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Fertilidad no es abundancia

Fecha: 17 de septiembre de 2016 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

Lo estéril se parece más a lo abundante que a lo escaso. Es en la abundancia cuando decrecen los ímpetus y se arruinan los mejores afanes. En cambio, en medio de lo árido y lo adverso se amplifican los esfuerzos y se consiguen los mejores resultados. La civilización pudo nacer en lo casi desértico, nunca en lo selvático.

¿Audaces?

Fecha: 13 de septiembre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

El toxoplasma gondii es un parasito intracelular con manías de control. Si, suena extraño pero tiene el poder de manipular la conducta y trastornar a los organismos donde se hospeda. Cuando entra en contacto con las ratas, por ejemplo, se incrusta en sus glóbulos blancos y genera sustancias (neurotransmisores, en realidad) que inhiben el miedo y provocan una reacción lenta frente al peligro. La consecuencia es una rata o un ratón osado, que se pasea impunemente entre los gatos y puede llegar a atacarlos. Los gatos reaccionan al principio con sorpresa, pues todo lo antinatural es extraño, pero después recuerdan que el temerario roedor, aunque agresivo, es en realidad un bocado y lo devoran. Eso es lo que quiere el parásito, pues los roedores no son su prioridad. Ya dentro del gato, el toxoplasma gondii encuentra las condiciones propicias para reproducirse: los intestinos del felino doméstico. Su retorcida descendencia sale por las haces del gato y termina contaminando a más roedores para reiniciar ese tétrico ciclo. Por supuesto, este parásito puede entrar en contacto con los humanos y de hecho, un alto porcentaje de la población lo alberga sin consecuencias severas, ya que nuestras defensas naturales lo contienen. Advirtamos que no todo es culpa de los gatos. A esta doméstica especie solemos atribuirle maldades inauditas, muchas veces sin razón. En realidad es más fácil que tan desagradable inquilino ingrese a los organismos humanos por culpa de las verduras y carnes mal cocidas, ya que el parásito abunda en los fertilizantes naturales (muchos de ellos tienen, por desgracia, heces de gatos y otros animales). El problema es que en algunas ocasiones el parásito logra vencer las defensas humanas, se incrusta en nuestro sistema y altera neurotransmisores como la dopamina y el GABA, lo que provoca reacciones similares a las que sufren los roedores: se desactivan las alarmas frente a los peligros, se reacciona con lentitud en los eventos de riesgo y, en casos severos, surgen los síntomas de la esquizofrenia. Ahora lo entiendo todo: esos hombres y esas mujeres capaces de proezas donde la vida se pone en riesgo no son, en realidad, más valientes que yo. Puede ser que, afectados por el toxoplasma, perdieron los mecanismos de previsión y alerta frente al peligro. Hasta es posible (sospecho) que algunas maravillosas osadías de la humanidad —el viaje del Argos, el alpinismo, el buceo de grutas submarinas, las guerras mundiales y la conquista de la luna— fueran motivadas por el parásito y no por el arrojo humano. Espero que nadie levante la ceja por ello, pero quizás nuestros grandes emprendedores de imposibles fueron, en realidad, una especie de zombies controlados por un parásito diminuto que arruinó su cordura y paralizó sus instintos de supervivencia. Por eso digo: ya no me sentiré humillado frente a los valientes que desafían el vacío en paracaídas o los sangrones que parecen disfrutar los juegos más radicales de la Feria de Todos los Santos. Quizás estén enfermitos, los pobres.

Casi una fábula

Fecha: 11 de septiembre de 2016 Categoría: Historias al pasar..., Sin categoría Comentarios: 0

Vi un bello documental sobre un corpulento tigre. En sus andanzas le apeteció un grácil mono que, apenas logró verlo, subió presuroso a un árbol. El tigre, sin prisa, se sentó a dormir una siesta. El mono, desde las alturas, hizo lo posible por molestar al peligroso intruso y le arrojó, divertido, una buena dosis de orina. El pestilente rocío apenas molestó al tigre, que siguió ronroneando entre el follaje.

El mono se divierte con su impunidad que por algunos momentos le da una sensación de poderío. Pero cuidado, la orina no es mortal y el tigre sigue allí, esperando con paciencia. Solo necesita una oportunidad y el mono no podrá arrojarle nada cuando esté al alcance de esas garras.

Una historia antes del gran sismo

Fecha: 8 de septiembre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

En 1985, unos días antes del pavoroso sismo del mismo año, tenía unos 17 años y deambulaba por la Ciudad de México. Fui a un certamen nacional de oratoria organizado por el Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA) y participé, representando a Colima, en un foro nacional de la juventud, donde se dieron cita jóvenes de todo el país. Me hospedaron en un albergue administrado por la institución convocante en una zona boscosa del sur de la ciudad (aún existen esas zonas allí, por si alguien lo duda). Fue una experiencia fascinante, pues por primera vez en mi vida sentí que formaba parte de un grupo donde compartía intereses y aficiones. Los jóvenes instalados en el albergue, todos originarios de distintas entidades, tenían un común denominador: les gustaba leer y hablar en público, así que sentí que allí pertenecía.

En la noche se organizó una fogata y todos los congregados dijeron algunas palabras bellas de su lugar de origen. Yo dije que venía de una entidad que tenía un alma femenina: dos volcanes la adornaban, como si fueran los senos de una bella mujer. Uno de sus senos era níveo y otro ígneo, como si brindaran al mismo tiempo el frío del desprecio y la ardiente bienvenida femenina. También poseía un mar, que llegaba a su vientre en oleajes espumosos, como una caricia. Recuerdo mucho esas palabras porque era la primera vez que compartía algo íntimo, de mi propia tierra, con jóvenes de otras partes del país. Al escuchar a los demás jóvenes puede apreciar, también, la gran pluralidad que solemos unificar en la palabra México: una diversidad de acentos, de modismos, de formas de expresarse y de describir a la querencia (ese lugar al que siempre volvemos).

La fogata se consumió sin gota de alcohol, no sólo porque allí estaba prohibido, sino porque a nadie le interesaba y después de los discursos llegaron los poemas (recuerdo una apasionada declamación de Zita Sánchez) y alguien por allí, un joven un poco más maduro que los demás y que asistía como organizador y supervisor, Fernando Alférez, de Aguascalientes, sacó una guitarra y todo fue cantar y desvelarse hasta el agotamiento. Pero hubo de todo en ese viaje. Una noche me escapé con unos amigos a conocer un poco más la ciudad. Visitamos el Zócalo la noche del Grito, la plaza de Las Tres Culturas y muchos otros lugares de reconocimiento obligado. En ese deambular conocí el metro y los camiones “Ruta 100”, tan usuales por allí. En algún momento nos perdimos, pero no sobre la ciudad, sino en el metro, en esa trama del subsuelo, y nos acercamos con unas muchachas que estaban sentadas en las escaleras. Les dijimos que no éramos de allí y que andábamos perdidos. Simpatizaron con nosotros y nos orientaron para llegar a la estación correspondiente. Ya entrados en confianza les preguntamos por un lugar para cenar y nos llevaron a la superficie. Fuimos a un establecimiento de tacos, deliciosos por cierto, y todo fue platicar de nuestras respectivas vidas. Al final nos acompañaron de regreso al metro y nos volvieron a dar indicaciones, que seguimos al pie de la letra. Ellas vivían en una unidad habitacional cercana a esa estación.

Unos días después regresé a Colima, con tan buen tino que llegué el 18 de septiembre, un día antes del pavoroso sismo. Digo con buen tino, pues mi familia, en especial mi madre, se hubiera desesperado por no saber de mí en esos momentos de angustia. Unos días después, revisando la información del sismo, descubrí que aquella unidad de las amables muchachas capitalinas fue de las más dañadas en el sismo. Incluso, algunos de sus edificios cayeron. Yo no tenía sus datos, ni sus teléfonos, ni forma de localizarlas. Sólo conocía sus nombres de pila. Llamé a los amigos con los que compartí aquella noche de extravío donde ellas nos auxiliaron, pero ninguno pudo averiguar gran cosa de su destino. Aún hoy llegan a mi memoria de vez en cuando, como unos ángeles bondadosos que nos auxiliaron cuando andábamos perdidos y ruego, hasta la fecha, que hayan sobrevivido a esa tragedia. Ojalá y sigan por allí, viviendo una buena vida, como sin duda tenían derecho de vivirla. De cualquier forma, ellas vivirán por siempre en mi recuerdo.

En la hueca corona…

Fecha: 4 de septiembre de 2016 Categoría: La inspiración clásica Comentarios: 0

Me volví adicto a una serie inglesa, magnífica por cierto, The Hollow Crown, tanto así que apenas descubro un capítulo en la televisión y abandono cualquier cosa, incluso lo sustantivo. Una vez me quedé a medio vestir, como si fuera un muñeco despatarrado que alguna niña arrojó por allí. Hace un par de días, al regresar de un corte de cabello, pospuse el inevitable baño a pesar de que la comezón en el cuello me era insoportable. Sobra decir que no logro conseguir la serie completa a la venta, así que dependo de la suerte y el momento libre para buscarla cuando llego a mi casa.
Esa serie es un esfuerzo de adaptación de Shakespeare: Ricardo II, Enrique IV y Enrique V. Una segunda temporada, que se transmite ya, corresponde a Enrique VI y, mi personaje favorito, Ricardo III. La segunda temporada lleva un subtítulo: «La guerra de las rosas», el conflicto histórico entre la casa de Lancaster y la casa de York por el trono inglés, una disputa cruel que posee un atractivo adicional, ya que es la inspiración de la famosa serie Juego de Tronos. En efecto, mucho de lo magnífico de Juego de Tronos tiene fundamento en Shakespeare (menos los estúpidos dragones) y ello lo explica todo.
El nombre The Hollow Crown (La hueca corona) es shakespereano, como debe ser. Corresponde a Ricardo II: «Pues en la hueca corona que ciñe las sienes mortales de un rey tiene su corte la Muerte…»
En fin, la serie es una magnífica oportunidad para adentrarse en algunas de las obras más importantes de la literatura inglesa. Obras complejas, con primeras, segundas y hasta terceras partes, que exigen un poco más de esfuerzo al lector común ya que fueron pensadas para el teatro y tienen su esencia en el diálogo. Eso sí, al vencer la resistencia inicial las obras de Shakespeare seducen y condicionan la forma de comprender la vida. En ellas se pueden encontrar profundas reflexiones sobre todo el catálogo de las pasiones humanas, de una forma tal que ninguna lectura posterior logra satisfacer, muchos menos la literatura ligera que circula en nuestros días (guías y consejos sobre el «buen vivir» o el «triunfo en los negocios»). Si aún no se leen esas obras la serie funciona como guía e invitación a explorarlas y si ya se leyeron resulta un regocijo, pues no cualquier serie tiene como guionista al propio Shakespeare.
Pero les decía que mi personaje favorito es Ricardo III, el ambicioso y resentido monarca cuya deformidad no impedía un notable vigor bélico. Es el que pronuncia en su caída aquellas dramáticas palabras: «¡Un caballo. Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!». En la serie es interpretado por Benedict Cumberbatch, a quien nadie podrá negarle calidad, pero sigo prefiriendo el trabajo de Ian Mckellen (el villano Magneto de la franquicia X-Men, para mayores referencias) en aquella soberbia adaptación de 1995. En fin, quien logre ver algo de la la serie no desperdiciará del todo su tiempo y quizás se sorprenda, como me ocurre a mí, dejando todo a medias para no perder el capítulo que logre atrapar por suerte.