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El salto y el vacío

Fecha: 21 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Una vez sentí el vacío, ese lugar donde se suspende el instante y que tanto le fascinaba a Einstein en sus experimentos mentales. Salimos de la escuela primaria Ignacio Manuel Altamirano, al lado del jardín de San Francisco. Éramos unos cinco entre niñas y niños, muy pequeños, quizás de tercero. Todos a caminar, atravesar el jardín y esperar del lado de la Avenida de los Maestros a que nuestros padres nos acompañaran a cruzar. Pero el camino era una aventura. El jardín era inmenso en esos años (así lo sentía) y había un reto pendiente: arrojarse desde los arcos del viejo templo hasta el suelo. Hoy lo miro y no parece un salto extraordinario, pero a esa edad lo era. Varias veces me quedé en el intento sin lograrlo, pero ese día había niñas allí y no podía pasar por cobarde. Llegué al borde, la pandilla esperaba abajo, dejé de pensar y me arrojé. Fue una emoción que aún conservo. Sentí que flotaba y mi cabeza se llenaba de aire, como si miles de burbujas se agitaran dentro y rebotaran con mi cráneo. Fue algo efímero, quizás una fracción de segundo, pero yo lo percibí distinto, como si en algún momento el tiempo se detuviera y yo flotara entre la nada. Muchos años después alguien me explicó que el tiempo que marcan los relojes es distinto al tiempo que registra nuestra mente. Lo entendí a la perfección por aquel salto en mi niñez. Aún hoy, a pesar de las muchas vivencias acumuladas, intento revivir esa emoción donde el salto logra que todo se detenga, como si la mente oscilara en un lugar sin tiempo mientras el cuerpo se precipita al suelo, reclamado por una fuerza que apenas comprendemos. Los colimenses amamos arrojarnos por la Piedra Lisa y atribuimos a esa pétrea resbaladilla el poder del retorno o el arraigo a nuestra tierra. Para mi, el salto de los arcos de San Francisco es algo más: ese brinco posee la clave para contener –como esa añosa muralla franciscana– el tiempo.

Menos deporte y más whisky

Fecha: 19 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

La práctica deportiva regular acarrea diversos problemas físicos. Se lastiman músculos, articulaciones y huesos. Los que corren sufren esguinces, los que nadan pueden ahogarse, los de bicicleta corren peligro de ser arrollados, los que caminan despreocupados son perseguidos por los perros (me pasa a cada rato) y no son raros los casos de apasionados deportistas que enfrentan lesiones más serias con el paso de los años. En fin, eso del deporte es algo de alto riesgo. Ironía: por buscar la salud se dilapida. Quizás resulte mejor evitar el ejercicio y ejercer, a plenitud, la vida contemplativa. Tan grato que es sentarse, servirse una copita de vino tinto y emprender la lectura de un buen libro o disfrutar una serie inteligente. Una delicia. Habrá quien arroje maldiciones al respecto, pero siempre que algo resulta controvertido vale la pena apelar a Churchill. El viejo siempre tenía algo inteligente por decir para casi cualquier tema. Cuando se le preguntó el secreto de su productiva longevidad respondió: mucho whisky, dormir poco y fumar un puro tras otro. El ejercicio, por supuesto, no figuraba en su ecuación. Algunos alegarán que el ejercicio prolonga la vida, pero si la vejez estará llena de achaques deportivos no parece apetecible por más prolongada que resulte. Sé de casos en los que la ansiada longevidad fue menos gozo que pesar. Además, lo dijo Cervantes: el que larga vida vive mucho mal ha de pasar.

Las piedras patinando se encuentran…

Fecha: 18 de octubre de 2016 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

El Valle de la Muerte es una cuenca al sureste de California, en Estados Unidos. Forma parte del desierto de Mojave. Se volvió famoso por «el misterio de las piedras rodantes» en una zona conocida como Racetrack Playa. Se trata de pesadas piedras que parecen desplazarse en un terreno llano dejando largas trazas o surcos en la arena. Es algo aterrador, pues las piedras no suelen avanzar así, por más que Alex Lora y los del Tri insistan en que «las piedras rodando se encuentran». Durante años se ofrecieron las más pintorescas explicaciones: magnetismo, intervenciones extraterrestres, oscilaciones del suelo, fuerzas fantasmales del desierto, confabulación de microbios, en fin. Los fantasmas eran una hipótesis atractiva, pues vaya que el lugar cobra víctimas, una de ellas es la de Dave Legeno, en 2014, el actor que interpretó el papel de hombre lobo Fenrir Greyback en las películas de Harry Potter. Era toda una delicia para esa peculiar especie de fanáticos de lo oculto y lo inexplicable, quienes suelen desconfiar de lo racional para explicarse el mundo. Pero un equipo de geólogos descubrió el misterio y arruinó las proezas de la imaginación esotérica: en alguna noche invernal, cada dos o tres años, ocurre un fenómeno atmosférico y el suelo se cubre de una fina película helada, es decir, hielo. Cuando eso ocurre basta una suave brisa para mover las piedras por decenas de metros. El fenómeno está comprobado con piedras equipadas con GPS y videos. Las piedras rodantes son, en realidad, piedras patinadoras sobre hielo. Algo extravagante si se quiere, pero no sobrenatural. Lo lamento por los aficionados al misterio y los anhelantes de extraños mensajes alienígenas. El mundo no requiere de emisarios de lo desconocido para explicar sus propias locuras. Es un poco más razonable y aburrido de lo que todos podemos esperar.

El niño en el espejo

Fecha: 11 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Debió ser a los dos o quizás a los tres años, un poco antes o un poco después. El caso es que alguien me peinaba. Debió ser mi madre, pero recuerdo muchas voces y muchos movimientos femeninos. Quizás mis tías. Me encontraba sentado, quizás recién bañado, en la cama de Micaela, mi abuela, así que debió ser en su casa, en el Barrio de La Salud de Colima. De repente alguien abrió la puerta del ropero de madera y apareció la imagen de un niño. Era un espejo colocado en una de las puertas del ropero, pero en ese momento no lo sabía o no recuerdo haberlo entendido con claridad. Me quedé viendo la imagen de aquel niño que alguien peinaba, cuando de pronto entendí que la mano que peinaba al niño era la misma que tocaba mi cabeza. Fue cuando supe que esa imagen era un reflejo y que el niño que veía era yo. Me vi con cuidado. Revisé la pelo, la cara, la ropa que traía, los pequeños zapatos, incluso los calcetines de rombos. No me gustaba mucho ese niño pero yo lo era. Hasta ese momento no tenía plena conciencia de mi, sólo estaba allí. Fue en ese momento en que supe de lo que yo era, un niño, y que yo era ese niño que me miraba. Quizás estamos tan acostumbrados a eso, tan obvio, que se olvida que en algún momento fue necesario un esfuerzo de comprensión para saber que esa imagen que percibimos en un espejo somos nosotros. Lo cierto es que ese momento fue algo importante, pues lo recuerdo con claridad y no se recuerdan muchas cosas de esa edad. Es como si todo estuviera cubierto por niebla, algo sombrío desde lo que brotan destellos, no muchos, sólo los asociados a un momento extraordinario. Pero nosotros somos afortunados por vivir esos momentos a una edad temprana. Incluso por recordarlos. En la novela Gringo Viejo, de Carlos Fuentes, los espejos representan el contacto con la verdadera identidad, como si fueran la oportunidad para recobrar el verdadero rostro. Todos los personajes experimentan algo distinto frente a su reflejo y la tropa revolucionaria no es la excepción: aquellos peones sublevados no conocían su imagen, no sabían cómo se veían, no entendían como los veían los demás. Tomar el poder por asalto es descubrir los espejos donde sólo los patrones podían mirarse. Sí, reconocer nuestra imagen es un derecho en el que poco reflexionamos, No aparece en ningún catálogo, en ninguna declaración, en ningún programa revolucionario, pero reconocerse en un espejo es algo vital para construir nuestra identidad frente a los otros. Sigo pensando en eso mientras veo mi rostro y recuerdo lo que el espejo me dijo aquella tarde en casa de mi abuela.

De un hombre en celo haciendo el ridículo…

Fecha: 3 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Crecer es algo difícil. Mujeres y hombres enfrentan retos y peligros. Es como caminar por un sendero estrecho al lado de un abismo. El otro día tuve oportunidad de recordarlo. Esperaba turno para comprar boletos para el cine. Una pareja hacía fila unos lugares adelante. Se veía que estaban en sus primeras citas. El más maduro que ella por algunos años. Atrás de ellos esperaba un muchacho de unos diecisiete, alto y fornido para su edad pero todavía con la cara de adolescente. En algún momento algo le molestó al señor de adelante. Quizás lo rozó un poco sin querer. El problema fue su reacción. Era desmedida, absurda, desproporcionada.. Casi le gritaba al muchacho y lo miraba con ferocidad. Yo viví esa escena muchas veces. De muchacho me pasó. Como tenia el cuerpo grande pero conservaba la cara de niño fui un presa fácil para traumados que se aprovechaban de la ocasión. Sucede que algunos quieren «lucirse» con su pareja, sobre todo si están en las etapas del «apantallamiento», es decir, en el cortejo. En todo el reino animal los machos quieren impresionar a las hembras y entre los seres humanos la cosa no cambia mucho. Si los susceptibles ven a alguien con rostro de niño saben que no reaccionará con violencia y si es grande de cuerpo pueden ostentarse como valientes frente a la potencial pareja. Es algo como decir: «para que vea que soy valiente y fiero», (aún cuando estén chaparrones y poco atléticos). Un absurdo, si ustedes quieren, pero sucede mucho. La cosa se complica aún más cuando el supuesto ofendido es mucho mayor de edad y no muy bien parecido, pues además de todo surgen los celos. Sufrí eso bastantes veces, hasta que mi rostro cambió. Entonces los problemas cesaron como por encantamiento. Los traumados en la etapa de celo saben que si se meten con alguien de rostro maduro habrá respuesta enérgica y entonces orientan sus estrategias de compensación hacia otras víctimas. Este era un caso así y de inmediato me sentí identificado con el muchacho de diecisiete, que para ese momento se veía muy apenado y confundido con las resonancias del señor de adelante. Me acerqué un poco y le dije al fulano, en un tono firme: «Oiga, el muchacho viene conmigo ¿cuál es el problema?». El hombre se empequeñeció. Balbuceo algo que no entendí. Le dije en un tono más serio: «ya gritoneó, si ya está contento avance y déjenos en paz». La muchacha jaloneó al hombre salvándolo de la obligación de dar una respuesta más, pero no lo salvó del ridículo, pues para ese momento todos lo miraban. Compraron sus boletos y se metieron a la sala. En ningún momento lo perdí de vista por si se animaba a seguir con el sainete, pero no volvió la mirada en ningún momento. El muchacho me dio las gracias. Le dije que no era nada y cada quien se metió a la sala de su elección. Esa tarde me supieron deliciosas las palomitas y el refresco. Me permití, incluso, unos chocolates. En silencio brindé por aquellos patanes que me hicieron pasar de muchacho algunos tragos amargos. Ya les regresé una de tantas a los de su misma especie. Salud.