Levantamos altos muros para dejar afuera el horror y preservar lo nuestro. Muy tarde comprendimos que los verdaderos enemigos quedaron adentro
Levantamos altos muros para dejar afuera el horror y preservar lo nuestro. Muy tarde comprendimos que los verdaderos enemigos quedaron adentro
Salí muy tarde de la oficina y manejé por el centro de Colima hacia mi casa. A cruzar por el Jardín Núñez descubrí a un joven platicando animadamente con la escultura dedicada a la vendedora de bate. Parecía una plática animada. Él joven gesticulaba y manoteaba alegremente, como si estuviera compartiendo con ella alguna anécdota reciente. Me dieron ganas de bajarme a escucharlo, pero ya era tarde y me sentía cansado. Quizás regrese mañana y vuelva a verlo. Podría ser divertido unirme a la tertulia. Incluso lo intentaré cuando él no esté y, mejor aún, cuando nadie me vea. Quizás la escultura pueda escuchar paciente mis opiniones sobre algunos temas controvertidos, esas cosas que a veces no puedo decir tan fácil por aquí o por allá. Quizás también, con un poco de suerte, hasta me confíe lo que platicaba hoy con aquel muchacho que manoteaba tan alegre y despreocupado, tan indiferente a ese señor que lo mira sorprendido mientras sigue su curso hacia el hogar.
Yo puedo entender que las poblaciones nativas de lo que hoy llamamos México tuvieran problemas para entender la mentalidad conquistadora de los castellanos que arribaron con Hernán (o Hernando) Cortés y también reconozco la astucia y audacia de este conquistador. Lo que no puedo entender es que esas dichosas poblaciones, que se suponían tan acostumbradas a la guerra, fueran tan ingenuas para tender celadas al pequeño grupo expedicionario. Cuando leí la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, me aterrorizó la descripción de cómo descubrieron la trampa que pretendían imponerles los habitantes de Cholula en acuerdo con los mexicas de Moctezuma. Los de Cholula los recibieron con solemnidad y buena voluntad aparente. Después los de Castilla se darían cuenta que Moctezuma había acordado que los prenderían durante la noche y se los llevarían atados a su capital. Hasta aquí todo parece en orden, pero ¿cómo es que se dieron cuenta de la trampa? Muy sencillo. Primero vieron a los habitantes muy en paz y hasta les ofrecieron de comer los dos primeros días. Al tercer día ya no les dieron de comer y dejaron de aparecer por allí, con su ceremonial acostumbrado, los caciques y sacerdotes. Lo peor es lo siguiente, según las propias palabras de Díaz del Castillo: “si algunos indios nos venían a ver, estaban apartados, que no se llegaban a nosotros y se reían como cosa de burla”. Digo, no puede hacerse más evidente una trampa. Es como si un niño quisiera sorprendernos atrás de la puerta. No me extraña la dichosa conquista.
Otra cosa: favor de no hacerse el indignado nadie, que no estoy a favor ni en contra de tal acontecimiento. Yo nada más comento lo apuntado por Bernal, que seguro tiene algo de cierto.
Alguien soltó al irse una idea tardía. Lo alcancé y le pedí que se la llevara. No la quiso. Me dijo que me la dejaba, que hiciera con ella lo que quisiera, que ni falta le hacía. Regresé abatido. No me gustan las ideas ajenas. Me siento un ladrón y no soy bueno con los fusiles. La dejé por allí, sobre el escritorio, pero no se estaba quieta. Saltaba y sonreía para que la mirara. Cuando lo conseguía me hacía gestos de ternura, como si fuera una huérfana en busca de cariño. Me desesperé y la guardé en un cajón vacío, pero al poco rato escuché sus sollozos y la rescaté del olvido. No quise usarla, pero a la vez me seguía dando pena, así que la guardé en otro cajón, en aquél donde guardo las ideas propias que no maduran todavía, las que aguardan un mejor momento, las que no tienen prisa. Allí se quedó cómoda. Por lo menos podría platicar con otras como ella. Quizás con los años las ideas allí guardadas se confundan, se crucen y tengan descendencia. Quizás cuando las saque un día sean otras y sean, por fin, mías… O quizás se me olvide que alguien las dejó por allí y entonces no me dará vergüenza arrojarlas por mi boca.
Quedarse con las cosas malas que suceden es una de las manías humanas: somos obsesivos en atesorar aquello que nos daña.