Se dice que cierto mar fue navegado, pero el agua no deja surcos permanentes a su paso.
Cada travesía, entonces, es descubrimiento
Se dice que cierto mar fue navegado, pero el agua no deja surcos permanentes a su paso.
Cada travesía, entonces, es descubrimiento
Me gusta el mar con el agua revuelta y la arena apelmazada, sin atardeceres estúpidos, sin gaviotas ni mareas mansas…
Me gusta el mar que no engaña, el que quiere tragarte, el monstruoso, el sombrío, el que te mira impotente porque nunca le crees y, aunque lo tienes al frente, le guardas distancia.
¿Por qué al caminar por la calle desierta escucho pasos que no son los míos?
¿Acaso el eco puede anticiparse a lo que quiero decir con mis pasos?
¿O es que alguien iguala la voz que brota de mis suelas?
¿O estoy siguiéndome mientras me detengo a escucharme?
¿O soy yo el que imita el sonido que hace la calle cuando me ve pasar?
Fui a una barranca donde el eco comienza a retumbar antes que mis labios pronuncien la palabra…
El viejo discurso nos dice que la inmadurez es torpe y la madurez plena, pero madurar también es iniciar la cuenta regresiva hacia el deterioro, resignarse a transitar sin contención y caerse del árbol para comenzar a pudrirse. No sé ustedes, pero prefiero quedarme en la dichosa inmadurez. Por eso, me iré a disfrutar como chiquillo –en cuanto pueda– de “Star Wars: los últimos Jedi”. Ya quiero ver de nuevo en la pantalla grande al inmortal Mark Hamill y recordar la espada láser que me dejó el niño Dios en una navidad. Lo demás no importa.