Eres un puerto remoto.
Debo bregar si quiero alcanzarte.
Apenas se insinúan tus luces,
aletean las gaviotas
y pienso, esperanzado,
que estás al alcance,
pero sigues tan lejos.
Me miras desde allá, quizás,
y apenas soy la sombra de un velero,
un punto entre la nada.
Vi un anuncio de una cabina llamada «teletransporter». A primera vista un gran invento. Se ubican en los bares ruidosos, para que los juerguistas puedan refugiarse y responder tranquilamente el celular. Ya se sabe: pueden llamar las parejas celosas que no permiten que los pobres hombres se desenreden un poco. Una vez adentro de la cabina, el mortificado sujeto puede elegir ruidos de ambiente distinto: la calle mientras se pasea al perro, la oficina trasnochadora, el cine, un poco de música suave como si se manejara de regreso al hogar, en fin. Insisto: un gran invento, pero no para mí. Nunca fui afecto a las borracheras estruendosas y cuando las seguí, hace años, estaba muy joven y ni pareja tenía, así que nunca viví tales angustias. Sin embargo, hoy solicitaría una para mi habitación, pero con algunos cambios significativos. Por ejemplo, esta cabina debería tener la opción de ruidos estruendosos, como de una gran fiesta. Así, cuando alguien me llamara los viernes por la noche podría meterme allí y pondría sonidos de alegría y sano desparpajo. Así, quien me llamara, supondría que a mis cincuenta añitos poseo una intensa vida social y que no desaprovecho los viernes para desarticularme en una alegre parranda. Incluso colocaría algunas risas femeninas, como si tuviera a un buen número de gráciles muchachas riendo con mis ocurrencias. Al colgar, volvería a mi escritorio y seguiría leyendo o volvería a subir el volumen de mi lap mientras disfruto alguna película. Suena muy bien. Creo que pediré una.
Aún los apuntes menores de los grandes sacuden, trastornan, modifican. Me sucede con Octavio Paz. Lo leo y no puedo ser el mismo. Algo en mi se vuelve otro después de pensar en sus letras.
En este caso, encontré en la página Zona Paz una carta que escribió en 1968, dirigida a Carlos Fuentes. En la carta narra unos deliciosos días en la India, en compañía de su esposa, Marie José y la pareja Cortázar, Julio y Aurora, mientras ocurre el festival Holi, celebrado para anunciar la primavera.
Dice un fragmento de la carta:
«Los días son tan perfectos que la pereza me vence: aspiro a estar, nada más.»
Delicioso. Sólo puedo añadir que los míos, mis propios días, aún siendo imperfectos, me dicen lo mismo.
A veces sólo se quiere estar, nada más. No producir, no crear, no labrar, no preocuparse, no luchar. Nada, ni siquiera esperar (que es una paciencia activa). No, sólo estar.
Ella no teme, aunque podría.
Quizás por guardar la vida,
la suya y la que ya no está,
prolongadas en semilla de posteridad,
bulbo, botón, posibilidad.
Esa vida triple:
la que es, la que fue y la que será.
Lo hace con la certeza de un destino,
como si tantas vueltas,
de “aquí hacia allá”,
de lo que amó y dejó de amar,
de lo que pudo ser y no fue,
se resolvieran en el “aquí está”.
Ella lo sabe, sin padecerlo…
Sólo lo vive,
acumulando energías para lo que vendrá.
Y logra hacerlo
―portento reservado a unas cuantas―
sin perder esa sonrisa de niña,
como si cada sinsabor fuera deleite,
cada amargura confitura.
Sabe que la vida es breve,
que como llega se va,
más no le preocupa,
sabe también lo que es eternidad.
Y sigue sonriendo
como esa niña
que quiere besar, reír, vivir, recordar…
Pero también olvidar.