Es tan deprimente la depresión…
Es tan deprimente la depresión…
Somos un poco de esto, otro de aquello y mucho más de lo que alguien hizo con nosotros.
¿Somos lo que queremos o lo que se puede?
¿Somos lo que nos proponemos o lo que alguien nos deja ser?
Ayer fui al jardín. La tarde llena de magia. Los niños se columpiaban levantando sus cabezas al cielo y abriendo sus labios para recibir la lluvia. Fui a un columpio y los imité. Recordé que hacía lo mismo en el Jardín de San Francisco, aquellas tardes de lluvia cuando tenía esa edad. Los niños me miraron con regocijo: un hombre que desafía a los años y se deja columpiar mientras bebe del cielo. Por unos instantes volví a empaparme. Volví a ser.
Leo algo de la Paideia y un esquilín negro (así les decimos en Colima a unas hormigas pigmeas) deambula por mi página. Dos veces soplé para ahuyentarlo y retornó obsesivo, distrayendo mi mirada de las líneas de Jaeger. Inadmisible aplastarlo con la punta de mi dedo: crecí con los esquilines, como todo buen colimense y respeto en lo posible sus atareadas vidas. Me resigné a dejarlo por allí, sin más trámite, pero en algún momento, mirándolo sin prisa, descubrí que no es esquilín: es una letra que perdió su lugar entre los miles de palabras. Ya tengo un rato esperando a que se decida, se forme en el hueco que le espera y se tranquilice por fin, para dejarse leer sin sobresaltos. Grecia puede esperar a que el esquilín tipográfico llegue al sitio que reclama.