno truenos contigo.
Tronemos (que todo cuero es tronante)
¡Tronamos! (así se dice cuando nos vamos o nos quedamos)
Tronando te digo.
Afuera espera el foro.
¡Fuera todos!
Primero a calcular el aforo.
¡No huyan, desaforados!
Quienes salgan del foro perderán el fuero.
Fregar.
Dejar de fregar en la refriega.
Ráfaga fregada.
Fregar o no fregar, pecado de anticipación.
Friegas y friegas, mientras fregamos…
No friegues, deja que todo se pierda en la refriega.
Tiñe Toña su pelo…
Afuera resuena el tañido
(Las campanas me recuerdan que bajo el paliacate puedes encontrar tiña)
Como sea: me siento desteñido.
Ayer terminé de ver la segunda temporada de la serie Aquarius, en Netflix, que por cierto será la última, quedando la historia inconclusa. Es una sobria pero eficaz recreación de la época de la confusión, esos años locos de las drogas (la marihuana de siempre, pero también el LSD, los hongos y otras barbaridades), las comunas hippies y los movimientos contraculturales, las doctrinas new age, la violencia política, la primera gran etapa del terrorismo, la guerra de Vietnam, los asesinatos políticos y los magnicidios. En fin, una época tan interesante como aterradora.
Fue también la época de uno de los asesinos seriales más siniestros de la historia: Charles Manson. Este personaje en realidad es muchos en uno, todos alucinantes: delincuente juvenil en sus inicios, presidiario casi siempre, líder carismático, sacerdote de su propio culto, gurú de almas extraviadas, músico y compositor aficionado, psicópata con una aguda tendencia a la violencia y, por supuesto, un asesino. Solía reunir a jóvenes de ambos sexos a su alrededor, en comunas donde el amor libre, el delito, la depredación, el consumo de drogas y un extraño adoctrinamiento eran el modo de vida. Una de éstas camadas de adictos a su liderazgo recibió el nombre, tristemente célebre, de “La Familia Manson”. Su capacidad de influencia en los demás era notable, como resultado de su talento natural y de una demencia contagiosa. Fue el autor intelectual de una serie de crímenes bastante notables en la época, como el asesinato de la hermosa Sharon Tate, esposa del cineasta Roman Polansky, en el último mes de su embarazo.
La serie en cuestión explora la evolución de este tétrico personaje y los afanes de un policía ficticio, pero prototípico de su momento, Sam Hodiak (interpretado por David Duchovny). Los caminos de ambos personajes se encuentran durante la serie. Incluso, en uno de sus capítulos, Manson (interpretado por Gethin Anthony), inspira al policía, también aficionado a la música, a tocar juntos algunas baladas en su departamento. La escena es tan alucinante como la época. Imaginemos a un hombre normal, tocando una canción a dúo con uno de los asesinos seriales más inquietantes de la historia. Frente a frente con el mal, a solas, tocando una canción. Algo que no parece una experiencia digna de ser vivida.
Lo peor es que no todo es ficción. Hubo algunos que vivieron esa experiencia. Por ejemplo, el músico Dennis Wilson, fundador de la famosa banda The Beach Boys, fue durante algún tiempo el productor y mecenas de Charles Manson e incluso le ayudó a componer y grabar algunos temas. El impacto de esa presencia en su vida, tan surcada por los abismos, debió ser decisiva para su dramático desenlace, pues después de los crímenes de la Familia Manson (a los que fue ajeno), Dennis Wilson llevó una vida terrible, casi nómada, atrapado en la dependencia del alcohol y las drogas, hasta que murió ahogado en las playas de Marina del Rey, en Los Ángeles.
El mal lo había tocado y no logró deshacerse de la pesadilla. Debemos tener la sabiduría para evitar mirar tanto tiempo el abismo, pues (lo dijo Nietzsche), el abismo también nos mira a nosotros.