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La forma inteligente de ser baboso…

Fecha: 22 de noviembre de 2016 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

Los mixinos son repulsivos a primera vista (también a la segunda y quizás a la tercera). Parecen lombrices de buen tamaño, no tienen mandíbulas y sus ojos son rudimentarios. Habitan en el suelo marino y se alimentan de cualquier cosa. Pero su penosa figura esconde una maravilla biológica: son una especie exitosa, tenaz e inmutable, sin cambios aparentes en los últimos 300 millones de años. Es posible que sean los animales más antiguos del mar y, por supuesto, son mucho más antiguos que nosotros, los seres humanos, quienes además estuvimos sujetos a bruscos cambios evolutivos para sobrevivir e imponernos en la naturaleza. El mixino no necesita cambiar pues alcanzó la cima evolutiva y cuando se logran esas alturas no se requiere cambio alguno. La cumbre biológica, por supuesto, no significa dominar sino sobrevivir y el mixino lo hace muy bien. Cuando es atacado el mixino se envuelve en una desagradable baba o mucosa que puede llegar a asfixiar al depredador. Es hasta cómico observar a un tiburón retroceder aterrorizado, intentando desprenderse de la masa gelatinosa que lo envuelve. Esa mucosa no sólo taponea las branquias de los peces que le molestan, sino que vuelve al mixino resbaladizo e inaprensible. Es casi imposible agarrarlos, como lo saben los pescadores que intentan arrojarlos de nuevo al agua. No es casual, entonces, la persistencia del mixino, que sigue tan campante y ajeno a las penurias de la evolución. No es bello, claro, pero es exitoso y eso es suficiente para la madre naturaleza. Creo que acusar a un ser de «baboso» no es tan malo como parece. Desde cierta mirada evolutiva lo baboso puede ser, incluso, la cúspide de las especies.

Esa voz…

Fecha: 7 de noviembre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Una de mis tareas por esos años era atender llamadas especiales, las relacionadas con algún trámite pendiente. Los asuntos que no podía resolver una señora que era la secretaria del despacho. Me hice experto en eso a golpes de experiencia. Una vez recibí una llamada de la oficina de Reforma Agraria. El senador con el que trabajaba era del sector campesino, así que sobraban los trámites de ese tipo. Un voz femenina me pidió cierta información que no recuerdo, pero que solventé con cierto éxito. Me dio las gracias y colgó. Después llamó otra persona de esa misma oficina, quería unos detalles adicionales de un informe o algo así. Le respondí y nos despedimos. En los ratos libres me ponía a leer algo de la escuela, pero apenas iniciaba con eso cuando la secretaria me pasó una nueva llamada.
—Son otra vez de Reforma Agraria, dicen querer hablar con usted.
Suspiré y volví a tomar el teléfono. Era otra voz femenina.
—Le llamo para preguntarle si ya llegó un oficio que le enviamos ayer…
—Si claro —respondí —de hecho ya les comenté a otras personas que llamaron antes que ya lo recibí y lo estamos tramitando.
—Excelente… ¿no quedó alguna duda o algo que usted quisiera comentar con respecto a ese tema?
Me pareció muy extraña tanta insistencia, pero seguí respondiendo esa y otras preguntas con profesionalismo y buen ánimo, hasta que por fin la interlocutora se despidió.
Al día siguiente llegué al Senado, en la calle de Xicoténcatl, pues era allí donde trabajaba después de mis clases. Me instalé en la oficina y me dispuse a ordenar algunos pendientes. La secretaria me interrumpió.
—Aquí están unas compañeras de Reforma Agraria, que quieren pasar con usted.
Me pareció rara una gestión directa pero las hice pasar. Entraron. Eran tres mujeres de mediana edad, pero aún atractivas. Me miraron con curiosidad sin sentarse. Yo usaba pantalón y chamarra de mezclilla, de las que estaban de moda. A veces me ponía un traje, como es lo usual en la Ciudad de México, Pero ese día no. Una de las mujeres dijo:
—¿Tú eres el de esa voz aguardentosa?
No supe qué decir.
—¡Qué decepción! Nos imaginamos un norteño grandote, bigotón y guapo, no un chiquillo que ni le sale barba todavía. Ni hablar. Gusto en conocerte…
Y salieron divertidas al pasillo, donde por un buen rato seguí escuchando algunas risillas, como las que hacen las mujeres cuando cuchichean en complicidad.
Me sentí aturdido por un rato. Después me animé a salir a cumplir otras tareas. Cuando me retiraba me dijo la secretaria del despacho, una señora mucho mayor que las de Reforma Agraria.
—No se crea, «lic» Rubén, usted no es tan feo.
Le di las gracias, aún cuando todavía dudo que las mereciera, antes de alejarme rápido de allí.

Talentos…

Fecha: 4 de noviembre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

El talento es un atajo para resolver problemas o destacar en algo, por eso nos vuelve flojos. No es algo extraño: la naturaleza se formuló con la búsqueda del mínimo esfuerzo y nuestra mente también es naturaleza. Entonces, luchar para imponer disciplina al don natural es el primer reto del talento. Si no se logra esa disciplina que lo adereza y robustece, el talento se dilapida en pequeñeces y se disipa en el anonimato. Sobran las personas talentosas sin lograr el pleno reconocimiento. Se contentan con impresionar a los que tienen alrededor o con alcanzar modestos reconocimientos. Sucede que el talento les dio lo que querían y se quedaron allí, sin explorarlo (y explotarlo) al máximo. Es más, creo que todos poseemos uno o varios talentos, pero los dejamos dormir por nuestra tendencia a la comodidad física, mental o espiritual. Una vez leí una bella frase que resumía muy bien lo que quiero decir: «el genio es la osadía del talento». No recuerdo el autor, quizás era Octavio Paz hablando de alguien (de Goethe, creo, pero no estoy seguro) o tal vez la frase es mía, redactada a partir de alguna lectura inspiradora. Lo ignoro. Intenté buscarla por Internet pero no me apareció como tal. No importa. Dejémoslo así. Lo importante es que es cierta. Si se quiere alcanzar la trascendencia hay que poner a trabajar al talento y llevarlo a donde pueda llegar. Triste sería dejarlo como está. Me repito eso cada que puedo para darle intensidad y laboriosidad a mis modestas facultades. Algo de jugo les extraigo gracias a esa letanía, a pesar de ser –de forma tan íntima– un flojo. Pero dejemos aquí esta reflexión que ya me dio flojera seguir pensando y escribiendo. Ah, pero luchemos un poco más contra la molicie pues falta algo: la misma Biblia, en el Nuevo Testamento (puede leerse la parábola respectiva en Lucas y Mateo) nos recuerda que el talento debe ponerse a trabajar, pues cuando regresemos con El Creador tendremos que darle explicaciones sobre nuestros dones y lo que hicimos con ellos. Sería vergonzoso tener que decirle que no logramos gran cosa con los talentos que sembró cuando nos envió a la vida.

Ellas mirándome, en el altar…

Fecha: 4 de noviembre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Ayer vi un altar que zarandeó mi alma y apretujó mi cuello. Quise hablar, preguntar algo, pero en lugar del grave torrente salió un agudo chillido que de inmediato acallé con un resuello. Estamos acostumbrados a mirar las imágenes de personas mayores o quizás de menores, es decir, de los extremos de la pérdida. De alguna forma esperamos la dicotomía, el contraste, pero no el retrato de mujeres frescas abriéndose a la vida. Jóvenes con profesión y esperanzas, que este año se reunieron en ese adoratorio, el recuerdo de una drástica e inesperada partida. Los rostros me miraban distantes. Fotografías que alguien tomó en un momento feliz, lejano de lo que pasaría. Mujeres que sucumbieron a la fatalidad, al accidente o quizás a la tristeza. No quise saber más. Sin querer lloré por ellas, por esa vidas que se abrían a la expectativa de años que ya jamás vendrán. A veces la vida es incomprensible, pero más cuando se agota en la brevedad. Di las gracias por seguir aquí y murmuré una plegaria por las que se fueron sin dejarse marchitar. Pedí algo por ellas, las que siempre serán jóvenes en el altar…

Ella

Fecha: 4 de noviembre de 2016 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Eres un puerto remoto. Debo bregar para alcanzarte. Apenas se insinúan tus luces, suenan las gaviotas y pienso que estás al alcance, pero sigues distante. Me miras desde allá y apenas soy la sombra de un velero, quizás un punto entre la nada.