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Aspiro a estar

Fecha: 28 de octubre de 2018 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Aún los apuntes menores de los grandes sacuden, trastornan, modifican. Me sucede con Octavio Paz. Lo leo y no puedo ser el mismo. Algo en mi se vuelve otro después de pensar en sus letras.

En este caso, encontré en la página Zona Paz una carta que escribió en 1968, dirigida a Carlos Fuentes. En la carta narra unos deliciosos días en la India, en compañía de su esposa, Marie José y la pareja Cortázar, Julio y Aurora, mientras ocurre el festival Holi, celebrado para anunciar la primavera.

Dice un fragmento de la carta:

«Los días son tan perfectos que la pereza me vence: aspiro a estar, nada más.»

Delicioso. Sólo puedo añadir que los míos, mis propios días, aún siendo imperfectos, me dicen lo mismo.

A veces sólo se quiere estar, nada más. No producir, no crear, no labrar, no preocuparse, no luchar. Nada, ni siquiera esperar (que es una paciencia activa). No, sólo estar.

Ella no teme

Fecha: 26 de octubre de 2018 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0

Ella no teme, aunque podría.

Quizás por guardar la vida,

la suya y la que ya no está,

prolongadas en semilla de posteridad,

bulbo, botón, posibilidad.

Esa vida triple:

la que es, la que fue y la que será.

Lo hace con la certeza de un destino,

como si tantas vueltas,

de “aquí hacia allá”,

de lo que amó y dejó de amar,

de lo que pudo ser y no fue,

se resolvieran en el “aquí está”.

Ella lo sabe, sin padecerlo…

Sólo lo vive,

acumulando energías para lo que vendrá.

Y logra hacerlo

―portento reservado a unas cuantas―

sin perder esa sonrisa de niña,

como si cada sinsabor fuera deleite,

cada amargura confitura.

Sabe que la vida es breve,

que como llega se va,

más no le preocupa,

sabe también lo que es eternidad.

Y sigue sonriendo

como esa niña

que quiere besar, reír, vivir, recordar…

Pero también olvidar.

Mirándola mirar…

Fecha: 8 de septiembre de 2018 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0

Sus ojos miran sin mirarme

y adivino en ellos añoranza disfrazada de alegría

como si aprisionara un secreto que los párpados asfixian

encerrado en un cofre de sonrisas perdidas,

atrapado en el velo rugoso de una luz que lastima.

 

Quizás no distingan eso quienes la miran mirando

(insensatos)

No saben mirarla ni descifran mirar sus ojos mirando

solo atinan a verla

no saben siquiera palparla,

ven sin mirar,

dudan hasta de lo que miran

sin comprender su mirada.

 

Mientras tanto yo

(es un extraño don, lo admito)

puedo palparla de lejos aún sin ella mirarme.

 

Es que perdió algo y sigue mirando de lejos.

Le hicieron daño quizás,

la rasgaron al tocarla,

(o tal vez)

olvidaron cubrirle los ojos

para cuidar su mirada.

 

Quizás perdió le fe en su mirar,

mirando con fijeza algo que se disipó al aprehenderlo,

quiso tocarlo y se fue,

supo muy tarde que algunas cosas eluden los párpados

y escurren entre las pestañas,

que no se dejan tocar ni con la mirada.

 

Nadie le dijo el secreto:

que la mirada engaña,

que ver no es creer,

que ver es dudar,

que se debe tocar pues la mirada miente

(Eso lo sabe todo escultor:

por eso duda de lo que ve y prefiere moldear a ciegas)

 

Mientras tanto la sigo mirando

aún sin ella mirarme

intentando decir que a su mirada

le falta que yo la mire mirándome.

 

Le digo también,

con solo mirarla,

que no puede engañarme…

Que su mirada es artimaña,

antifaz

venda

Que su mirada no es plena

¿La razón?

Sigue mirando sin mirarme,

sin saber que la toco y la moldeo

mientras la miro mirando.

 

Quizás su mirada cambie

cuando me mire mirándola…

Mi «tú» desencantado

Fecha: 4 de septiembre de 2018 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Llegué al bar a las once de la noche. Una mujer de rostro grato, pero ansioso, me siguió con los ojos mientras entraba y elegía una silla de la barra. Pedí una bebida. Ella siguió mirándome. Me hice el desentendido. Cuando pedí la segunda bebida miré de reojo que se levantaba de su lugar y se acercaba. Me hice el disimulado. No tenía ánimos de platicar con nadie, menos con una mujer solitaria que gusta de arrinconarse en un bar. Se paró a mi lado y tuve que voltear. Nada mal, pero un tanto desenfadada en su vestir para mi gusto. Me miró un rato en silencio y luego dijo: “Eres tú”. No dije nada. Me siguió mirando. Me hice el sorprendido por un buen rato. Después preguntó: “¿Eres tú, verdad?”. Le dije que todos somos “tú” algunas veces, pero que en ese rato no sabía si yo era el “tú” que ella recordaba o sólo un “tú” entre tantos de los que coinciden por el mundo. Siguió mirándome. La noté un poco sorprendida con mi voz. Yo no sabía qué hacer, así que me hice el desinteresado. Después de una larga pausa dijo: “No, no eres tú. Hablas distinto”. Se dio la vuelta y volvió a sentarse lejos, en el lado oscuro de ese bar a punto de la soledad. Volví a mirarme en el espejo de la barra. Pedí otra copa. Durante un buen rato seguí mirándome y de seguro ella también lo hacía, pero me hice el distraído, hasta que noté de reojo que la figura femenina se levantaba y salía del bar, dejándolo más solo que como estaba. Suspiré. Debo ser parecido a algún “tú” que deja bastante zarandeadas a las mujeres solitarias de este bar. Ya no sabía qué decirme frente al espejo de la barra ni qué actitud tomar, así que le pregunté al cantinero —bueno, al barman— si conocía a la mujer que había salido. Me respondió que sí, que siempre pide una cerveza y se queda tranquila, hasta que llega alguien. Entonces se levanta, lo aborda y le pregunta lo mismo: “¿Eres tú, verdad?”. Si tiene suerte ese alguien se pone a platicar por un buen rato, si no se hace la ofendida y se va, para regresar al día siguiente. Me sentí confundido. Para hacerme el indiferente pedí otra bebida. Volví a mirarme en el espejo de la barra. Mi “tú” se sentía muy poco importante, muy devaluado. Sólo era un “tú” entre tantos que deambulan por el bar y apenas un pretexto para conversar. Quizás mi “tú” no se parece a nadie en especial y hasta es posible que ese “tú” original no exista. Sólo es un pretexto para eludir la soledad. Mi “tú” se sintió desdichado, pero me hice el digno y pedí otra bebida.

El cazador de remolinos

Fecha: 27 de agosto de 2018 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Cuando niño frecuentaba muchos ranchos colimenses y del sur de Jalisco, por razones que ya expliqué alguna vez. En uno de ellos, de amplios potreros a punto de la siembra, se formaban pequeños remolinos por el peculiar cruce de los vientos. Eran remolinos de polvo y hojarasca, pues la tierra era de temporal, una tierra que se mantenía seca y crujiente hasta la estación de las lluvias.

Yo anhelaba integrarme a uno de esos remolinos, colocarme en su centro para sentir su áspera rotación y ser transportado hasta llegar a un camino amarillo, como en el cuento del Mago de Oz. Pero cazar remolinos era muy difícil. No sabía cuándo se formarían y surgían caprichosamente, lejos de donde yo me encontraba. Cuando veía uno corría a su encuentro, pero al llegar ya se había disipado, volviéndose viento común mientras el polvo se dispersaba y regresaba al suelo. Eso sucedió durante mucho tiempo. Cada vez que llegaba a ese rancho me dedicaba a perseguir remolinos y siempre fracasaba en el intento, mientras mi padre me vigilaba a la distancia.

Llegaron las lluvias y se acabaron las correrías, pues ya no me permitieron deambular a solas por el campo abierto. Duré meses añorando esos bellos remolinos que dibujaba en mis cuadernos. Varias noches soñé con ellos. Aún dormido ansiaba montarme en uno que pudiera transportarme como si fuera una alfombra mágica.

Un buen día volví a ese rancho, pero estaba lleno de milpa y los remolinos quedaron más lejos de mi alcance. Veía las plantas agitarse y, de vez en cuando, surgía alguno que embestía con garbo, sacudiendo y desgranando las mazorcas, pero era más común verlos ahogarse por obra del tupido follaje. Debieron pasar otros meses hasta que se alejaron las lluvias y volvieron los remolinos menos tímidos, los de polvo y hojarasca. Entonces volví a perseguirlos obsesivo.

En mi terca cacería llegué a pensar que los remolinos tenían conciencia y se permitían travesuras. Jugaban conmigo, evitándome y apareciendo cuando estaba lejos. Entonces aprendí a mirarlos de soslayo, como si no me interesaran, para correr de inmediato cuando sentía que estaban por aparecer. Con esa técnica logré algunos avances: me acercaba un poco más, pero aún no lograba sorprenderlos del todo.

Con un poco de esfuerzo me volví un experto en anticiparlos: intuía cuando el polvo se movía de cierta forma hasta que se formaba un pequeño torbellino, apenas insinuado, que con suerte se consolidaba y crecía hasta alcanzar unos cuantos metros, lo que para mí era inmensidad.

Una tarde por fin lo logré: descubrí un pequeño movimiento familiar entre el polvo y las hojas secas, me sitúe en su centro y de repente sentí el remolino a mi alrededor. El mundo se sacudió y giró. Las corrientes de aire me rodearon y danzaron pegadas a mi cuerpo. No pude abrir los ojos, pues el polvo me lastimaba, pero la sensación fue placentera e inolvidable.

Por unos segundos hasta imaginé que el remolino me llevaba como en los sueños y casi me sentí volar, aunque en realidad nunca me moví del suelo.

Cuando el movimiento cesó, abrí los ojos y vi a mi padre riéndose de lejos. Había sido testigo de mi éxito y lo celebraba. Por fin había atrapado a un remolino.

Esa noche llegué muy emocionado a mi casa y le conté todo a mi madre, que me revisó con cuidado hasta descubrir decenas de pequeñas hojas, ramitas y tierra bajo mi ropa. Mi cabello era una maraña. Tuve que tomar un baño antes de acostarme.

Cuando me dormía pensé que el remolino se había quedado conmigo. Sentí su respiración a mi alrededor y sospeché que se ocultaba bajo mi cama, sacudiendo el colchón y empujándome al techo.

En algún momento sentí que se agitaban las cortinas de mi habitación, a pesar de que la ventana estaba cerrada. Es posible.

Aún siento ese remolino a pesar de los años. Quizás por eso mi espíritu nunca se queda quieto y sigue revoloteando la hojarasca a mi alrededor.