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Fecha: 27 de marzo de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Quien intente responder todas las preguntas trascendentales que le surjan al paso por la vida se volverá loco. Estamos hechos para responder unas cuantas, quizás una o dos, con suerte tres, intentándolo muchas veces. Aún así, nunca sabremos si nuestras respuestas fueron las definitivas: lo más posible es que sólo tengan el poder de tranquilizarnos, haciéndonos suponer que encontramos algunas válidas o al menos razonables. Después de todo no respondemos nada. Sólo nos apaciguamos.

Del dimorfismo, los travestidos y los taxistas

Fecha: 23 de marzo de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

El dimorfismo sexual, es decir, la diferencia anatómica entre machos y hembras, explica muchas conductas entre los animales. Un marcado dimorfismo indica que los machos dominantes lucharán por el derecho a reproducirse, surgirá un líder o macho alfa y se formarán los fenómenos del «harén» animal, como ocurre con los gorilas. Un dimorfismo ligero, casi nulo, será favorable a relaciones monógamas y estables entre las parejas, como les ocurre a muchas aves. El dimorfismo es una clave de los arqueólogos y antropólogos para identificar posibles antepasados homínidos en la ruta de la evolución hacia los Homo sapiens o seres humanos. A mayor dimorfismo identificado entre los restos, será más primitivo el espécimen localizado. Al contrario, a menor dimorfismo podremos hablar de un camino evolutivo más cercano a nuestra propia especie, como ocurre con los Homo erectus, los Homo heidebergensis, los Homo neanderthalensis, y por supuesto, los Homo sapiens. En efecto, somos una especie de dimorfismo atenuado, pero aún visible. Existen pocas diferencias radicales entre mujeres y hombres, pero las diferencias se mantienen (por fortuna). El dimorfismo, aún atenuado, explica que subsistan ciertas tendencias competitivas entre los machos de la especie y conductas de harén en algunas culturas. Incluso, el tenaz dimorfismo puede explicar los intentos de control sexual y el acoso en las instituciones, fenómenos que intentamos combatir y erradicar hasta la fecha. Pero ese dimorfismo atemperado también nos permite establecer relaciones monógamas, sin que el tamaño, la complexión o la fuerza corporal de los varones resulte una condición. Todo depende de la voluntad, el deseo y la propia cultura. A final de cuentas, el ser humano puede elegir su propio camino y todo se reduce al libre albedrío: sea la sensatez, sea el despilfarro. Pero el dimorfismo adquiere extraños rumbos entre la especie humana. Una vez circulé arriba de un taxi por la Avenida Insurgentes de la Ciudad de México. Ya era muy noche y las libélulas nocturnas deambulaban por las esquinas. El taxista me dijo: «si notas una mujer escultural es que en realidad no es mujer: es un travesti. Las mujeres son más naturales y menos llamativas». En efecto, el pedagógico taxista me fue indicando durante el trayecto, con mirada de águila, cuál era mujer y cuál hombre travestido. La clave eran las manos, pues «aún no se inventa algo que sustituya las grandes y toscas manos de los varones por las suaves manos femeninas». Ni hablar, eso del dimorfismo es algo complicado en nuestra era. Algún arqueólogo del futuro tendrá que conseguir a un taxista que le explique cómo son en verdad las cosas…

Sin sentido…

Fecha: 14 de marzo de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

A veces se quiere buscar el sentido a todo. Incluso se dice que algo «no tiene sentido» cuando se le descalifica por absurdo o incomprensible. Pero no todo debe tener ese sentido que tanto ambicionamos. Una calle sin sentido evidente, por ejemplo, es que no fue hecha para transitar. Es una calle a donde se llega sin prisa y sin necesidad de buscar una salida de inmediato. Está allí para disfrutarla sin pretender hacer algo. Una calle para vivir. Buscaré esa calle, me instalaré allí y correré a quien llegue intentando darle dirección y propósito. Quizás perder el sentido sea lo más sensato.

Aquello de lo que estás hecho…

Fecha: 14 de marzo de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Hace algunos años acompañé a unos amigos amantes de lo extremo a un descenso en rapel desde una elevada barranca. Ya había practicado lo suficiente, incluyendo esa extraña sensación de plena horizontalidad en un alto muro vertical, como si se caminara desafiando la gravedad. Aún así me daba cuenta que eso no era lo mío. Soy muy torpe con las manos y muy pesado (aunque en esos años era muchacho y estaba en forma), así que toda maniobra que mis amigos hacían con soltura, casi en automático, a mí me costaba demasiada concentración y esfuerzo. Todo talento es así: si lo tienes se hace fácil y si no debes esforzarte mucho. Aquel día cuando llegué al borde comprendí que no podría hacerlo. Implicaría un riesgo demasiado alto a cambio de una experiencia que tampoco me ofrecía grandes satisfacciones. Así que desistí. Mis amigos me dijeron que si no lo intentaba «nunca sabría de qué estaba hecho». La frase era usual por aquellos años (quizás la puso de moda alguna película), pero no me sonó convincente. Les dije que no lo haría y me fui a esperarlos a un lugar cómodo y sombreado donde me la pasé leyendo (siempre llevo algo para leer, sin importar a donde vaya), mientras ellos descendían por esos enmarañados declives. Pasaron los años y encontré las materias en las que poseo talento, que sigo disfrutando hasta la fecha. Me alejé también de las otras, las que me exigían demasiado sin procurarme grandes satisfacciones. Aquellos amigos siguen haciendo cosas extrañas y emocionantes. Acentuaron en su vida las emociones físicas. Yo leo, hablo y escribo. Elegí para mi vida las gratas emociones que ofrece la reflexión. A final de cuentas no necesité bajar en rapel por el abismo para darme cuenta de quien soy y de lo que estoy hecho. A veces se aprende por omisión tanto como por acción y los que se abstienen o declinan pueden vencer tanto como los que osan y emprenden

Mi máquina maravillosa

Fecha: 7 de marzo de 2017 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

Enfrento una dificultad o muchas. Sucede que mi personalidad es obsesiva. Siempre fue así. Creo que ello debió originarse en mi infancia (por lo menos así lo dictan los cánones) pero no identifico con claridad ese momento. Mis obsesiones no se llamaban así cuando era niño, sino “manías”. Así les decían mis padres. Tenía muchas. Recuerdo por ejemplo que duraba horas rascándome la nariz, hasta que se me volvía una masa colorada. Duré mucho con esa obsesión. Mi padre me mostraba, por aquellos años, a un trabajador del Cine Princesa (que ya no existe), que tenía una nariz deformada. Me decía: “si no controlas esa manía de rascarte la nariz te quedará así”. Pero no podría evitarlo. Un día por fin lo logré, pero entonces comencé a tallarme con frenesí los ojos, a tal punto que los traía infectados y en algún momento hasta tuvieron que llevarme al oftalmólogo para hacer curaciones especiales.

Mis padres debieron llevarme con un psicólogo, no con el oftalmólogo, pero me da la impresión que no había psicólogos en ese tiempo en Colima (y mucho menos psicólogos infantiles). Lo cierto es que ambos parecían muy preocupados por mis extrañas costumbres y, años después, mi madre me contó que rezaba mucho para pedir que no me volviera loco. En fin, aquella manía de los ojos también la superé con el tiempo, pero comencé a hacer otra cosa. De hecho, por cada manía erradicada surgía otra, en una sucesión interminable.

Lo más complicado era lo que ocurría en mi cabeza: me imaginaba prisionero de reglas que debía seguir para sentirme mejor. Por ejemplo, tocaba las puertas tres veces antes de abrirlas. Si tocaba algún objeto accidentalmente tenía que regresar a tocarlo dos veces más, para completar los tres toques de rigor. Cuando caminaba tenía que evitar las rayas en el pavimento o en cualquier lugar y es fácil imaginar el suplicio que significaba atravesar por un piso de pequeños mosaicos. Una pesadilla.También me ocurría que si tenía que rodear una mesa, como la del comedor, tenía que regresarme y completar el círculo desde el otro lado. Es decir, si caminaba por la derecha tenía que regresar a completar esa vuelta pero ahora por la izquierda.

Un día me sentí agotado y decidí inventar una maquinaria fantástica en mi cabeza: era una máquina mágica, llena de ruedas con poleas y otros dispositivos luminosos. El propósito de esa maquinaria era subsanar de forma automática todas mis obsesiones hasta lograr el equilibrio perfecto y devolver la tranquilidad a mi atribulada mente. La terminé de construir en mi cabeza y la puse a funcionar. Giraba con fuerza y todo se restablecía. Resultó a la perfección: si tocaba algo accedentalmente ya no tenía que regresarme a tocarlo otras dos veces, pues la máquina realizaba una simulación de mí mismo regresando a tocar el objeto las veces que eran necesarias. Si rodeaba alguna mesa o cualquier objeto por la derecha, la máquina enviaba a un doble mío a completar la circunvolución por el otro lado y todo perfecto. Aún hago a veces ese procedimiento mental, pero como desde niño programé la maquinaria para que restableciera todos los equilibrios y la dejé funcionando en automático, comencé a desprenderme de todas esas obsesiones, por lo menos de las más marcadas y angustiantes.

De esa forma pude seguir funcionando sin que nadie se fijara en mis manías. Hasta mis padres percibieron que ya no tenía tantas obsesiones y logré seguir conociendo amigos sin que nadie se percatara de lo que ocurría en mi mente.

El caso es que si bien logré controlar las manifestaciones externas (por lo menos la mayoría) de mis obsesiones o manías, sigo conservando algunas de ellas. Por ejemplo, parpadeo muchas veces en ciertos momentos, muevo compulsivamente un hombro o golpeteo los dedos de los pies contra los zapatos. Igual que cuando era niño, apenas logro identificar y controlar una obsesión me surge otra. Pero es notable el triunfo que alcancé con mi máquina maravillosa, ya que las obsesiones de hoy son menos marcadas y llamativas que las de ayer. Además, ya no me angustian tanto. Fue mi gran invento infantil y le estoy muy agradecido.