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Chillidos de gata entre las páginas

Fecha: 28 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

El primer libro que leí completo fue (tenía que ser) 20,000 leguas de viaje submarino, pero el primero que leí con devoción, con ansiedad, con deseo, fue Cien años de soledad. La culpa fue de mi padre y mi madre. Tenían esa segunda edición de Editorial Sudamericana (la primera con el grabado de Vicente Rojo en la portada) al alcance de mis manos en el librero de la casa. Un día que lo tomé me dijeron: «este libro no puedes leerlo todavía, no es para tu edad, te puede despertar emociones que aún no comprendes», y lo pusieron en lo más alto, inalcanzable para mi tamaño. Por supuesto, en cuanto se descuidaron acerqué una silla y me puse a leerlo. Seguí haciendo muchas tardes, cuando se descuidaban y siempre lo colocaba en el mismo lugar para que no se dieran cuenta. Era un placer prohibido y, en efecto, despertaba emociones incomprensibles que quizás debí evitar en esos años. Mis páginas favoritas eran las del encuentro entre Amaranta y Aureliano, mientras Gastón escribía una carta. Quizás por eso me volví obsesivo con la lectura. Aún leo cualquier texto con pasión, quizás para recobrar aquel placer arrancado a lo correcto –como arrancada fue la túnica de baño de Amaranta– y sigo escuchando ahogados chillidos de gata entre las páginas.

La sonrisa perversa…

Fecha: 27 de octubre de 2016 Categoría: Comic Comentarios: 0

Algunos personajes escapan de sus estrechos límites creativos y adquieren (no es una frase hueca) un destino propio. Parecen aferrarse a su personalidad, tomar sus propias decisiones e imponerse a la voluntad del creador, que a estas alturas se deja llevar, volviéndose un simple espectador. Todos los que intentan crear personajes lo saben y muchos lo terminan confesando: sus mejores creaciones no son propias. Es como si escribieran (pintaran o esculpieran) algo que otro les dicta. Parece algo sobrenatural y quizás lo sea. En todo caso es uno de los misterios del acto creativo.

Uno de esos casos es el de Gwynplaine, protagonista de la inmensa novela de Víctor Hugo, El hombre que ríe (1869). El atormentado personaje es un niño desfigurado por unos “robachicos” explotadores (más bien unos “compraniños”, pues no lo roban, sino lo compran) dedicados a la farándula, que deforman su cara para convertirla en una máscara de risa perpetua destinada a fascinar y escandalizar a los groseros públicos de la época. Gwynplaine se vuelve un gran negocio para el teatro rodante y hace su aparición en el reino de la imaginación como una figura literaria mayor, pero no acaba allí su magnífica y terrible historia. Su tragedia escapa de la novela y salta al cine, en 1928, en una película dirigida por el expresionista alemán Paul Leni. Aquí Gwynplaine toma forma con una aterradora recreación, la del actor Conrad Veidt, cuyo rostro era algo memorable.

Pero el personaje apenas entraba en calor. En los años cuarenta, Bob Kane (el creador de Batman) imagina a un antagonista a la altura de su sombrío héroe y, con la colaboración de Jerry Robinson y Bill Finger (dibujante y guionista), diseña al Joker (en México le diríamos “El Guasón”). El proceso creativo fue inspirado por la carta del Joker ─o comodín─ de la baraja y por el rostro fascinante de Conrad Veidt.

El personaje cambia de nombre pero adquiere un impulso más y sigue con su vida propia. En la tradición del cómic experimenta distintas etapas: criminalidad psicópata, crueldad inhumana, locuacidad estrafalaria, bufonería excéntrica, amaneramiento casi inofensivo, en fin, hasta regresar a sus orígenes siniestros en los últimos años, con toques de sadismo y genialidad. Pero si bien el personaje tiene toda una evolución en el cómic y la animación, que llega hasta nuestros días, también posee una historia dotada de prestigio en la televisión y el cine. En los años sesenta se vuelve un entrañable personaje, encarnado por el actor César Romero. Al llegar la película Batman, dirigida por Tim Burton, en 1989, el Joker aparece con el rostro, siempre memorable, de Jack Nicholson, recuperando parte de su vigor inicial. En la magnífica película The Dark Knight, del 2008, dirigida por Christopher Nolan, surge un magnífico Joker gracias al trabajo de Heath Ledger, quien terminaría suicidándose sin disfrutar el prestigio de esa soberbia recreación de un personaje inolvidable.

Para este año el Joker sigue fresco, como lo demostró Jared Leto en la película Suicide Squad, quien describió a su personaje como “casi shakespeariano”. Bien pudo decirlo con más propiedad: es un personaje de Víctor Hugo. Es decir, no es inglés sino francés.

Lo cierto es que este personaje de múltiples rostros, pero siempre con una perversa sonrisa, alcanza el puesto número uno de los cien mejores villanos de todos los tiempos. Nada mal para un personaje que nació con la tragedia, escapó de la celda literaria del romanticismo francés y sigue dando sorpresas.

El otro hilo de Ariadna

Fecha: 26 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Una de mis tareas cotidianas es sacar a pasear a mi perro a eso de las siete de la mañana, después de llevar a alguna de mis hijas a la escuela. No es una tarea grata, aunque lo parezca. Los perros están aquejados por el síndrome de Ariadna —la princesa que se alió con Teseo y lo dotó del ingenio para escapar del laberinto de Cnosos— y riegan su camino de algo que para ellos es un hilo dorado, un filamento que les marca el regreso al hogar. Para ellos será un valioso don, claro, pero para nosotros es una fila de inmundicias del tipo uno y dos. Como soy un obsesivo, detesto la idea de contaminar las calles con los desechos de mi schnauzer, así que cargo conmigo no una sino dos y hasta tres bolsitas de plástico. Mi perro me mira con curiosidad cuando recupero esas excrecencias adheridas al suelo. Debe pensar que estoy loco y yo mismo puedo estar de acuerdo con su juicio, pero me da horror dejar por allí esas cosas. Claro, no todos mis vecinos están de acuerdo. A esas horas encuentro a muchos paseando a sus adorables mascotas sin preocuparse de los desechos. Deben pensar que las calles son basurero. Incluso sé de uno que saca temprano a su perro, lo lleva al jardín, espera a que alivie su peludo vientre por allí y luego regresa tan campante a su casa, ignorando las furibundas miradas de quienes hacen ejercicio. Cada quien. En otros años le habría reclamado con energía. Hoy no, pues considero tales empeños una batalla perdida: nada se puede hacer frente a quienes rechazan las normas sociales y no están dispuestos a cambiar. La única solución es la aplicación de leyes y reglamentos, pero eso es otra historia. Así que protestar sólo me llevará a un rato de cívica amargura y no estoy dispuesto a lastimar mi mañana con el hígado petrificado del coraje. Prefiero hacer lo correcto y olvidarme un poco de lo que hacen los demás. Mientras tanto sigo paseando a mi perro y cargando bolsitas de plástico. Pero, ahora que lo pienso, el plástico también contamina. Quizás sea momento de utilizar bolsas de papel, pero el papel tampoco es muy ecológico que digamos ya que se derrumban árboles para extraerlo. Dilemas de los trastornos obsesivos: perderse en exploraciones mentales que a nadie le importan. Seguiré caminando…

La suave rutina

Fecha: 24 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Me asombra la capacidad física de las mujeres, sobre todo las que tienen mucho ocultando canas. Voy a un gimnasio al aire libre y las veo, señoras mayores que yo, platicando despreocupadas al tiempo que le dan duro a los aparatos, mientras yo apenas conservo retazos de aliento para decirles «buenos días». En ese rudo espacio me gusta ejercitarme con el remo, en el cual ya alcancé algunos progresos. Incluso me sentí sólido, casi un Schwarzenegger, cuando logré algunas modestas repeticiones después de un mes de constante entrenamiento. Para mi sorpresa una adorable abuelita que llega por allí igualó mi récord en una sentada, sin dejar de reírse mientras comentaba algo con su compañera de al lado. Parecía que estaba jugando baraja o algo así. Pero eso es la segunda humillación. Hace algunas semanas fui a una caminata donde participaron mis hijas. Bueno, era una carrera, pero yo sólo camino y lo hacía en esa ocasión para estar al pendiente de mis pequeñas, es decir, para seguirlas un poco mientras trotan. A medio camino una adorable maestra se emparejó conmigo. Ella es una persona mayor y me pareció estupendo que participara con tanto entusiasmo en la actividad, aunque por un momento pensé que me cambiaría el ritmo y me haría bajar la velocidad. Caminamos un poco juntos, comentando de lo alegre del día, del desempeño de mis hijas y otras cosas. En algún momento me sentí un poco cansado, pero ella seguía platicando con alegría. De repente, como si ya hubiera tenido suficiente, se despidió con amabilidad de mí y apretó el paso con tanta energía que me dejó muy atrás en unas cuantas zancadas. Me dolió el orgullo y quise alcanzarla, pero me fue imposible. Ni siquiera me quedaba el recurso de Madrazo, pues el trayecto era recto y sin posibilidad de atajos. Es algo espeluznante. Tendré que elegir un gimnasio donde no admitan mujeres –y menos de aquéllas mayores de edad– para no sentirme en desventaja.

Ave del Paraíso

Fecha: 23 de octubre de 2016 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Si eres un Ave del Paraíso
guarda el esplendor de tus alas.
Elige la modestia y la prudencia.
Evita el aleteo presuntuoso.
Reguarda su poder de las miradas.
Si insistes en el magnífico despliegue
atraerás no sólo admiración, sino recelo.
Alguien, un bárbaro, codiciará tus plumas.
Las volverá penacho
y danzará después con ellas…