Ayer quise leer la tesis doctoral de Miguel Hidalgo y Costilla: Disertación sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica. Siempre me pareció interesante estudiar algo de los grandes hombres antes de que lo fueran. Este es el caso. Es un texto redactado por Hidalgo antes de ser Hidalgo, es decir, por un joven estudiante que aún no sabía que terminaría convertido en la figura inspiradora, dominante y fundadora de esa insurrección que creó una nueva nación.
El texto fue para mí revelador: muestra rasgos de una naturaleza rebelde, tanto en el contenido como en el lenguaje utilizado, algo que parece insólito en un texto escolástico. Por ejemplo, critica a “los ingenios más amantes de la sutiliza que de la verdad” y a las “escolásticas sutilezas que sólo servían para pervertir el buen gusto y perder el tiempo”. También descalifica réplicas “que tienen más de equívoco que de verdad”. En algún momento parece cuestionar, con cierta ironía, al propio Santo Tomás: “concordó sus doctrinas con nuestros dogmas, separó lo útil de lo pernicioso e hizo a la Filosofía servir de esclava a la Fe”. De hecho, afirma que este filósofo (le llama “Santo Doctor”), adoptó los principios de Aristóteles no por lo fundado de sus principios sino por “la condición de los tiempos”, pues para combatir a la cultura teológica dominante eligió aprovecharse de una doctrina que los demás admitían (la del propio Aristóteles). Suena casi increíble, pero también dice por allí que hasta podría ser injurioso considerarlo santo, precisamente por aprovecharse de Aristóteles para derrotar a sus adversarios.
El texto rebosa de referencias a reconocidos teólogos como Juan Gerson, pero también incorpora citas de Marco Tulio Cicerón, de Séneca, de Virgilio, de Feijoo (el introductor del género ensayístico en la literatura española, enemigo de la superstición y promotor de la visión científica y humanística). En algún momento se hace eco de algunos teólogos que califican a la escolástica de inútil y escribe un párrafo que revela un extraordinario talento: “Si nos dicen que es una senda totalmente extraviada la que siguen los puramente escolásticos, ¿por qué hemos de ir nosotros por donde van y no por dónde se ha de ir?”.
Más adelante advierte que es posible “confundir la Divina Palabra con las fábulas y ficciones de los hombres” y se ríe de los aspirantes a teólogos que ignoran historia y geografía, por las contradicciones en que incurren. También se burla de cierto autor, un tal P. Gonet, que pretendió escribir una obra en muchos tomos siendo que no valen la pena la mayor parte de ellos y lo dice así: “¿Y no es defecto que, de los 5 tomos, apenas se pueda componer uno de substancia? ¿Y no es lástima que hayamos de andar por países tan espinosos para coger uno u otro fruto, cuando podríamos tomarlos a manos llenas por otros sembrados de flores?”
En suma, parece en todo momento estar discutiendo con alguien y lo hace de forma divertida, casi con burla y usando un estilo chispeante y agresivo al mismo tiempo. Sin duda, este joven redactor anunciaba, con sus dichosas ironías, al hombre travieso, al admirador de la belleza femenina, al traductor y director de piezas de Molière, al apasionado de la fiesta brava, al que abolió la esclavitud y, en suma, a ese padre fuerte, audaz y divertido que es el padre de todos nosotros.
¡Qué grato es ser hijos de Hidalgo!
Caminaba indiferente, absorto en mis propios dilemas, cuando llamó mi atención un hombre trepado en un banquito que pronosticaba el fin del mundo y demandaba arrepentimiento frente a un pequeño grupo de curiosos. Me dio curiosidad preguntarle sobre sus aseveraciones. Me dijo que los signos eran evidentes y que pronto llegaría el momento decisivo. Me miró con cierta furia y gritó” “¡Arrepiéntete!”
Le dije que desde niño escucho eso pero que siempre la realidad se impone a los más locos anhelos destructivos. Cada tres o cuatro años surge algún alucinado pronosticando la catástrofe universal e invocando algún precedente primitivo: los antiguos textos sumerios, los crucigramas incas, las runas vikingas, los enredos mayas, los mensajes de algún extraterrestre o lo que fuera.
De hecho, insistí, tengo una hipótesis: cada que una generación se acerca por razón natural a la desaparición física, surgen las teorías del fin de los tiempos. Es algo natural, pues los que ya se van quisieran que todo se fuera con ellos. Es como irse de una fiesta: da coraje que allí se quedarán otros disfrutando de la música y el vino, así que mejor quisieras que la fiesta se acabara cuando ya te fuiste. Las personas que estaban al lado me miraron con aprobación. Incluso un señor dijo: “estoy de acuerdo con lo que dice Rubén”. Una señora añadió: “cierto, ayer fue la fiesta de graduación de mi hija y yo me quería quedar más rato, pero mi marido ya tenia sueño. Hubiera querido irme cuando todos se fueran”.
El profeta del banquito hizo una mueca de disgusto y gritó: “si no quieren creerme allá ustedes, yo cumplo con advertirles”. Le dije que esa frase no significaba nada en realidad, pues yo también podría decirle algo similar: “yo cumplo con señalar que lo que usted dice son tonterías, pero si no me quiere creer y sigue viviendo temiendo el día final, pues entonces allá usted, yo cumplo con advertirle”.
Me respondió, con tono colérico, que ya me arrepentiría. Le dije que lo dudaba, pues sólo se arrepiente el que no vive y una forma de no vivir es temiendo el final en lugar de disfrutar los momentos.
Me respondió con más enojo: “cuando estés frente a Dios temerás”. Le dije que yo temo a Dios desde ahorita, aún sin verlo y sin estar frente a él, pero le temo en el sentido profundo bíblico: intentando llevar una existencia lo más justa posible y dentro de los grandes principios que deben regir nuestra vida. Añadí que a Dios no se le debe temer como a un tirano que nos chasqueará un látigo para lastimarnos, sino como a un maestro al que se teme defraudar por no lograr una vida digna y feliz, tal y como sería su deseo. Es una convicción personal, pero añadí que respeto todas las creencias y las múltiples formas de interpretar y temer a Dios.
Me dijo que era un sacrílego. Le dije yo que el sacrílego era él por pretender hablar en nombre de Dios y por advertir sobre el fin del mundo sin tener la menor idea de lo que dice. Que mejor debería ponerse a hacer algo de bien en lugar de pronosticar cataclismos, pues bastantes horrores tiene el mundo para todavía advertir sobre otros más. Incluso deberíamos comenzar a resolver algunos de esos horrores, al menos los que están a nuestro alcance.
Eso fue demasiado. Bajo del banquito, lo tomó en sus manos y se fue caminando airadamente. Ya desde lejos me gritó: “eres un soberbio”. Le respondí, también gritando, que en eso sí estaba de acuerdo, pero que antes era más y que ya estaba corrigiendo ese feo defecto.
Los curiosos que estaban allí comenzaron a dispersarse. Me despedí de algunos de ellos y me fui a seguir mi camino. Mientras caminaba me puse a pensar que debería adquirir un banquito como ése. Me pararía en medio de alguna calle concurrida y comenzaría a profetizar algo más alegre, pues no toda profecía debe ser ingrata.
Podría decir, por ejemplo, que si bien el mundo algún día tendrá un final, lo más probable es que ninguno de nosotros, ni nuestros hijos, ni los hijos de nuestros hijos podrán verlo, así que es mejor vivir pensando en nuestro propia existencia y no en su final. Diría también que es bueno arrepentirse, pero es mucho mejor, de ser posible, vivir sin incurrir en acciones que nos puedan llevar al arrepentimiento.
Seguí pensando en eso mientras caminaba, lenta pero inexorablemente hacia el ocaso. Un rato después me pregunté qué es lo que hacía caminando hacia el ocaso, pues allá está muy oscuro, así mejor me regresé a donde aún era de día.
Ayer que llovió me volví líquido, me escurrí por la porosa tierra y me erguí otra vez, envuelto en vapor ardiente.
Ayer que llovió cambié un poco de rutina: antes me empapaba de mí, autosuficiente, con el agua que hace de la piel su yacimiento.
Ayer que llovió jugué a estar hecho de lo que cae y no de lo que brota, precipitación y no manantial, caída sin ascenso.
Ayer, desde que quiso llover, corrí a encontrarme con el agua antes que el cielo se arrepintiera, pues mientras unos buscan techo yo quiero coladera.
Ayer que llovió miré al cielo y abrí la boca, pues quiero mojarme por dentro para que reverdezca el alma.
Ayer que llovió me di cuenta, entre otras cosas, que la lluvia se queda, que no fluye, que aguarda… Que soy yo el que se dilapida y se precipita sin tregua.
Ayer que llovió vi la lluvia desganada y para ayudarla me puse a llorar hasta que el agua que corría se volvió salada.
Esta tarde vi llover, vi gente correr… Entre ellas vi a una, la más ingrata, así que me cubrí de inmediato para que no me reconociera.
Mejor dejar correr lo que no se puede beber, que al cabo, quiera Dios, volverá a llover mañana.