El discurso histórico del poder, es decir, su forma de encontrar cierta legitimidad en el pasado, tiende a la ingenuidad. Parece pensado para bobalicones.
El discurso histórico del poder, es decir, su forma de encontrar cierta legitimidad en el pasado, tiende a la ingenuidad. Parece pensado para bobalicones.
Casi todo el poder lo expresamos en sus pretextos. Otras veces en sus dicotomías: libertad o gobierno estable, democracia o igualdad. Quizás todas las dicotomías sean lo mismo: una lucha entre pretextos que enmascaran al poder.
Al estudiar un periodo histórico de cambio, sea cual sea, brota una certeza: algunas personalidades se sostienen, como si transitaran con facilidad de un escenario a otro. Son seres en lo individual o familias de poder, sea en lo económico, lo político o incluso lo cultural. Son algo tangible, más allá del nombre que se le dé al cambio. Al revisar momentos críticos es muy fácil caer en la retórica del cambio y apostar por el estudio de las formas, llámense como se llamen desde la teoría política o constitucional. Lo que subsiste es el poder, revestido de formas distintas. Quizás el gatopardismo sea la doctrina válida para remojar los dedos en las entrañas del análisis. Pero ni siquiera el gatopardismo es suficiente para explicar las cosas, pues al final es una táctica, una actitud: aquí es simplemente una continuidad natural.
Toda revolución es una afirmación del poder en detrimento de la libertad, que se pospone hasta nuevo aviso.
Por obra de la retórica (nuestro mundo es retórico desde hace años) nos hemos acostumbrado a confundir revolución con libertad. Pero la revolución, toda revolución, implica una afirmación del poder en detrimento de la libertad o, al menos, una transformación de las formas de dominación.