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La maldad en la cabeza

Fecha: 29 de julio de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
El periodista Stephen Michaud entrevistó a Ted Bundy en 1980. Las decenas de horas de grabación constituyen un testimonio insólito sobre la mente de un asesino en serie. Es posible ver un magnífico documental al respecto por Netflix: “Conversaciones con un asesino: las cintas de Ted Bundy”. Algunos detalles de estas cintas son memorables. Por ejemplo, el citado periodista dice que, algún momento, Bundy comenzó a hablarle de algo extraño que identificó como “la entidad”. Es decir, una presencia siniestra que controló sus pensamientos, llenándolos de fantasías homicidas.
 
El periodista da otro inquietante testimonio: cuando Bundy hablaba de los crímenes que se le atribuían parecía revivirlos y su mirada se tornaba oscura. Afirma, incluso, que sus ojos azules se volvían casi negros.
 
Cuando vi el documental, dirigido por Joe Berlinger, recordé que otros homicidas seriales afirmaron en su momento algo parecido. Por ejemplo, David Berkowitz, apodado como “El hijo de Sam”, declaró que el perro de su vecino, poseído por algo maligno, le había ordenado (a ladridos) cometer los crímenes. Algún especialista podrá explicar, con desenfado, que eso era un caso de esquizofrenia. Cierto, pero no toda esquizofrenia lleva al homicidio y menos al homicidio en serie.
 
Para las personas religiosas no hay duda: el mal existe y se puede expresar de tal forma que genera una influencia en la vida cotidiana. Una mente científica podría decir, quizás, que nuestra mente posee mecanismos inconscientes, instintivos y salvajes, que pueden aflorar de vez en cuando si se debilitan nuestras zonas de racionalidad, situadas en las partes más evolucionadas de nuestro encéfalo.
 
Meditaba sobre eso cuando recibí un mensaje de un estimado amigo, pastor de una iglesia cristiana, variante de la fe que no comparto pero que respeto. Mi amigo me envío una reflexión sobre la presencia del mal en la vida cotidiana. De acuerdo con esta reflexión el mal está siempre al acecho de nuestras debilidades, como un depredador observando a su presa. Si el ser humano rechaza el bien en su actividad diaria, si se debilitan sus defensas racionales, si se deja llevar por la tentación, el mal ataca.
 
El texto utilizó una curiosa analogía: las líneas aéreas. Estas líneas poseen muchos controles de seguridad y cada vuelo es supervisado minuciosamente por un ejército de técnicos e ingenieros. Tan extremas medidas de seguridad limitan a casi el cero la posibilidad de un accidente. No al cien por ciento, claro, pues los accidentes siempre pueden ocurrir, pero las probabilidades se reducen. De esa forma, una persona cuidadosa de su propia mente y espíritu, que vive con orden, que controla su actuar y que procede con bien en su vida, difícilmente podrá ser vencido por la tentación del mal. Pero la vida juega duro: a cada instante surgen malos momentos, dificultades, circunstancias adversas (se les conoce como «detonantes»), y todo ello genera debilidad en los mecanismos racionales de los seres humanos. El bien, entonces, queda debilitado frente al mal.
 
Las personas que generan agresión en su vida cotidiana, que viven sin orden, que están cercanos al instinto y se alejan de la racionalidad, pueden en cualquier momento ser víctimas del mal, sea una entidad o simplemente una zona oscura de nuestra cabeza.

Una humillación bajo la lluvia

Fecha: 26 de julio de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Llegué en medio de la tormenta. Tuve que esperar un buen rato para salir del vehículo. Por fin pude hacerlo. La lluvia y el viento se fueron, pero las calles se volvieron ríos caudalosos y los caminantes se apretujaron en las esquinas para intentar salvarlos. Podría escribirse toda una sociología sobre el paso por las calles después de la lluvia. Unos recogieron un poco su pantalón y cruzaron despreocupados. Otros eligieron esperar con paciencia a que el agua corriera (ventajas de vivir en una ciudad en declive). Algunos vadearon, esperando encontrar un paso más accesible. Yo traía puestos unos zapatos reservados para estos momentos: presentables, pero bien dispuestos para el maltrato. Estaba por cruzar a pequeños brincos (mi propia respuesta sociológica) cuando vi a unas señoras de edad madura esperando cruzar. Parecían mortificadas. Fui hacia ellas y les ofrecí mi ayuda. Puse mi pie como montículo y les di la mano como respaldo mientras se apoyaban en él. No parecían muy cómodas con eso. les daba mucha pena, pero logré convencerlas. Las amables señoras lograron el cruce con pocos daños en sus propios calzados y me dispuse a seguir por mi camino con satisfacción, como si fuera un scout cumpliendo su deber del día. Entonces llegó un muchacho con aspecto cansado. Parecía tener toda una jornada laborando en alguna obra de albañilería. Miró hacia los lados y descubrió una casa en remodelación, que a mí me pasó desapercibida. En unos minutos ya traía en la mano un par de gruesos ladrillos que colocó con estrategia sobre la corriente. Quedaron perfectos. Después pasó con tranquilidad y elegancia. El paso de ladrillos se volvió un puente de alto tránsito: todos comenzaron a utilizarlo. Yo me quedé allí, mirando el improvisado pero generoso puente. No cabe duda que la inteligencia práctica es algo que no tiene que ver con la educación formal o con la función que desempeñamos en la vida. Si poseemos cierta distinción social es por suerte, no por nuestro supuesto talento. Ese muchacho brindó algo más útil y perdurable que mis esfuerzos de unos momentos antes. Si se tratara de lograr algo digno de memoria, mis afanes se disiparían como el agua en declive, pero la obra del muchacho perduraría con una prolongada utilidad social. Me encogí de hombros y seguí caminando, con un pie adolorido y remojado. Bastantes humillaciones me dejó este lluvioso día.

Estrategia

Fecha: 22 de julio de 2019 Categoría: Agudezas Comentarios: 0

El sobrepeso nos ayuda a sobrevivir. Es una estrategia: nos acolchonamos frente al mundo.

Una imagen

Fecha: 20 de julio de 2019 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0

Ella está de pie. Él también, Miran hacia el frente, pero no a la cámara. Alguien les dijo que deben mirar a un punto indescifrable, algo en la distancia, quizás una cosa que pasa. Ella limpia, bien planchada. El ajado, como los días de labor, como la vida sin tregua. Es una pareja madura. Mineros, quizás. Lo digo por la escalera a un lado, el pico y la pala al suelo. Atrás una gran piedra. El viejo fotógrafo me dijo: “inventa una historia”. Lo hice. Supuse que él se dedicaría por años a golpear la piedra hasta volverla añicos y ella lo asistiría con la resignación de lo que toca en vida. Supuse una vida de búsqueda con hallazgos ocasionales de sonrisa fugaz, para volver a la faena del día siguiente. Pero no fue así. El viejo fotógrafo me lo dijo al final: en realidad ni se conocían. Los vio al pasar y les pidió que posaran frente a esa piedra. Los implementos ―escalera, pico y pala― ya estaban allí. Por eso la pareja ocasional guarda distancia y mira hacia algún lugar. Por eso se perciben incómodos. Una pose sin mayor propósito. Un afán de participar en lo que alguien pide. Estar allí nada más, mientras alguien toma una foto que parece contar una historia. Y yo aquí sacando conclusiones que a nadie importan. Otro día no diré lo que pienso y haré como ellos: me recargaré en una gran piedra y miraré sin decir nada.

Coartada

Fecha: 19 de julio de 2019 Categoría: Gotas Góticas Comentarios: 0

Él no pudo suicidarse ―concluyó el detective a cargo― pues a la hora en que murió estaba lejos de aquí. Tiene testigos que lo confirman.