Mirarte a diario debe ser fascinante, embriagador, como un trago de whisky cladestino, en los años de la ingrata prohibición.
Mirarte a diario debe ser fascinante, embriagador, como un trago de whisky cladestino, en los años de la ingrata prohibición.
Tan hermosa tu sonrisa, como extraída de una fotografía de los años del vértigo, aquéllos alocados veinte.
Sus ojos miran sin mirarme,
y adivino en ellos
algo de añoranza disfrazada de alegría
como si aprisionara un secreto
que los párpados asfixian
encerrado en el cofre
de las sonrisas perdidas
y en el velo rugoso
de una luz que lastima.
Quizás no distingan eso
quienes la miran mirarlos
(insensatos)
pues no saben mirarla
ni mirar sus ojos mirando
solo verla sin palparla,
sin comprender su mirada…
Mientras yo (es un extraño don)
puedo palparla de lejos
aún sin ella mirarme.
Es que la niña perdió algo
y sigue mirando de lejos.
Le hicieron daño quizás,
la rasgaron al tocarla,
(o tal vez)
olvidaron cubrirle los ojos
para cuidar su mirada…
Quizás perdió le fe en otros,
miró con fijeza algo
que se disipó al aprehenderlo,
quiso tocarlo y se fue,
se le escurrió entre los dedos.
Nadie le dijo el secreto:
que la mirada engaña,
que ver no es creer,
que ver es dudar,
que se debe tocar pues la mirada miente
(Eso lo sabe el escultor:
por eso duda
de lo que ve
y prefiere moldear a ciegas)
Mientras la sigo mirando
intentando decirle que a su mirada
le falta que yo la mire mirándome,
que no puede engañarme…
Que aún su bella mirada
es artimaña,
antifaz
venda
Que su mirada no es plena
¿La razón?
Sigue mirando sin mirarme,
sin saber que la toco y la moldeo
mientras la miro mirando.
Quizás su mirada cambie
cuando me mire mirándola…
Deambular por esas columnas labradas a pulso, cinceladas en horas de pasión estética,
de furiosa persistencia,
entre las ansiosas miradas de quienes se reúnen a moldear su esperanza.
Ella lo consigue
(nadie podría dudarlo al mirarla,
es inútil desviar los ojos y disimular cuando cruza con gracia esas columnas
y se sienta
y te mira con ojos de cosaca
Mientras contengo las ansias de saltar hacia ella
y embestirla sin tregua)
Le da un acabado de aliento y deseo a su anatomía…
Por eso bulle entre las imágenes,
se regodea en si misma cuando se percibe su paso,
se derrama desde una epidermis que mantiene distante y altanera.
Es su piel (nadie lo duda) una ciudad prohibida.
No pueden tocarla los herejes,
los que intentan (egoístas) deleitarse en su suave aspereza,
los que se obsesionan (ilusos) en su impermeable anatomía…
Ella guarda su deleite,
espera a que mis labios regresen de otras vidas
y la beban en su íntima dulzura,
recorriendo su camino de rocío,
de sabroso goteo,
hasta la cima,
hasta los territorios donde no se pide tregua, hasta la profunda espesura…
Allí donde ella perderá el arrojo
y repetirá, entre chillidos de selva,
que siente y sabe…
Que no es mármol su piel
Que no es fría la superficie
Que no es una escultura.
Que sus columnas fueron hechas para mí
mientras perduran…
Caminé por la orilla de la playa pisando una arena sin color y dura. A los lados la gente me miraba, pero nada decía. Caminé hasta un lugar de arena dorada que raspaba un poco menos mis pies. A los lados la gente me invitaba a consumir algo por un precio que, según decían, era casi nada. No soporté el barullo y seguí caminando. Llegué a una playa donde la arena era suave, como talco. Una arena grata y sin filo, que acariciaba al ser pisada. Alguien apareció por allí y me quiso cobrar mucho por el derecho de paso y por el placer de cada pisada. Mejor regresé a donde la arena era dura. No importa que sea ingrata, prefiero que sea mía esa arena que acumula mis pisadas.