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Pasos que descienden

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Gotas Góticas Comentarios: 0

Escribía en mi lugar favorito cuando escuché unos pequeños pasos bajar por la escalera. No quise voltear. Seguí escribiendo como si no pasara nada pero atento a lo que ocurría. Es parte de un pequeño ritual que pocas veces comparto con alguien. Ocurre de vez en cuando, si estoy sentado en ese mismo lugar a un lado de la escalera que lleva al segundo piso. Entonces, como suele pasar, percibí la imagen de un niño descendiendo, tomando algo del suelo y volviendo a subir con pasos apresurados, como temeroso de que alguien pudiera sorprenderlo. Nada fuera de lo común, quizás, pero ningún niño vive aquí. Alguien quizás se alarme de lo que digo, pero yo lo dejo pasar. Ya estoy acostumbrado. La primera vez me sorprendí, miré de prisa y hasta dejé escapar alguna exclamación de sorpresa, pero la imagen se desvaneció y nunca pude recuperarla. Así me sucedió en otras ocasiones. Siempre que intenté mirar al niño o incluso hablarle, el encanto se rompió y el lugar volvió a su habitual silencio. Ahora ya no lo intento. Sólo lo dejo en paz. Me imagino que es un pequeño fantasma que desciende de una escalera que sólo existe en sus sueños, para tomar algo que dejó olvidado antes de irse de este mundo. No lo sé. Tampoco intento explicarlo de más. Sólo se lo permito. El día que muera, que espero no sea pronto, intentaré comunicarme con ese niño si es que todavía anda por aquí. Le diré que deje de usar esa escalera, que no tiene caso bajar por algo que ya no existe y volver a subir con pasos apresurados. Le diré también que es mejor dejar los pendientes por la paz y buscar qué es lo que sigue. Pero si no logro convencerlo, intentaré hacerle compañía y bajaré con él cuantas veces sea necesario para ayudarle a recoger eso que dejó olvidado en el suelo. Lo haré hasta que entienda que eso es absurdo y que deberíamos ir a otro lugar. Quizás entonces algún nuevo inquilino se pregunte la razón de que, muy de vez en cuando, cuando esté por allí sentado en lo que fue mi lugar favorito, pueda ver la figura de un niño y de un adulto voluminoso que descienden obsesivos por esa escalera para recoger algo del suelo y después subir apresurados. Quizás sea algo divertido. Espero que, al menos, ese nuevo inquilino tenga la decencia de dejarnos subir y bajar todas las veces que queramos, sin molestarnos con miradas directas, exclamaciones de sorpresa o burdos intentos de comunicación. En esta vida o la otra se debe dejar en paz a los que andan por allí, bajando, subiendo y recogiendo cosas olvidadas.

El joven que llegó a Colima

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

En plena intervención francesa un joven de 25 años llegó a Colima buscando un refugio donde aún latiera el ánimo patriótico. Su ciudad natal había claudicado frente a los invasores y sin disparar un solo tiro, más bien con agrado, pero Colima resistía con un digno entusiasmo liberal. Para llegar a ella debió recorrer a caballo, acompañado de su joven esposa, un peligroso camino real, con los obligados pasos por las exuberantes barrancas de Atenquique y El Platanar, en un periodo de graves disturbios donde abundaban salteadores y rebeldes. Colima recibió bien al joven letrado, quien llegó a ser magistrado del Poder Judicial y Secretario General de Gobierno (quizás el más joven de la historia local hasta el momento), durante el periodo del Gobernador Julio García. También fue director del periódico oficial y redactor en jefe de otro llamado «La Independencia», donde alentaba a la población contra las fuerzas conservadoras. Veinte años después, en 1884, publicaría en su propia imprenta sus memorias, tituladas «Algunas campañas», con el precioso testimonio de esa difícil y apasionante época. Estas memorias pueden ser consultadas en nuestros días gracias a dos ediciones recientes, una del Fondo de Cultura Económica y otra de Secretaria de Cultura del Gobierno Federal. Sus apuntes recorren los azares de la guerra, pero se detienen, con añoranza, en la cálida descripción del Colima del siglo XIX. Allí aparecen muchos de nuestros signos de identidad, algunos vigentes, otros olvidados: el Jardín Núñez, el portal, los cocos, la tuba, las palmeras, San Cayetano, El Trapiche, el puerto de Manzanillo, los ríos, los árboles cuajados de frutas y los famosos paseos a La Albarradita y La Estancia. Esas memorias también bullen con la situación política del momento, que el osado joven vivió a plenitud. La fortuna terminaría alejándolo un día de Colima y dirigiendo sus pasos hacia la capital del país, pero también hacia el prestigio político, literario y periodístico. Su nombre fue Ireneo Paz. Con los años tendría un hijo abogado que, como él, se arrojaría a una revolución (la zapatista) y después un nieto —muy parecido espiritualmente a él— al que ayudaría a criar en su casona de Mixcoac. Un nieto brillante con gusto por la poesía, la edición de revistas, el análisis político, la historia y el ensayo literario. En suma, con las pasiones de su abuelo. Ese nieto fue Octavio Paz. La historia de Colima, nadie podrá negarlo, sigue brindando sorpresas…

El problema

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Me dijeron: «sé tú mismo».

El problema es que aún no sé quién soy.

Aciertos y desaciertos

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

La vida está llena de caminos, veredas y extravíos. Se acierta en el rumbo a fuerza de insistencia o por golpe de fortuna…‬

Andares

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Los callejones sin salida no tienen problema. Es fácil percatarse del error, retornar y avanzar de nuevo. El verdadero problema es seguir por caminos bellos sin llegar a donde debes‬, esos caminos que embelesan hasta el punto del enredo, hasta que, años después, descubres que eso es desvío no camino, pero ya es imposible retornar…