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Algunas son islas…

Fecha: 18 de abril de 2018 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0

Algunas son islas, viven en sí y uno se vuelve endémico deambulando sobre ellas (vida dichosa, si se tiene alma de Robinson), pero cuidado: con facilidad se dispersan y se vuelven archipiélagos… O quizás ya lo eran y sólo nos mostraban una isla entre tantas de su racimo marino, la más fértil y florida por supuesto. Entonces se llega a dilapidar la vida explorando cada porción de tierra, cada prominencia, cada banco (allí se encalla, no se llega) y cada ensenada caprichosa entre los islotes y los trazos de sus costas.

 
No ocurre con todas, claro, también algunas son cayos que se recorren en breve, sin desafíos ni sorpresas: siempre las mismas aves, siempre los únicos paisajes, siempre ese mar azotando la única playa. Los cayos sosiegan, debe admitirse, pero aburren al náufrago allí arrojado (todos vivimos arrojados por aquí, lo dijo Heidegger y no puedo contradecirlo).
 
Otras, en cambio, ostentan líneas costeras erizadas de arrecifes y alguno que otro acantilado. En tales bríos se va la vida en continuo batallar evitando los naufragios. Apasionantes, sí, pero agotan con los años. Sólo acierta el que huye a tiempo, antes de perder en añicos sus endebles maderos y abatir sus mástiles. Sé de algunos, se los juro, que siguen años braceando por allí, casi exangües, mientras el dibujo cruel de lo escarpado arranca jirones de su carne.
 
Existen también las islas engañosas: se muestran apacibles mientras conducen al incauto a escollos donde se agotan, varados, los mejores navíos.
 
Y no debo olvidar a otras, las del peligroso estrecho, entre acantilados y remolinos. Esas insensatas que parecen sentirse cómodas entre los monstruos (como Escila y Caribdis). Navegar en ellas es deambular por un pasaje húmedo, siempre al borde del fracaso. Eso también fatiga, queridos hermanos.
 
Pero hay algunas más, como aquéllas que se asemejan a bahías, incluso ensenadas (son mis preferidas) Ellas mantienen abiertas las rutas, resguardando un cómodo líquido que es casi estero y apartando al santuario de olas bravas.
 
Es cierto, las mareas dóciles también poseen su peligrosa fauna, pero es tan placentero nadar entre esas mansas aguas.
 
Nada más cuidar no adentrarse mucho, que es muy fácil seguir nadando sin darnos cuenta que abajo ya no es posible pisar y descansar los brazos. Sólo queda el abismo que nos mira.

Una vez en ese hospital

Fecha: 4 de abril de 2018 Categoría: Gotas Góticas Comentarios: 0

Hace algunos años salí de visitar a un amigo que habían operado de la vesícula en el Hospital Inglés de la Ciudad de México. Ya era tarde y tenía ganas de irme a mi departamento a descansar (en esos años yo vivía en esa ciudad), pero recordé que no me había lavado las manos. Soy obsesivo al respecto. Si no me lavo las manos a cada momento siento que traigo impregnados todos los gérmenes del mundo. La sensación es más apremiante, como es lógico, si salgo de un hospital. Entré a un baño. Se veía limpio y solitario. Me lavé con cuidado. Cuando estaba secándome una figura se paró a mi lado. La miré en el espejo. Un señor maduro, de ojos claros, comenzó a lavarse también las manos. A primera vista le encontré un notable parecido con el actor Max Schreck. Me miró desde el espejo del lavabo y me dijo, casi en un susurro:
—¡Le parece que me veo bien?
No entendí la pregunta en un primer momento. Lo miré. No había sorna. El señor había expresado sus palabras con seriedad. Me imaginé que se refería a estar bien peinado o bien vestido. Le dije que sí, que se veía bien.
—Es algo de mi personalidad. Siempre termino viéndome bien, haga lo que haga, me vista como me vista, a cualquier edad. Incluso aunque ya esté muerto.
Dijo sus palabras con mucha calma y con un elegante acento que no identifiqué. Pensé que estaba un poco trastornado. Decidí seguirle el juego.
—Si usted está muerto se ve muy bien. Me gustaría verme así cuando yo lo esté.
Mis palabras parecieron gustarle. Sonrió. Entonces lo miré con más cuidado. El señor tenía una venda cubriéndole el cuello. Contrastaba con su camisa de un tejido suave y color discreto, bajo un saco de color lavanda a cuadros que se veía muy agradable.
—Usted no tiene miedo. No es de los que tienen miedo con facilidad, ¿verdad? —me dijo.
Le respondí que no, que casi nunca me asustaba y menos de los muertos. Sin embargo, cuando dije esas palabras sentí un ligero temblor frío en mi nuca. Después de todo el lugar estaba solo y siempre desconcierta estar con alguien inesperado. Más aún si el tipo no parecía muy cuerdo que digamos. Pero bueno, tampoco era para salir corriendo. El señor se veía muy serio y tranquilo. Además, era mucho menos corpulento que yo. Decidí añadir un comentario provocador.
—No intente asustarme con historias de muertos en un hospital como éste. El hospital se ve muy nuevo. Dudo que tenga una gran historia de fallecimientos.
El señor me miró con simpatía. De repente abrió la boca y soltó un gorgoteo extraño, como si trajera la garganta llena de viscosidades. Levantó los ojos claros como si estuviera mirando al techo hasta ponerlos en blanco y dijo, con voz entrecortada:
—No… yo fui uno de los primeros.
Cuando quise volver a mirarlo ya no estaba. El baño seguía tan solitario como cuando llegué. Por unos segundos no supe si estaba dormido o seguía en ese baño del Hospital Inglés.
Terminé de secarme y salí. Afuera estaba un policía adormilado. Lo saludé, recogí una credencial que había dejado allí y me fui hacia el estacionamiento.
Me sucede mucho eso: encontrarme con personas extrañas. Haga lo que haga, me vista como me vista, en todo lugar y a cualquier edad me encuentro con personalidades dignas de reseña. Incluso me topo, más de la cuenta, con muertos raros que hacen preguntas absurdas. Debe ser algo de mi personalidad.

Soñando con mónadas y otras monadas

Fecha: 28 de marzo de 2018 Categoría: La irreflexiva reflexión Comentarios: 0

Un par de noches hace que soñé con las mónadas de Leibnitz. Eran como burbujas de colores, pero un poco más sólidas, tanto que no se desvanecían al tacto, si bien dejaban en mis dedos una sensación pegajosa. Siendo más sólidas, insisto, que las simples burbujas, no perdían su ligereza y parecían mecerse con el viento.

Leibnitz debió imaginarlas como un sistema de conexión de la vida, casi como la “fuerza” de los Jedi en el universo de Star Wars, pero a mí llegaron como pompas de jabón sopladas por un chiquillo en una tarde de verano. Era extraño verlas a contraluz, cambiando de tonalidad y casi aleteando, si tal figura pudiera caber en esas coloridas esferas.

Unas brillaban más, alterando sus tonos, y otras parecían opacarse cuando fijaba la vista en ellas. Algunas parecían tener filamentos, como si fueran barbas y creí distinguir otras con una especie de lentes sobre sus ojos entrecerrados, como si fueran los de un médico chino. Unas parecían dotadas de apetito, pues me miraban mientras saboreaba mi nieve sentado en la banca de un jardín (así era mi sueño). Otras parecían curiosas y traviesas, como gatos, acercándose lo suficiente para dejarse tocar, pero retirándose al instante.

Una entre todas se mantenía lejana, como queriendo marcar distancia, pero sin dejar de hacerse notar. Era un poco más grande que las otras y quizás más sabia y reflexiva. Me sentí preocupado por ella. Quise llamarle, pero no conocía su nombre, ni sabía si lograría interpretar mis gestos diciendo “ven” (por algún motivo en el sueño no podía o no quería gritar).

En cierto momento la mónada distante y sabia comenzó a bailar con coquetería, como si fuera un ave del paraíso y todas las demás la rodearon ansiosas. Me uní al grupo. El baile se puso efervescente y todas las mónadas comenzaron a agitarse. Al final todas me rodearon y percibí algo como su mirada, concentrada en mí con expectativa.

Sentí —pues allí no se hablaba— que todas esperaban que yo bailara para ellas. Eso ya era demasiado. No bailo ni por las más alegres y vistosas mónadas del mundo.

El buen Leibnitz deberá disculparme: no hago ningún tipo de monerías ni monadas, ni siquiera frente a un grupo tan colorido y brillante.

Entonces desperté…

Ojalá que las mónadas me perdonen.

La oradora silente

Fecha: 11 de marzo de 2018 Categoría: Palabra hablada Comentarios: 0
La oratoria es pasión y reflexión hablada. En mis charlas y clases sobre ella, insisto en que es una forma de expresión a medio camino entre el arte y la política, de allí que combine belleza y persuasión.
 
Me gusta decir, también, que la musa de la elocuencia es de ideales igualitarios, así que no exige cualidades físicas especiales entre quienes desean seguirla y honrarla. Lo que sí exige es disposición de ánimo y muchas lecturas, pues no se puede hablar de lo que no se conoce.
 
Incluso, he dicho muchas veces que la única cualidad inevitable en un orador es la capacidad de hablar. Ni siquiera se necesita una gran voz, aunque ayude mucho el poseerla, pues si bien la oratoria nació en la calle, en los espacios de la deliberación popular, en los mercados y plazas, en nuestros días existen aditamentos tecnológicos que suplen la sonoridad natural. Los mejores discursos de Churchill, por ejemplo, se pronunciaron por radio.
 
Pero la vida enseña mucho para quien esté dispuesto al aprendizaje. Por eso, el camino del conocimiento debe emprenderse con humildad. Así ocurrió en el reciente certamen estatal de oratoria, convocado por el Honorable Congreso del Estado. Allí recibí una lección más, lo que demuestra que nadie domina un tema por completo. Participó alguien que sacudió todas mis previsiones en torno a la elocuencia, una joven con discapacidad auditiva y usando el lenguaje de señas, Perla Patricia Ávalos Calvillo.
 
Por supuesto, eso parecía un absurdo, un despropósito, pues no se puede juzgar un mensaje hablado sin poder hablar. Para mí era como calificar a un escultor sin manos o a un fotógrafo ciego (aunque los hay). Alguien dirá que Beethoven era sordo (es el ejemplo que todo mundo tiene a la mano), pero no lo fue siempre y cuando perdió el oído ya dominaba a la perfección la composición musical.
 
El caso es que después recordé que, cuando fui Secretario de Cultura, una excelente maestra de danza logró hacer bailar con ritmo a un grupo de niños con discapacidad auditiva. Aún no sé cómo lo hizo, pero el resultado fue estupendo. Entonces reflexioné que Perla Patricia podía tener el poder de la elocuencia, si bien limitado a un lenguaje que yo no podía entender. Su talento luchó por expresarse y lo consiguió con el lenguaje que tuvo a su alcance. Sus emociones se expresaron, así, con la mímica, y por medio de ella entonó un mensaje que quiso compartir.
 
Nunca supe de un caso similar. Cuando concursaba en oratoria, hace muchos años, conocí a un maestro orador que era invidente y tengo un gran amigo sin brazos que es un competente abogado, pero nunca supe de una oradora silente.
 
A Perla Patricia, por fortuna, no le importan los precedentes: ella llegó a decir su mensaje y punto. Es —hasta donde llega mi dominio del tema— la primera oradora silente de la historia. Si ella pudo lograrlo, es que jamás tendrá límites en nada. Mal haríamos en tener esos límites nosotros.
 
El jurado no podía calificarla como a los demás concursantes, claro, pero decidió darle un premio especial en reconocimiento a su esfuerzo. Un premio bien merecido.
 
Bendita sea esta chica que demostró que la elocuencia también puede fluir de las manos. Es posible, incluso, que ella esté más cerca de la verdad que todos nosotros.
 
Sí, quizás en el principio no fue el verbo, sino el gesto.

Más de la palabra hablada

Fecha: 6 de marzo de 2018 Categoría: Palabra hablada Comentarios: 0

Los que critican a la oratoria es que no la comprenden. La suponen ligada a ese sonsonete ridículo con el que los malos oradores vomitan sus discursos.

Pero la oratoria no es eso. No es el grito, ni el arrebato, ni el manoteo. La oratoria es reflexión hablada, acompañada de la capacidad de trasmitir emociones profundas, honestas y reales.

Es también la posibilidad de evocar la belleza y la claridad, pues se habla para convencer, pero también para conmover y alentar a la acción.

En fin, como lo dije ya en alguna ocasión, la oratoria es hacer pensar y hacer sentir.

Es para todos pues nació en la calle, en los espacios de la deliberación popular, pero no es para cualquiera, pues exige muchas lecturas, disciplina, temperamento y pasión.