Cuando supe de él quise conocerlo. Estrechar la mano de alguien tan distinto a mí. Alguien que pudiera hacer hablar a los demás en lugar de hacerlos enmudecer.
Cuando supe de él quise conocerlo. Estrechar la mano de alguien tan distinto a mí. Alguien que pudiera hacer hablar a los demás en lugar de hacerlos enmudecer.
Se apellidaba Medina, como la ciudad española, pero poco de español quedaba en él. Si acaso un poco de revoltillo en la cara, entre arabesco e indígena, pero poseía algunas cualidades valiosas para la hacienda, entre ellas la mano firme para disparar y la virtud, invaluable, de no temer en los momentos de peligro y no acongojarse cuando le tocaba dar muerte defendiendo la propiedad.
Aquel hombre llegó al pueblo con ganas de matar. Su pretexto era una mujer ajena. Vociferó un rato en la cantina, diciendo a todo el que escuchaba que tendría que matar a Casimiro. Algo inevitable, pues de otra forma la mujer de él no sería suya. Alguien la advirtió a Casimiro, que miró con fría indiferencia al mensajero y siguió trabajando en su carpintería. Como si nada. Otros llegaron y recibieron la misma apatía por respuesta. Más tarde el otro, envalentonado por los tragos y la espera, decidió llegar por su propio pie a la carpintería. Casimiro siguió haciendo ruido a martillazos, pero sin poner mucha fuerza en la faena. El otro gritó algo en la calle. Casimiro siguió en lo suyo, mientras un muchacho que le ayudaba lo miraba aterrorizado. El otro entró. Era el momento. Casimiro interrumpió la faena y puso mirada de sorpresa, quizás con un reflejo de temor en sus ojos acuosos. El otro volvió a gritar con la pistola a la vista, pero sin tocarla. Casimiro calculó rápido. Soltó el martillo, tomó su escopeta y la descargó en la panza del recién llegado que se derramó por el suelo.
Casimiro vivió algunas semanas de engorrosas aclaraciones, pero nadie volvió a molestarlo. Nunca.
La corrieron del pueblo. Subió a la diligencia altiva, sin sombra de arrepentimiento. “Prostituta”, le gritaron, como escupiendo, algunas horrorosas e influyentes damas, ofendidas porque aquella se atrevió a vivir cerca de ellas. La otra partió. Me miró antes de cerrar la cortina. Una mirada suave, indefinida, quizás indiferente. De cualquier forma quise seguirla. Montar y corretearla hasta más allá de los límites del pueblo, donde pudiera detenerla y convencerla de quedarse conmigo, en otro lugar, en donde fuera, donde estuviéramos solos, donde solo para mí fueran su delicioso placer y sus blancas piernas. Yo trabajaría y ella me amaría. Quizás hasta podría gustarle ser de un solo hombre y dejar atrás todo… Quizás.
Pero no la seguí. Esperé un momento y después entré a la cantina por el primer trago de la tarde.
Entré al Saloon. Las muchachas deseadas bailaban. Algunas, las menos aceptables, ofrecían su perfumada compañía. Otras esperaban por allí con aire ausente, como si no fueran putas, como si estuvieran allí por casualidad o por error, como si alguien debiera pagar mucho por eso. Las miradas de todas anticipaban lo que brindarían en la cama. La de ojos altaneros y despreciativos terminaría rápido y como haciendo el favor. La de ojos dispuestos querría mimarte para adormecerte y luego vaciaría tus bolsillos. La de ojos amargos te propondría algo para rehacer su vida sin esperar mucho, pero te atormentaría con la queja de todos sus infortunios. Yo buscaba a las de ojos inquietos. Ellas querrían amarte con ganas y dejarte pronto, porque son trabajadoras y apuran la noche. Ellas, las de ojos inquietos, soñarían convertirse en patronas mientras te exprimen y, de vez en vez, gemirían como si te gozaran.