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El ser lacerado

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Hace algunos siglos los suplicios de los desdichados (culpables o no, pero acusados de un crimen capital) eran públicos. La ocasión se volvía una fiesta popular. La población acudía en tropel a solazarse y ruborizarse (con cierta hipocresía) con el dolor del cuerpo cercenado, decapitado, colgado o crucificado. Se instalaban, incluso, puestos de comida. No se habían inventado las palomitas de maíz, pero habrían quedado perfectas en esos momentos. No olvidemos que el martirio de Jesús fue un espectáculo público, pero fue también uno entre miles. Los suplicios eran todavía más atractivos si el desdichado era una figura de la nobleza o una dama de elevada cuna, como ocurrió con las sabrosas ejecuciones ordenadas por Enrique VIII y atestiguadas —con extraño placer— por el mismo Tomás Moro, tan imaginativo con las comunidades de elevados ideales. En el caso de las mujeres, es fácil imaginar que el morbo popular por su ejecución se acompañaba de algunas lascivas miradas hacia esos cuerpos delicados que el hombre común jamás disfrutaría por la distancia social. Su ejecución era una forma de venganza social y brindaban un retorcido placer. Algunos supondrían, con benevolencia magisterial, que la presencia social era deseable pues las ejecuciones cumplían una función de advertencia, para que la comunidad cuidara no transgredir los límites fijados por la ley y el poder. Pero no estoy convencido. Creo, con más realismo, que los seres humanos somos una especie morbosa y nuestros parientes más cercanos parecen compartir esa característica. Una vez vi un documental de un rinoceronte atrapado en el barro. Por mayores que eran sus esfuerzos no podía liberarse y se debilitaba con las horas, lanzando sonidos de impotencia y desesperación. En ese momento llegaron unos changuitos. Se instalaron cómodos en un árbol cercano y se dedicaron a observar curiosamente los esfuerzos del infortunado animal hasta que sucumbió, si bien parecieron aburrirse mucho antes. Foucault, al contrastar los suplicios del ayer con las prisiones de hoy, dijo que había desaparecido el espectáculo punitivo. “El ceremonial de la pena tiende a entrar en la sombra, para no ser ya más que un acto de procedimiento o de administración”. Añadió que “en unas cuantas décadas, ha desaparecido el cuerpo supliciado, descuartizado, amputado, marcado simbólicamente en el rostro o en el hombro, expuesto vivo o muerto, ofrecido en espectáculo. Ha desaparecido el cuerpo como blanco mayor de la represión penal” (Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión. 1976, Siglo XXI Editores) Es cierto, quizás, pero no desapareció el morbo que animó las ejecuciones públicas. El ser humano sigue como un animal morboso. Ahora exponemos con deleite las imágenes íntimas que brotaron de un celular perdido o de un correo intervenido. Atisbos a una pasión discreta, que se escaparon de la recámara o la habitación del hotel. El cuerpo sigue supliciado por el escarnio, expuesto a la gozosa desaprobación, ofrecido en espectáculo para los ebrios del desprestigio. Nos solazamos con el cuerpo expuesto y lo sometemos a nuestra versión del vandalismo, con toda la capacidad de destrucción de nuestra burla. Y si no existen imágenes surge el rumor que se da por bien servido. Basta que se diga algo terrible de alguien para que eso sea cierto y merezca nuestra desaprobación. Si el personaje es público o se trata de una mujer inalcanzable tanto peor (o tanto mejor, depende del mirador elegido): es la oportunidad de gozar con su desfiguro, de lacerarle con todo el odio que nace de nuestra envidia, de arruinarle, de hacerle caer y devolverle a la nada, es decir, a nuestro nivel.

La lectora de puños

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Eran los años noventa y comía con dos amigos en la Zona Rosa de la Ciudad de México. Una mujer joven de ojos extraños llegó a la mesa.
—¿Quieren que les lea su mano?
Le dijimos que más tarde, que en ese momento no. La mujer se fue sin insistir pero me miró por unos momentos más. Mis amigos comentaron divertidos: “le gustaste”. Pero no vi regocijo en esa mirada. Sólo una extraña curiosidad. Nos olvidamos del asunto y seguimos en lo nuestro. La comida se volvió tarde de copas y se prolongó hasta el anochecer. Al salir, prolongamos la plática en la acera unos momentos más y la mujer apareció de nuevo.
—Ya puedo leerles su mano?
Mis amigos y yo teníamos un buen tono bajo la piel, después de una tarde tan grata y dijimos que si. La mujer le dijo a uno de mis amigos que le mostrara el puño cerrado. Eso nos extrañó un poco, pues suponíamos que nos leería las líneas de la palma, pero mi amigo accedió.
—Mira esos huecos profundos que se forman entre cada dedo. Tu eres despilfarro. Ganas mucho y gastas más. Se te diluye el dinero entre las manos.
Tenía razón, mi amigo ganaba muy bien pero siempre parecía andar con apuros económicos. Gastaba dinero de forma rápida y casi sin chiste, como si sus manos fueran barriles sin fondo. A los tres nos asombró la exactitud de la lectura. El otro amigo mostró también su puño cerrado.
—Evita los viajes. Tienes tendencia a los accidentes y dificultades cuando estás lejos de tu casa.
No entendimos muy bien el comentario, pero llegaba mi turno. Sin embargo no quise mostrar mi puño. Algo me daba miedo en la mirada de esa mujer y en su forma de decir las cosas. Además, debo confesarlo, siempre me atemorizó proyectarme hacia el porvenir. Prefiero que ocurra sin advertencia. Le dije que a mí la lectura no me interesaba, pero saqué un billete de buen tamaño y se lo entregué. La mujer dio las gracias y se perdió entre la gente.
Nos quedamos un poco más platicando y confirmando la veracidad de lo dicho por la mujer. Coincidimos en que uno de ellos era un despilfarrador y el otro confesó que los viajes no le gustaban, pues siempre resultaba con experiencias desagradables. Una vez, en Chiapas, extravió o le robaron la cartera. Otra vez, en Chihuahua, lo detuvo la policia por una confusión. En fin.
Nos despedimos y caminamos cada quien hacia el lugar donde habían quedado nuestros vehículos. Un par de calles más adelante, casi llegando al estacionamiento donde estaba el mío, volví a ver a la mujer de ojos extraños. Estaba leyendo los puños de una pareja, pero me miró al pasar. Le sonreí como saludo mientras pasaba a su lado y entonces me dijo, casi en un susurro:
—Te entiendo. Por eso siempre traes un libro en la mano. A los que son como tú no les gusta mostrar sus garras.
No me detuve. Seguí caminando hasta mi coche, arrojé adentro el libro que, en efecto, llevaba en la mano y me fui de allí.
Hasta la fecha no comprendo lo que me dijo. Si algún día lo sé podré contárselos.

Mirando sin luz

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Bajé a la playa casi al atardecer. Encontré una multitud a la espera de la puesta del sol. En este mes es algo soberbio. El sol desciende y el horizonte se tiñe de un extraño velo con tintes de grana. El juego cromático es digno de la memoria, pero imposible describir en unas cuantas líneas. Es también inasible: siempre que se le intenta aprehender con palabras, el atardecer escapa y se burla de cualquier esfuerzo. Pero no sólo es el color: el mismo momento parece evadirse del tiempo. El sol queda suspendido antes de hundirse y apagarse. Es un instante mágico que todos quieren conservar en una imagen o dejar grabado en sus retinas. Miré a los lados. La multitud estaba en éxtasis, arrebolada. Algunos apuntaban con sus celulares, uno más usaba una cámara de vídeo. En todos se advertía una extraña emoción. Incluso creí ver alguna lágrima correr en un rostro surcado por los años. Antes de la oscuridad final, cierta luminosidad siguió alegrando al mar con tonos azulados, como vetas minerales que hipnotizaron un poco más a los curiosos. Llegó por fin la oscuridad. Las personas se volvieron sombras y comenzaron a retirarse. Esperé un poco más y quedé en soledad, parado en la playa, mirando un mar en tinieblas. Alguien se acercó hacia mí y me dijo con voz educada: “amigo, ya pasó el atardecer”. Le respondí con voz seca: “no vine a mirar el atardecer. Sólo estaba esperando que pasara. Vine a sentir la oscuridad”. Me pidió disculpas y se alejó. Yo me quedé horas allí, en medio de una noche sin luna, disfrutando un mar oscuro sólo para mí. Un mar que podía reposar, por fin, de tantas absurdas luces y tantas lascivas miradas.

Cosa de costumbre

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

El mundo tiene mucho por decirme pero aún no me acostumbro a escucharlo…

Viajeros del tiempo

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Una ley de la relatividad especial de Einstein dice que “la velocidad combinada del movimiento de cualquier objeto a través del espacio y su movimiento a través del tiempo es siempre exactamente igual a la velocidad de la luz”. Suena un poco extraño, pero es uno de los grandes descubrimientos de aquel genio solitario. Si algo está inmóvil para nuestros sentidos en realidad se está moviendo, junto con nosotros, a velocidad luz por el tiempo. Si ese algo (un automóvil, un avión, una persona) se mueve de repente en el espacio (avanza, retrocede o da unos pasos) su movimiento a través del tiempo se frena un poco, pero mantiene invariable su total de movimientos combinado (el que va a través del tiempo y el que está haciendo por el espacio), sumando ambos siempre la velocidad luz. Si pudiéramos viajar a velocidad luz por el espacio (algo imposible, pues sólo puede hacerlo la misma luz) el tiempo se detendría, pues no quedaría margen de movimiento en el propio tiempo. De esa forma, viajamos a velocidad luz por el tiempo y robamos algo de esa velocidad cuando nos movemos por la vida cotidiana. No es un fenómeno perceptible, claro, pues somos viajeros en el tiempo y nuestros relojes regulan lo cotidiano mientras comparten el viaje con nosotros. Eso cambia totalmente nuestros modelos de referencia. Si alguien está completamente inmóvil, en un sueño profundo, en realidad está viajando a velocidad luz por el tiempo. Seguiré pensando en eso hoy cuando vaya a dormir. Que nadie ose molestarme: viajar a velocidad luz tiene su chiste y eso significa permanecer todo lo inmóvil que se pueda.