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La caída

Fecha: 22 de febrero de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Apenas cumplen un par de días los polluelos de la barnacia cariblanca —ave de la familia de los patos y los gansos, que anida en altos peñascos— cuando ya deben enfrentar el mayor reto de sus vidas: deben arrojarse al vacío para llegar a las tierras bajas, donde hay pastos y podrán alimentarse. Es dramático verlos caer desde tan alto. Es una altura que acumula decenas y hasta de cientos de veces su tamaño. La caída es aterradora por algo más: es un risco de piedras afiladas, lleno de salientes que los hacen rebotar y de hendiduras calizas que los podrían atrapar y perder para siempre. De la camada de cuatro o cinco polluelos sobreviven dos, con suerte tres. A veces ninguno. Es una prueba demasiado dura para un recién nacido. Los salva su peso ligero y su plumaje acolchado, además de un instinto que les hace expandir sus minúsculas y malformadas alas, insuficientes para volar o planear, pero que al menos contienen algo de la velocidad en esa vertiginosa caída. Aún así los impactos son pavorosos. Los pequeños emplumados rebotan, pierden la cabeza o se destrozan. Lo increíble es que algunos sobreviven, se enderezan y logran seguir a sus progenitores hasta los pastos, donde iniciarán otros retos por la vida.

Pero lo dramático no termina allí: algunos polluelos son tan desafortunados que, al llegar al suelo, los espera algún depredador, como el zorro nórdico, que los devora sin piedad. Arrojarse, caer, y sobrevivir maltrecho para ser engullido por colmillos salvajes… ¿Vale la pena nacer para morir así?

Se dice que ese salto es una prueba inicial de la naturaleza para ejercer una forma de selección natural, pero es algo dudoso, a menos que esa selección implique a la Fortuna, pues no sobreviven los más aptos, ni los más fuertes, sólo los más suertudos, es decir, aquéllos que el azar permitió evitar las rocas más hirientes y que encontraron el suelo sin depredadores a la vista.

A veces me siento como ellos: arrojado al vacío y cayendo a lugares inciertos, donde espera la supervivencia o una muerte injusta y angustiosa. No soy un recién nacido, claro, pero hay cierta analogía en todo esto que me resulta inquietante. Quizás se trate del permanente dilema entre la comodidad y la audacia, entre las ganas de una vida sosegada y la vocación por el riesgo.

Quizás deberíamos abstenernos de vivir algunas cosas para evitar el dolor de la caída que vendrá después, pero es inevitable hacerlo. Quedarse allí, en ese confortable lugar donde se nace o donde se está, es una condena a la inanición. No queda sino arrojarse, sabiendo que quienes sobreviven al salto no son los más dotados, sino los más afortunados.

Sólo al llegar al suelo sabremos qué tan afortunados somos. Mientras tanto lo único que tenemos es la caída.

El ejercicio del día…

Fecha: 22 de febrero de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Unas agradables señoras se reúnen todas las mañanas en la esquina de un jardín donde a veces, sólo a veces, voy a caminar. Llegan temprano, bien peinadas, con bellas prendas deportivas, se colocan en la esquina y se disponen a platicar de pie durante una hora o mucho más. No es un platica casual. Por sus gestos y ademanes da la impresión de una charla en forma, como si estuvieran sentadas tranquilamente en un café o un bar. Al concluir la rutina se despiden, intercambian abrazos y besitos y se van tranquilamente a seguir con sus vidas. Verlas tan contentas me da envidia. No todos piensan como yo. Un amigo que hace por allí sus ejercicios matutinos parece aborrecerlas. Les da esa categoría, nada grata, que descalifica a las mujeres comunicativas, mientras sigue sudando en sus propios empeños, corriendo con rabia por el lado duro del jardín. Yo sigo caminando despacio y en cada vuelta las señoras me parecen no sólo agradables, sino más afortunadas que yo. Después de todo el ejercicio, si bien busca la salud, muchas veces la estropea. Quizás tonifique lo cardiovascular pero deja otras secuelas. Tengo amigos, excelentes trotadores, que a estas alturas ya no pueden ni caminar. Además, el ejercicio también parece un recurso para evadir la soledad y los que se dedican a esculpir con obsesión su cuerpo me parecen los seres más solitarios de la existencia. Si todos tuviéramos la oportunidad de salir a charlar con los amigos un buen rato por la mañana, en lugar de ir a quemar unas cuantas calorías sacrificando rodillas y ligamentos, quizás nuestra vida sería un poco menos sana pero sin duda más feliz. Aunque, pensándolo bien, también podría ser un poco más sana, pues con las buenas charlas se disipan más fácil las angustias (ésas que provocan los infartos) que con esos ciclos fatigosos donde gotea la premura. Para la siguiente vez que vaya al jardín ya tengo una estrategia: daré unas vueltas sigiloso y saludaré en cada ocasión a las señoras. Quizás, con un poco de suerte, me inviten a chismear y me incorporen al grupo de forma permanente. Si me ven un día por allí déjenme en paz. Todo será por mi salud y mis rodillas perdurarán.

El cuadro

Fecha: 3 de febrero de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Ayer soñé con un cuadro que no existe. Podría describirlo hasta en el íntimo detalle. Un hombre que parece espiritual, quizás un sacerdote o el ministro de algún culto, se sienta perezoso sobre el pasto mirando el campo mientras unas muchachas revolotean por allí, mostrando como al descuido su piel. Ellas parece reír pero lo ignoran. El mira. A su lado un hombre parece susurrarle algo al oído. Vi el título: «Tentación». Quise mirar el nombre del autor pero sólo pude apreciar un garabato. ‬El cuadro parece reflejar esa íntima tensión en el hombre de espíritu. No sabemos si está por levantarse y correr tras las muchachas, si le dará un golpe al que le anima (o contiene) o si sólo cederá al capricho de mirarlas con descarada lascivia. Ya busqué el cuadro en todas partes y no existe, así que no puede ser un recuerdo. Alguien supondrá que es una proyección de mis propios debates, una expresión del duelo entre mi instinto y mi razón. Quizás un psicólogo me indique el penoso conflicto entre mi «ello» y mi «suoeryó», es decir, entre los seres angelicales y demoniacos (apollíneos y dionisiacos, diría Nietzsche) que se posan sobre mis hombres y mordisquean mis orejas. Pero no es así. Tengo tan incorporada la oscuridad a mi ser de todos los días, que ningún rasgo oculto tiene necesidad de brotar en desbarajuste por los sueños. Quizás sea, simplemente, que ese cuadro existe pero aún no lo descubre ningún artista. Es un cuadro que aún no está pintado.

Enemigo mío

Fecha: 3 de febrero de 2017 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Mi perro tiene un enemigo, un perrito vecino, muy sangrón, que asusta a los niños y gusta de mordisquear los talones al pasar. Mi perro lo aborrece. Cuando lo ve desde la ventana le ladra con frenesí, hasta que logra que salga de su campo de visión. Muchas veces lo encuentro desesperado, atrás de la puerta, suplicando la oportunidad de salir a disputar el territorio. El paseo se vuelve aterrador si lo llevo a la calle cuando el perrito rival está por allí. Mi perro es pequeño, pero en esas ocasiones se sacude con furia salvaje intentando ir al combate con su animoso rival. En una ocasión logró zafarse de la correa, protagonizando una pavorosa confrontación que terminó con mi perro persiguiendo por la calle al adversario. Aún así el equilibrio se mantenía, como si fuera una guerra fría que se caldeaba por momentos, hasta que una vez el odiado perrito se extravió y no se supo de su destino por varios días. Incluso sus dueños, mis vecinos, lo dieron por perdido. Entonces mi perro cayó en depresión. Miraba por la ventana para ver si surgía alguna ocasión para ladrar con la furia acostumbrada, pero nada. Cuando lo sacaba a pasear volteaba hacia la casa vecina para ver si lo descubría, pero de nuevo nada. En lugar de retornar con energía de los paseos lo percibía triste y somnoliento. Un día el perrito regresó, mis vecinos se alegraron y todo volvió a la furiosa normalidad, con mi perro insistiendo en las viejas mañas. Recobró el estruendo pero también la vitalidad. Hasta la fecha se mantiene vigilante y no perdona oportunidad para manifestar su agitada oposición. Así sigue, ladrando cada que ve al odiado y luchando por la oportunidad de alguna pelea que culmine en una sabrosa persecución. Me doy cuenta, al ver el entusiasmo de mi perro, que todos necesitamos un enemigo. Si no tenemos esa fortuna habrá que inventarlo. Es algo bueno para la salud y le da sentido a la vida cotidiana.

Erguidos

Fecha: 20 de enero de 2017 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Un día los seres humanos aprendieron a erguirse. Otro día a dominar. Otro día a inclinarse. Sí, permanecer erguidos es una tarea difícil.