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Sin sentido…

Fecha: 14 de marzo de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

A veces se quiere buscar el sentido a todo. Incluso se dice que algo «no tiene sentido» cuando se le descalifica por absurdo o incomprensible. Pero no todo debe tener ese sentido que tanto ambicionamos. Una calle sin sentido evidente, por ejemplo, es que no fue hecha para transitar. Es una calle a donde se llega sin prisa y sin necesidad de buscar una salida de inmediato. Está allí para disfrutarla sin pretender hacer algo. Una calle para vivir. Buscaré esa calle, me instalaré allí y correré a quien llegue intentando darle dirección y propósito. Quizás perder el sentido sea lo más sensato.

Aquello de lo que estás hecho…

Fecha: 14 de marzo de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Hace algunos años acompañé a unos amigos amantes de lo extremo a un descenso en rapel desde una elevada barranca. Ya había practicado lo suficiente, incluyendo esa extraña sensación de plena horizontalidad en un alto muro vertical, como si se caminara desafiando la gravedad. Aún así me daba cuenta que eso no era lo mío. Soy muy torpe con las manos y muy pesado (aunque en esos años era muchacho y estaba en forma), así que toda maniobra que mis amigos hacían con soltura, casi en automático, a mí me costaba demasiada concentración y esfuerzo. Todo talento es así: si lo tienes se hace fácil y si no debes esforzarte mucho. Aquel día cuando llegué al borde comprendí que no podría hacerlo. Implicaría un riesgo demasiado alto a cambio de una experiencia que tampoco me ofrecía grandes satisfacciones. Así que desistí. Mis amigos me dijeron que si no lo intentaba «nunca sabría de qué estaba hecho». La frase era usual por aquellos años (quizás la puso de moda alguna película), pero no me sonó convincente. Les dije que no lo haría y me fui a esperarlos a un lugar cómodo y sombreado donde me la pasé leyendo (siempre llevo algo para leer, sin importar a donde vaya), mientras ellos descendían por esos enmarañados declives. Pasaron los años y encontré las materias en las que poseo talento, que sigo disfrutando hasta la fecha. Me alejé también de las otras, las que me exigían demasiado sin procurarme grandes satisfacciones. Aquellos amigos siguen haciendo cosas extrañas y emocionantes. Acentuaron en su vida las emociones físicas. Yo leo, hablo y escribo. Elegí para mi vida las gratas emociones que ofrece la reflexión. A final de cuentas no necesité bajar en rapel por el abismo para darme cuenta de quien soy y de lo que estoy hecho. A veces se aprende por omisión tanto como por acción y los que se abstienen o declinan pueden vencer tanto como los que osan y emprenden

Mi máquina maravillosa

Fecha: 7 de marzo de 2017 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

Enfrento una dificultad o muchas. Sucede que mi personalidad es obsesiva. Siempre fue así. Creo que ello debió originarse en mi infancia (por lo menos así lo dictan los cánones) pero no identifico con claridad ese momento. Mis obsesiones no se llamaban así cuando era niño, sino “manías”. Así les decían mis padres. Tenía muchas. Recuerdo por ejemplo que duraba horas rascándome la nariz, hasta que se me volvía una masa colorada. Duré mucho con esa obsesión. Mi padre me mostraba, por aquellos años, a un trabajador del Cine Princesa (que ya no existe), que tenía una nariz deformada. Me decía: “si no controlas esa manía de rascarte la nariz te quedará así”. Pero no podría evitarlo. Un día por fin lo logré, pero entonces comencé a tallarme con frenesí los ojos, a tal punto que los traía infectados y en algún momento hasta tuvieron que llevarme al oftalmólogo para hacer curaciones especiales.

Mis padres debieron llevarme con un psicólogo, no con el oftalmólogo, pero me da la impresión que no había psicólogos en ese tiempo en Colima (y mucho menos psicólogos infantiles). Lo cierto es que ambos parecían muy preocupados por mis extrañas costumbres y, años después, mi madre me contó que rezaba mucho para pedir que no me volviera loco. En fin, aquella manía de los ojos también la superé con el tiempo, pero comencé a hacer otra cosa. De hecho, por cada manía erradicada surgía otra, en una sucesión interminable.

Lo más complicado era lo que ocurría en mi cabeza: me imaginaba prisionero de reglas que debía seguir para sentirme mejor. Por ejemplo, tocaba las puertas tres veces antes de abrirlas. Si tocaba algún objeto accidentalmente tenía que regresar a tocarlo dos veces más, para completar los tres toques de rigor. Cuando caminaba tenía que evitar las rayas en el pavimento o en cualquier lugar y es fácil imaginar el suplicio que significaba atravesar por un piso de pequeños mosaicos. Una pesadilla.También me ocurría que si tenía que rodear una mesa, como la del comedor, tenía que regresarme y completar el círculo desde el otro lado. Es decir, si caminaba por la derecha tenía que regresar a completar esa vuelta pero ahora por la izquierda.

Un día me sentí agotado y decidí inventar una maquinaria fantástica en mi cabeza: era una máquina mágica, llena de ruedas con poleas y otros dispositivos luminosos. El propósito de esa maquinaria era subsanar de forma automática todas mis obsesiones hasta lograr el equilibrio perfecto y devolver la tranquilidad a mi atribulada mente. La terminé de construir en mi cabeza y la puse a funcionar. Giraba con fuerza y todo se restablecía. Resultó a la perfección: si tocaba algo accedentalmente ya no tenía que regresarme a tocarlo otras dos veces, pues la máquina realizaba una simulación de mí mismo regresando a tocar el objeto las veces que eran necesarias. Si rodeaba alguna mesa o cualquier objeto por la derecha, la máquina enviaba a un doble mío a completar la circunvolución por el otro lado y todo perfecto. Aún hago a veces ese procedimiento mental, pero como desde niño programé la maquinaria para que restableciera todos los equilibrios y la dejé funcionando en automático, comencé a desprenderme de todas esas obsesiones, por lo menos de las más marcadas y angustiantes.

De esa forma pude seguir funcionando sin que nadie se fijara en mis manías. Hasta mis padres percibieron que ya no tenía tantas obsesiones y logré seguir conociendo amigos sin que nadie se percatara de lo que ocurría en mi mente.

El caso es que si bien logré controlar las manifestaciones externas (por lo menos la mayoría) de mis obsesiones o manías, sigo conservando algunas de ellas. Por ejemplo, parpadeo muchas veces en ciertos momentos, muevo compulsivamente un hombro o golpeteo los dedos de los pies contra los zapatos. Igual que cuando era niño, apenas logro identificar y controlar una obsesión me surge otra. Pero es notable el triunfo que alcancé con mi máquina maravillosa, ya que las obsesiones de hoy son menos marcadas y llamativas que las de ayer. Además, ya no me angustian tanto. Fue mi gran invento infantil y le estoy muy agradecido.

La caída

Fecha: 22 de febrero de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Apenas cumplen un par de días los polluelos de la barnacia cariblanca —ave de la familia de los patos y los gansos, que anida en altos peñascos— cuando ya deben enfrentar el mayor reto de sus vidas: deben arrojarse al vacío para llegar a las tierras bajas, donde hay pastos y podrán alimentarse. Es dramático verlos caer desde tan alto. Es una altura que acumula decenas y hasta de cientos de veces su tamaño. La caída es aterradora por algo más: es un risco de piedras afiladas, lleno de salientes que los hacen rebotar y de hendiduras calizas que los podrían atrapar y perder para siempre. De la camada de cuatro o cinco polluelos sobreviven dos, con suerte tres. A veces ninguno. Es una prueba demasiado dura para un recién nacido. Los salva su peso ligero y su plumaje acolchado, además de un instinto que les hace expandir sus minúsculas y malformadas alas, insuficientes para volar o planear, pero que al menos contienen algo de la velocidad en esa vertiginosa caída. Aún así los impactos son pavorosos. Los pequeños emplumados rebotan, pierden la cabeza o se destrozan. Lo increíble es que algunos sobreviven, se enderezan y logran seguir a sus progenitores hasta los pastos, donde iniciarán otros retos por la vida.

Pero lo dramático no termina allí: algunos polluelos son tan desafortunados que, al llegar al suelo, los espera algún depredador, como el zorro nórdico, que los devora sin piedad. Arrojarse, caer, y sobrevivir maltrecho para ser engullido por colmillos salvajes… ¿Vale la pena nacer para morir así?

Se dice que ese salto es una prueba inicial de la naturaleza para ejercer una forma de selección natural, pero es algo dudoso, a menos que esa selección implique a la Fortuna, pues no sobreviven los más aptos, ni los más fuertes, sólo los más suertudos, es decir, aquéllos que el azar permitió evitar las rocas más hirientes y que encontraron el suelo sin depredadores a la vista.

A veces me siento como ellos: arrojado al vacío y cayendo a lugares inciertos, donde espera la supervivencia o una muerte injusta y angustiosa. No soy un recién nacido, claro, pero hay cierta analogía en todo esto que me resulta inquietante. Quizás se trate del permanente dilema entre la comodidad y la audacia, entre las ganas de una vida sosegada y la vocación por el riesgo.

Quizás deberíamos abstenernos de vivir algunas cosas para evitar el dolor de la caída que vendrá después, pero es inevitable hacerlo. Quedarse allí, en ese confortable lugar donde se nace o donde se está, es una condena a la inanición. No queda sino arrojarse, sabiendo que quienes sobreviven al salto no son los más dotados, sino los más afortunados.

Sólo al llegar al suelo sabremos qué tan afortunados somos. Mientras tanto lo único que tenemos es la caída.

El ejercicio del día…

Fecha: 22 de febrero de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Unas agradables señoras se reúnen todas las mañanas en la esquina de un jardín donde a veces, sólo a veces, voy a caminar. Llegan temprano, bien peinadas, con bellas prendas deportivas, se colocan en la esquina y se disponen a platicar de pie durante una hora o mucho más. No es un platica casual. Por sus gestos y ademanes da la impresión de una charla en forma, como si estuvieran sentadas tranquilamente en un café o un bar. Al concluir la rutina se despiden, intercambian abrazos y besitos y se van tranquilamente a seguir con sus vidas. Verlas tan contentas me da envidia. No todos piensan como yo. Un amigo que hace por allí sus ejercicios matutinos parece aborrecerlas. Les da esa categoría, nada grata, que descalifica a las mujeres comunicativas, mientras sigue sudando en sus propios empeños, corriendo con rabia por el lado duro del jardín. Yo sigo caminando despacio y en cada vuelta las señoras me parecen no sólo agradables, sino más afortunadas que yo. Después de todo el ejercicio, si bien busca la salud, muchas veces la estropea. Quizás tonifique lo cardiovascular pero deja otras secuelas. Tengo amigos, excelentes trotadores, que a estas alturas ya no pueden ni caminar. Además, el ejercicio también parece un recurso para evadir la soledad y los que se dedican a esculpir con obsesión su cuerpo me parecen los seres más solitarios de la existencia. Si todos tuviéramos la oportunidad de salir a charlar con los amigos un buen rato por la mañana, en lugar de ir a quemar unas cuantas calorías sacrificando rodillas y ligamentos, quizás nuestra vida sería un poco menos sana pero sin duda más feliz. Aunque, pensándolo bien, también podría ser un poco más sana, pues con las buenas charlas se disipan más fácil las angustias (ésas que provocan los infartos) que con esos ciclos fatigosos donde gotea la premura. Para la siguiente vez que vaya al jardín ya tengo una estrategia: daré unas vueltas sigiloso y saludaré en cada ocasión a las señoras. Quizás, con un poco de suerte, me inviten a chismear y me incorporen al grupo de forma permanente. Si me ven un día por allí déjenme en paz. Todo será por mi salud y mis rodillas perdurarán.