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Casi genio

Fecha: 21 de agosto de 2021 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

El genio, sin una circunstancia favorable y un oportuno estímulo, es sólo una mente extravagante y un corazón indeciso.

Formas

Fecha: 21 de agosto de 2021 Categoría: Agudezas Comentarios: 0
Morirá invicto el que nunca compitió.
Morirá inmaculado (según él) quien siempre tuvo mucha lengua para criticar pero muy pocos brazos y talento para hacer.
Morirá muy descansado quien nunca se esforzó por lograr algo.

Rio de piedras

Fecha: 21 de agosto de 2021 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0

Este río es tímido,

corren o corroen por él susurros secos.

Es un río quebrado, no sinuoso.

Cicatriz, ruta sin torrente.

Un hilo y sólo en declive,

curso en deterioro como tantas vidas.

«A río revuelto», dicen,

pero éste calla.

Nadie llama a revuelta entre sus piedras.

Aniquilar o aceptar nuestra identidad

Fecha: 21 de agosto de 2021 Categoría: Atisbos Comentarios: 0
Resulta curioso que tantas disciplinas que podríamos llamar «espirituales» pugnen por la aniquilación del «yo», es decir, del ego. Así lo promueven movimientos o doctrinas tan apartadas como las enseñanzas de Baal Shem Tov (judaísmo jasídico), los apasionantes delirios de Carlos Castaneda, las enseñanzas gnósticas o incluso el pensamiento de filósofos como Pascal. Podríamos encontrar decenas de ejemplos adicionales,.
Tan obsesiva convicción lleva a muchos a interpretar que el camino al conocimiento verdadero sólo puede provenir de la negación de todo aquello que nos da identidad, con el fin de acceder a la «verdadera sabiduría». Desconfío de tales convicciones, pues muchas veces tienen origen en una profunda obsesión.
No niego que tales posturas tengan algo de razón, pues muchas veces el «yo», o mejor dicho, los muchos «yo» que moran en nuestra conciencia, se convierten en un estorbo para el aprendizaje y hasta para la más simple convivencia con los demás.
No olvidemos que el «Yo» puede ser resultado de malas experiencias, de conflictos, de tercas afirmaciones contra las resistencias de la vida cotidiana, a tal grado que ese «yo» se vuelve un lastre de la conciencia.
Pero el «yo» también es nuestra identidad: esa compleja construcción de la personalidad que brinda un instrumento de supervivencia. Es una respuesta de la psique frente a la multitud que parece negarnos. Es la afirmación que somos importantes, al menos para nosotros mismos y tal osadía puede sostener al ser para evitar su caída. .
Por ello, creo que en lugar de promover la destrucción de nuestra identidad sería mejor aceptarla, pues fue útil en nuestro recorrido. Una vez aceptada podríamos comenzar a perfeccionarla, apartando de ella los malos modos acumulados como sedimento, para acceder a lo mejor de nuestras potencialidades.
Después de todo, no por destruir lo que somos llegaremos forzosamente a ser mejores..
En efecto, quizás lo que somos no es tan malo: nos fue útil en ciertos momentos y, al menos por eso, merece cierto respeto.
Por eso, cuando leo o escucho opiniones en contra de mi «yo», de mi ego, siento una profunda desconfianza.
Que sean otros los que aniquilen su identidad y corran a encontrar lo que piensan que es la verdad, desposeídos de rostro.
Ya me platicarán cómo les fue, si es que acaso los reconozco.

Un momento amargo

Fecha: 16 de agosto de 2021 Categoría: Eso que me digo Comentarios: 0

Me gustaba mucho asistir al Senado de la República. Mirar y escuchar los debates, sobre todo aquéllos en que participaba Porfirio Muñoz Ledo, pues sus discursos y sus réplicas en cada debate eran un deleite. Estaban salpicados de cultura y mordacidad, de cierta maldad incluso, como deben ser los grandes polemistas. Al terminar mi estancia en el Senado me quedaba todo el centro de la gran ciudad para recorrerlo y sentirlo. Otra delicia. Esas calles, esas iglesias, esos rincones quitaban el aliento. Me parecía cruzar por un cuento de Carlos Fuentes. Siempre fui sensible a la historia y debo confesar que hasta la paladeo, la siento como un hormigueo en la garganta. Así me sentía allí. Si algo vale la pena de mis años de vida en esa ciudad es aquellos recorridos que parecen propios de un sueño. Mi refugio entre una cosa y otra era la pequeña oficina del senador colimense Roberto Ánzar, que me trataba con afecto y paciencia, como si fuera un tío. Era pequeña, digo, pues el senado entonces funcionaba íntegro en la vieja casona de Xicoténcatl. Atendía esa oficina una secretaria que ya tenía muchos años en esa institución. Me trataba con amabilidad cuando llegaba y tenía la instrucción de permitirme acceder, usar un escritorio y hacer llamadas. Todo bien, pero aún no conocía a profundidad la naturaleza humana y estaba por recibir una de mis primeras lecciones. Un día la buena señora me dijo que se le había perdido algo, no recuerdo muy bien qué, cierto aparato electrónico del momento, quizás unos walkman o algo así y me preguntó por ellos. Le dije que nos había visto. Me respondió en un tono muy amargo:

-Qué extraño Rubén, yo vi que los tomaste el otro día que viniste y desde entonces no los he visto.

Dios, era una acusación muy seria. Le dije que ni siquiera recordaba haberlos visto alguna vez. Que debía estar equivocada. Me sentí caliente de la cara por sentir esa acusación tan grave y tan injusta, pero a ella eso no le importó. Me volvió a decir que ella me había visto y que me exigía que se los devolviera. Me sentí tan mal que sólo alcancé a balbucear que una vez que me llegara dinero con gusto le compraría unos nuevos o que le daría la cantidad que ella precisara. Me devolvió una mirada fría y me dijo que no debería tardar en pagarle porque me acusaría con el área de seguridad y ya no me dejarían entrar al Senado. Me sentí muy mal por todo eso, tanto que ni siquiera me atreví a cuestionar tan graves acusaciones. Tampoco se me ocurrió comentarlas con mi amigo el senador. Dejé de ir a esa oficina por una semana hasta que me llegó un dinero de Colima y fui de inmediato para pagarle. Era el dinero que necesitaba para pagar la renta en donde vivía y para mi manutención, pero eso no importaba en ese momento. Al llegar al Senado, después de saludarla, le dije que ya tenía dinero y le pedí que me precisara la cantidad del aparato que se le había perdido. Ella me miró y me dijo con total naturalidad:

-Ah, Rubén, no te preocupes. Fíjate que ya encontré eso. Estaba en ese escritorio.

Así fue todo. Ni siquiera una disculpa. Le dije que ella había dicho que estaba segura que yo los tenía, que incluso mencionó que me había visto, pero respondió con desgana que no era para tanto y ya. Para ella fue algo cotidiano y trivial. Me fui de allí con un vacío en el estómago. Aprendí entonces que hay personas que acusan sin razón tan solo para tantear el terreno o ver qué es lo que pasa. Quizás muchas personas han sido acusadas de algo terrible sin merecerlo y hasta es posible que purguen penas de algún tipo por dichos insensatos de alguien que no se tienta el corazón para dañar al prójimo. Me sentí atemorizado por el futuro y por primera vez comencé a ver con cautela a todos los que me rodeaban. Una señora amable, en un rincón de cualquier oficina, puede tener la capacidad de destruirnos si se lo propone. Bueno, aprendí también que una de las tareas de la vida es consolidar una imagen personal y rodearse de instrumentos de poder para que eso, precisamente, no resulte tan fácil.