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El joven que llegó a Colima

Fecha: 10 de agosto de 2017 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 0

En plena intervención francesa un joven de 25 años llegó a Colima buscando un refugio donde aún latiera el ánimo patriótico. Su ciudad natal había claudicado frente a los invasores y sin disparar un solo tiro, más bien con agrado, pero Colima resistía con un digno entusiasmo liberal. Para llegar a ella debió recorrer a caballo, acompañado de su joven esposa, un peligroso camino real, con los obligados pasos por las exuberantes barrancas de Atenquique y El Platanar, en un periodo de graves disturbios donde abundaban salteadores y rebeldes. Colima recibió bien al joven letrado, quien llegó a ser magistrado del Poder Judicial y Secretario General de Gobierno (quizás el más joven de la historia local hasta el momento), durante el periodo del Gobernador Julio García. También fue director del periódico oficial y redactor en jefe de otro llamado «La Independencia», donde alentaba a la población contra las fuerzas conservadoras. Veinte años después, en 1884, publicaría en su propia imprenta sus memorias, tituladas «Algunas campañas», con el precioso testimonio de esa difícil y apasionante época. Estas memorias pueden ser consultadas en nuestros días gracias a dos ediciones recientes, una del Fondo de Cultura Económica y otra de Secretaria de Cultura del Gobierno Federal. Sus apuntes recorren los azares de la guerra, pero se detienen, con añoranza, en la cálida descripción del Colima del siglo XIX. Allí aparecen muchos de nuestros signos de identidad, algunos vigentes, otros olvidados: el Jardín Núñez, el portal, los cocos, la tuba, las palmeras, San Cayetano, El Trapiche, el puerto de Manzanillo, los ríos, los árboles cuajados de frutas y los famosos paseos a La Albarradita y La Estancia. Esas memorias también bullen con la situación política del momento, que el osado joven vivió a plenitud. La fortuna terminaría alejándolo un día de Colima y dirigiendo sus pasos hacia la capital del país, pero también hacia el prestigio político, literario y periodístico. Su nombre fue Ireneo Paz. Con los años tendría un hijo abogado que, como él, se arrojaría a una revolución (la zapatista) y después un nieto —muy parecido espiritualmente a él— al que ayudaría a criar en su casona de Mixcoac. Un nieto brillante con gusto por la poesía, la edición de revistas, el análisis político, la historia y el ensayo literario. En suma, con las pasiones de su abuelo. Ese nieto fue Octavio Paz. La historia de Colima, nadie podrá negarlo, sigue brindando sorpresas…

Tal es la cuestión

Fecha: 10 de agosto de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Me dijeron: «sé tú mismo».

El problema es que aún no sé quién soy.

Golpe de Fortuna

Fecha: 10 de agosto de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

La vida está llena de caminos, veredas y extravíos. Se acierta en el rumbo a fuerza de insistencia o por golpe de fortuna…‬

Imposible retornar

Fecha: 10 de agosto de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Los callejones sin salida no tienen problema. Es fácil percatarse del error, retornar y avanzar de nuevo. El verdadero problema es seguir por caminos bellos sin llegar a donde debes‬, esos caminos que embelesan hasta el punto del enredo, hasta que, años después, descubres que eso es desvío no camino, pero ya es imposible retornar…

Tortugas que caen del cielo

Fecha: 10 de agosto de 2017 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 0

Se dice que Esquilo, el gran escritor trágico, murió en Sicilia por la torpeza de un águila que intentaba romper el caparazón de una tortuga: la dejó caer sobre la redonda y calva cabeza del dramaturgo, pensando que era una blanca roca. Es una invención, claro, pero se volvió leyenda con facilidad y, hasta la fecha, decenas de aspirantes a eruditos caen en la trampa volviendo a contar la absurda historia. No es extraño: a muchos ociosos la realidad les parece insuficiente y quieren adornarla. De cualquier forma la historia me despierta miedos y cada que voy al campo miro al cielo para ver si algún proyectil se dirige hacia mi cabeza, que es grande, redonda y sin cabellos (quedé calvo entre los treinta y los cuarenta, a pesar del matorral que presumía en mis veinte), tanto así que bien podría asemejar una roca para aves despistadas o miopes. Sé que por los campos de Colima no deambulan las tortugas. Tampoco sé de aves colimenses que rompan huesos o caparazones desde las alturas y el famoso buitre «quebrantahuesos» (Gypaetus barbatus) no anida en América, según tengo entendido, pero nunca se sabe y es preferible la prudencia. Así que si alguien me ve mirando hacia arriba no suponga, por favor, que estoy buscando ovnis: ando evitando colisiones.